Sonata para piano núm. 14 en Do sostenido menor Op. 27/2, “Quasi una fantasía” (“Claro de luna”) (1801)

La “Claro de Luna” es la más famosa sonata de Beethoven merced a su Adagio, una de las composiciones más populares y queridas, no ya de las suyas sino de la historia de la música. Beethoven puso a esta brevísima sonata, que debía tocarse de corrido, el mismo subtítulo que a su precedente compañera de opus, “Quasi una fantasía”, expresando de nuevo su intención de alejarse de los formalismos de la forma sonata. Pero poco después de su muerte, a un poeta y crítico musical llamado Ludwig Rellstab (autor de siete de los poemas musicados por Schubert en su Schwanengesangse le ocurrió asociar las sinuosas ondulaciones del Adagio con el titilar de la luz de la luna (en el lago Lucerna concretamente) y “Claro de luna” se quedó la sonata. No está mal visto, pero puede que el poeta anduviera algo deprimido. Otras versiones, más sarcásticas, concretan que le evocaba un barquito navegando a la luz de la luna.

La sonata está dedicada a la joven condesa Giulietta Guicciard, de quien Beethoven estaba enamorado. Pero, visto el lamento que es el Adagio sostenuto, no parece muy probable que se inspirase en ella, sino, si acaso, en la sordera que empezaba a afectarle seriamente. En cuyo caso, la refrescante irrupción del gracioso y esperanzado Allegreto [6:54] podría corresponderse con el cambio del que hablaría en una carta a su amigo Franz Wegeler:

Mi mala audición me perseguía a todas partes como un fantasma y huí de la gente. Parecía un misántropo y, sin embargo, ahora estoy lejos de serlo. El cambio ha sido forjado por una querida y fascinante chica que me ama y a quien yo amo.

Y el furioso Presto agitato [9:21], sin un momento de tregua, podría traslucir su ira ante la constatación de que la diferencia de clases hacía imposible el matrimonio. Lo que no pasa de ser una de esas bellas teorías que se desmontan cuando, por ejemplo, se sabe que la misma dedicatoria fue un cambio de última hora. También puede que expresase su enfado por lo irremediable de aquella sordera, mezclado con la determinación por superar su destino. Y también que “sólo” sea música.

Lo que es cierto es que Beethoven acabó exasperándose por el éxito de ese Adagio, convencido de que ya había compuesto cosas mejores. Lo cual da alas a los osados que puedan sentirse hartos de esa obra y piensen que lo realmente bueno, nunca cansa. Como de hecho es, especialmente si se hace y disfruta con pasión. Ese Adagio puede ser un ejemplo de los límites de la manipulación emocional y tener una fama desproporcionada, pero no deja de ser una joya: Que resulta opacada con tanto sobo si no se toca ni admira debidamente, si se hace demasiado lacrimógena o demasiado mecánica, si se escucha aisladamente, sin el contraste del diametralmente opuesto final, si se oye sin prestar toda la atención que merece esta otra gran y rompedora sonata de Beethoven.

Arrau cumple su parte con creces:

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Las apariencias no engañan
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10 respuestas a Sonata para piano núm. 14 en Do sostenido menor Op. 27/2, “Quasi una fantasía” (“Claro de luna”) (1801)

  1. Josep Olivé dijo:

    Muchísimas obras de Beethoven proporcionan una comunión de virtudes tan espectacular que hacen de él un músico incomparable: genialidad, calidad, fascinación, musicalidad y una tremenda popularidad. Esas obras hacen polvo una de las mayores tergiversaciones sobre del arte declaradas desde altos púlpitos del pensamiento: la inspiración y la calidad puras no pueden ser populares, y lo popular no puede devenir en arte puro. Beethoven ha pisoteado una y otra vez esta elitista/supremacista máxima. Y efectivamente, y es cierto, que la popularidad lo que hace es devaluar sicológicamente (y sólo sicológicamente) el impacto primigenio que nos ha producido una obra, y que su insistente y machacona escucha nos haya producido hasta cierto hartazgo. Pero después de escuchar mucha más música, después de “descansar” y dejar de lado durante un tiempo aquello que nos dejó “secos”, un día, por casualidad, y tal vez sin querer, volvemos a escuchar esa música y sentimos exactamente lo mismo que el primer día, reconociendo, como si de una aparición se tratara, esa fuerza titánica con que nos arrasó el espíritu. Y cuando pasan los años y ya no estas para valorar nada sino sólo para escuchar te das cuenta de la grandeza de un tema, una melodía y una música que ha sabido ser imperecedera, inmarcesible, inmensamente genial e inmensamente popular al mismo tiempo.

  2. José Luis dijo:

    Si señor. Y las obras maestras que además son populares, en cine y en música sobre todo, tienen un mérito muy especial.

    • Josep Olivé dijo:

      Así es…..también ocurre en el cine, obras que se te aparecen como de culto y en las la presión intelectualoide te hacían ver en ellas lo que tu en sinceridad no veías y que después, cuando te quitas prejuicios y complejos, se van cayendo con el tiempo en el podio que las pusiste…Y en cambió las hay que te impresionaron, y nunca desaparece esa impresión, y están ahí y sientes que forman parte de tu vida.

      • José Luis dijo:

        También es cierto que hay obras maestras que nunca serán populares y muy populares que son malísimas 😀 😀 Pero cuando se produce el milagro, los snobs se ponen malos.

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