Primo fu la parole, ma…

Primero fue la palabra, cierto. Lo que conocemos como música clásica y el sistema de registro que posibilitó su desarrollo, se inició con el canto gregoriano, con unas melodías que sólo pretendían ayudar al texto, primero, haciéndolo más fácil de recordar (como la tabla de multiplicar o el encargo de Clodomiro), segundo, más fácil de oír cuando no existían altavoces (también como la tabla de multiplicar, para desgracia de los vecinos de las escuelas) y tercero, más capaz de llegar al corazón de cantantes y oyentes (no siempre con efectos positivos, como en el caso de la misma tabla de multiplicar). Luego, esta última función fue adquiriendo protagonismo y la música pudo vivir sin texto siempre que quiso.

El debate sobre la primacía de música o letra llegó hasta nuestros días en el Capriccio de Strauss, con un músico y un poeta disputándose a una condesa. La letra no se rinde de modo explícito, pero cuando el mayordomo ha acabado con las vacilaciones de la condesa anunciando que la mesa está servida, la ópera concluye con música.

Y lo que recordamos es su maravillosa música.

Las cosas cambiaron pronto. De hecho, como ya se comentó por aquí hace años, los términos se invierten a menudo y son unas silabas no siempre entendidas las que nos traen la música a la memoria, porque, por ejemplo, es fácil no lograr acordarse en un momento dado de cómo hace el coro de Nabucco, pero quien recuerde las palabras Va pensiero, no tendrá la menor dificultad para tararearlo; muy probablemente bastante mal, eso sí, y no sabiendo lo que dice en la inmensa mayoría de los casos.

Va, pensiero, sull’ali dorate;
va, ti posa sui clivi, sui colli,
ove olezzano tepide e molli
l’aure dolci del suolo natal!
Del Giordano le rive saluta,
di Sionne le torri atterrate…
Oh mia patria sì bella e perduta!
Oh membranza sì cara e fatal!
Arpa d’or dei fatidici vati,
perché muta dal salice pendi?
Le memorie nel petto raccendi,
ci favella del tempo che fu!
O simile di Solima ai fati
traggi un suono di crudo lamento,
o t’ispiri il Signore un concento
che ne infonda al patire virtù.
che ne infonda al patire virtù
che ne infonda al patire virtù
al patire virtù!.
¡Vuela pensamiento, con alas doradas,
pósate en las praderas y en las cimas
donde exhala su suave fragancia
el dulce aire de la tierra natal!
¡Saluda las orillas del Jordán
y las destruidas torres de Sion!
¡Oh, mi patria, tan bella y abandonada!
¡Oh recuerdo tan querido y fatal!
Arpa de oro de fatídicos vates,
¿por qué cuelgas muda del sauce?
Revive en nuestros pechos el recuerdo,
¡Que hable del tiempo que fue!
Al igual que el destino de Sólima
Canta un aire de crudo lamento
o que te inspire el Señor una melodía,
que infunda valor a nuestro sufrimiento,
que infunda valor a nuestro sufrimiento,
que infunda valor a nuestro sufrimiento,
al sufrimiento, valor!.

Respecto al efecto amplificador de volumen que la música puede tener sobre la letra, se fue haciendo nulo a medida que el acompañamiento orquestal iba creciendo, hasta llegar a ser negativo, especialmente con directores tan inmisericordes como George Solti, a quien Birgit Nilsson oyó gritar a su orquesta durante un ensayo de Elektra: ¡Tocad más alto, aún puedo escuchar a los cantantes!  Claro que acallar a la soprano sueca no era tarea facil. Ni recurriendo a la caballeria.

Y la inversión de papeles se consuma cuando es la letra la que potencia la emoción causada por la música, como debiera suceder siempre en la ópera y como sucede de modo emblemático en el Lamento de Dido de Purcell, con en el que es imposible no estremecerse al escuchar cómo la desgraciada reina pide que la recuerden, Remember me, Remember me. Después, poco importa ya la letra del coro, todo el mundo está llorando con él.

When I am laid, am laid in earth, May my wrongs create
No trouble, no trouble in thy breast;
Remember me, but ah! forget my fate,
Remember me, remember me, but ah! forget my fate.

Cuando yazga en la tierra, que mis errores
no causen cuitas a tu pecho;
Recuérdame, pero ¡ah! olvida mi destino,
Recuérdame, recuérdame, pero ¡ah! olvida mi destino.

De modo que primero fué la palabra, pero la música se situó pronto por delante de ella. Hoy, más de 1000 años después de ser entonado por primera vez, sigue emocionando la belleza de aquel canto llano en una sola voz pero ya nos importa muy poco la letra y menos aún recordarla.

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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