El vals de Agustina

Tengo una idea.
La idea de Augustine no era mala. Muchas veces había visto a la esposa del director de la escuela en el mercado. Era una mujer hermosa que llevaba un collar de oro. Mi madre, pequeña y tímida, la saludaba discretamente de lejos, pero como por sus hijos era capaz de todo, empezó por acentuar sus saludos, acercándose cada vez más hasta que por fin rozó la mano de la esposa del director al ir a coger unas patatas. Esta señora, que tenía buen corazón, recomendó a mi madre que no comprara esas patatas y la llevó a otro puesto del mercado. Dos días más tarde, hacían las compras juntas. La vez siguiente, la señora directora invitó a mi madre a su casa a probar una bebida inglesa llamada té. Y para rematar, Augustine sacó provecho de sus talentos como costurera.
Joseph no sabía nada de todo esto. Para él fue una total sorpresa cuando leyó la nota que el director había puesto en el tablón de anuncios. El omnipotente director, guiado por un súbito capricho, había decretado que mi padre sería desde ese momento… ¿El supervisor de los alumnos los jueves por la mañana? Y que a cambio, los maestros de música y gimnasia se harían cargo de sus alumnos… ¡Los lunes por la mañana!

Y así contribuyó Agustina a que su familia pudiera disfrutar de los fines de semana en el campo. Agustina era la madre del novelista  Marcel Pagnol, autor de unos autobiográficos Recuerdos de infancia que fueron llevados al cine por Yves Roberts en 1990, respetando la forma de díptico del original. La música que acompaña esa secuencia de la segunda parte, Le Château de ma mère, es su vals, Le vals d’Augustine, el tema principal de la película y una de las más bonitas composiciones del prolífico Vladimir Cosma, autor de centenares de bandas sonoras y también de la ópera Marius et Fanny, basada precisamente en la llamada Trilogía Marsellesa de Pagnol, también llevada al cine.

No menos importante que el tiempo ganado por Agustina, fue el que la familia obtuvo gracias a una llave que les permitía atajar hasta su casa atravesando los jardines de un castillo, el que acabaría siendo Le Chateaux de ma mère. Y que nos permite escuchar otra vez ese contagioso vals

recreado aquí por un dúo de guitarras acústicas.

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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