Bebo

Bebo Valdés, fallecido hoy hace siete años, alcanzó su máxima popularidad en España a raíz  de su trabajo de 2003 con Diego “El cigala” en Lágrimas Negras (del que ya se comentó algo por aquí). Pero los aficionados al jazz latino lo conocían desde que Paquito D’Rivera le había animado para volver a la escena participando en una grabación que acabó celebrando su retorno en 1955, Bebo Rides Again, aunque la definitiva reaparición fuera con la película Calle 54 de Fernando Trueba, en 2000. En aquel documental sobre el jazz latino, tocaba precisamente las Lágrimas Negras del cubano Miguel Matamoros, la pieza que daría título al disco con “El Cigala”, producido también por Trueba (“el jefe” como le llama Bebo después de ocho discos y tres películas juntos, entre ellas, la animada por Mariscal, Chico y Rita, inspirada en su vida). Su interpretación con el mítico contrabajista Cachao es lo mejor de Calle 54 y una de las cumbres del género.

 

Pero para entonces aquí todavía se le tenía que presentar como “el padre de Chucho Valdés”, pianista como él, fundador del grupo Irakere y una de las figuras más importantes del jazz y de la música cubana desde hacía ya muchos años. Ambos tocaron juntos también en Calle 54, La comparsa de Ernesto Lecuona, el pianista a quien más decía admirar Bebo

 

y grabarían más adelante, también con Trueba produciendo, Juntos para siempre, en el que se encuentra esta sublime interpretación de Tres palabras, con Bebo a punto de cumplir 90 años

 

Cuando le llamó Paquito D’Rivera, Bebo tenía 76 años y llevaba 30 prácticamente en el anonimato, como pianista de hotel en Suecia, y cuando Trueba le fue a buscar allí, vivía de una modesta pensión, sin hacer ruido alguno. Había sido arreglista y pianista en Tropicana, y con Cachao, Tito Puente y Machito entre otros, fue uno de los impulsores de la “descarga”, esas variaciones improvisadas sobre ritmos cubanos cuya paternidad suele atribuirse erróneamente sólo a Cachao. Acompañó al piano a Nat King Cole en su disco español de 1958 y había grabado varios discos para sellos como Decca. Pero en 1960 abandonó la Cuba de Castro dejando en la isla a su esposa y a sus hijos.

Compré el terreno para la casa, lo marqué todo y puse los cimientos. Un día fui y me encontré allí a un tipo poniendo piedras y cosas, y le dije: “¡Eh!, ¿qué tú haces aquí?”. “A mí me mandó fulano del Gobierno”. Le digo que no puede ser porque eso es mío. Viene un policía y me dice: “Aquí nadie tiene nada, señor. Todo esto, y toda Cuba, es del Gobierno”. Y cualquiera te lo decía. Luis Yáñez, que trabajó conmigo y era amigo mío, me apuntó con una ametralladora para que yo abriera una bolsa en la que llevaba un poco de pollo para mi hija Miriam. Todo era “patria o muerte, venceremos”, y al que no le guste, que se vaya. Y cuando te ibas a ir, porque yo ya me quise ir en julio del año anterior, que él entró en enero, te pedían el pasaporte para ponerle la visa y no te lo devolvían. Me pude ir de milagro con un falso contrato de trabajo en México.

Tras un periplo de tres años que incluyó España, donde trabajó para Lucho Gatica y Monna Bell, se estableció en Suecia, donde había encontrado el amor de su vida, fundando una nueva familia. Sus últimos años los pasó con ella en Benalmádena, donde algunos aún tuvieron la suerte de disfrutar de su lirismo, de su sentido rítmico y de su fascinante claridad y sencillez con el piano. Su hijo Chucho se trasladó también al pueblo malagueño para cuidarle. Padecía Alzheimer y se lo llevaron a morir a Suecia, el país donde había optado por el amor. “Si encuentras una mujer y quieres cambiar tu vida, debes escoger entre el amor y el arte”, parece que afirmó en una ocasión. Al final, su propia vida le desmintió.

“El día que yo muera, no se pongan tristes, pongan música”, dicen también que repetía, “y tomen ron, mucho ron, bailen, diviértanse, así los quisiera ver…” En su recuerdo y para olvidar un rato nuestras penas, esta es su genial Americana, un poupurri del standard Willow weep for me y música del Concierto en Fa y Un Americano en Paris de Gershwin.

 

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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