Beethoven: Sonata para piano núm. 4 en Mi bemol mayor Op. 7, «Gran Sonata» (1797)

Publicada aisladamente con el título de «Gran Sonata», la sonata nº 4 fue también la primera de Beethoven en obtener un apodo, “Die Verliebte» es decir «La doncella enamorada», aunque más adelante se la conocería como “Los enamorados”, pensando en Beethoven y la joven condesa a quien se la dedicó, Ana Luisa Bárbara von Keglevich, una alumna y vecina a cuya casa acudía sin quitarse las pantuflas ni el pijama. No se sabe si fue ella quien la inspiró, pero vista la dificultad de la obra, tenía que ser una gran pianista. Y vista su duración, sólo inferior a la «Hammerklavier», y la fuerza con que se emplea desde su mísmísimo inicio, recursos físicos también debía tener; apenas unas breves pausas amorosas, el Allegro e molto con brío es pura energía. Y piano-piano, aquí no se escuchan cuartetos de cuerdas ni sinfonías.

Los dedos de los pianistas agradecerán el imprescindible reposo que les proporcionan los cortos diez minutos del Largo con gran espressione, pero el reposo es sólo físico, no emocional, porque esto son ya palabras mayores. Gran sonata, gran expresividad, dramáticos silencios en una narración en la que se suceden distintas ideas y estados de ánimo. Su intensidad emocional no nace de los registros graves sino de los agudos. Y de la originalísima disonancia de los medios en el final de una de las más sobrecogedoras cumbres de Beethoven.

Ahora es el corazón el que necesita relajarse, y el delicioso Allegro viene de maravilla, aunque algunas dudas frenen su jovialidad y el trío sea decididamente amenazador. Y aunque al final, la sonrisa se convierta en determinación.

El cuarto movimiento Rondo, Poco Allegretto e grazioso, alterna el embeleso con las turbulencias, y después de un delicado y lírico inicio y unos cuantos escarceos, se hace absolutamente apasionado (con un pasaje que recuerda el famoso Preludio nº 2 de Bach) para retornar luego a los sueños de un enamorado, con una ternura, muy especialmente en los últimos compases, poco habitual en Beethoven. Su discípulo Ferdinand Ries contaría que, por entonces, Beethoven trataba de ligar desesperadamente, volviendo la cabeza hacia todas las jovencitas con que se cruzaba y avergonzándole con sus continuos guiños. Y en una carta a un amigo le explicó que nunca le había visitado tanto como cuando tuvo por vecino a un sastre con tres hermosas hijas.

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Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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2 respuestas a Beethoven: Sonata para piano núm. 4 en Mi bemol mayor Op. 7, «Gran Sonata» (1797)

  1. Josep Olivé dijo:

    En mi cuaderno tenía anotado: «Tengo que averiguar si, descartando la Hammerklavier, la sonata n.4 op.7 es la de más duración». Bien, al final no lo averigué pero mira por donde lo acabo de saber! 🙂
    Es magnífica esta «Gran sonata» de la que desconocía que tuviera algún título. Hay que tener en cuenta que los apodos a las sonatas de Beethoven (no todas, ni mucho menos, tienen apodo) fueron puestas por los editores con completo desconocimiento de Beethoven, y algunas una vez ya había muerto. El marketing comercial viene de lejos. 🙂
    Sabes que tengo anotadas cosas muy parecidas a las que has expuesto en el post? 🙂
    El movimiento «Largo con gran espressione» (genial eso de «los diez cortos minutos»!) es una nueva muestra de lo sublime que pueden ser los movimientos lentos de Beethoven, y de los que ya llevamos dos junto con el de la sonata n.2 op.2/3. El rondó, precioso, vivo, presenta una parte central absolutamente espectacular. Y efectivamente, la sonata acaba mansamente, justamente como la n.2 que he citado anteriormente, descartando finales en forte o vigorosos, lo que para aquella época debía desconcertar a más de un oyente y que en cambio me parece una gozada.

    • José Luis dijo:

      Bueno, es un lujo coincidir, tiene gracia que puedas comparar con tus apuntes. Y si me debes lo de la duración yo te debo la sonata entera, que creo que no había escuchado nunca antes (oido puede que sí) y me parece de las mejores. Entro menos en el primer movimiento, pero a partir del Largo (pensé bromear poniendo largo Largo, pero eso suena a que se hace largo, y es todo lo contrario), ni un segundo de desperdicio.

      Respecto al apodo de «La doncella enamorada», parece ser que Beethoven lo usó, lo que, efectivamente, no quiere decir que no fuera cosa del editor.

      El final es una joya. Pero con lo que dices de que los finales tranquilos no eran habituales, parece que le interesaba sorprender con ellos; los dos primeros de la op.2 terminan en seco, casi inesperadamente.

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