Matar un ruiseñor: También la música ®

En el catalogo de maravillas de Matar un ruiseñor, hay que destacar la extraordinaria banda sonora de Elmer Bernstein (amigo pero no hermano de Leonard), compuesta dos años después de deslumbrar con Los siete magníficos. Porque, con el objetivo en las antípodas, su música resultó tan adecuada, efectiva y hermosa como aquella, aunque por su misma naturaleza no haya alcanzado tanta fama. Hay que detenerse en el tema principal que acompaña los títulos de apertura, en cómo subraya la poesía de esas cercanísimas imágenes de los tesoros que Boo había ido dejando en el hueco del árbol, guardados ahora en una caja de puros, cómo incluso ondula con la cenefa que dibuja la niña mientras canturrea (otro detalle del gran trabajo del responsable de esos títulos, Stephen Frankfurt, justamente destacado en ellos), y cómo cumple con su función narrativa anunciando con elementos de la historia la intimidad del mundo infantil que esta película retrata como muy pocas han sabido hacerlo. Unos títulos que son ya por sí solos una obra maestra, porque Frankfurt supo “meterse en la cabeza de un niño”, como dijo pretender, y Bernstein en su corazón y en el nuestro.

Es difícil no emocionarse cuando se recuerda lo que sigue. Porque luego, la voz en off de Scout nos presenta su pueblo, y entre esas primeras palabras y las que cierran la película recordando al padre protector (“Allí estaría toda la noche, y allí seguiría cuando Jem despertase por la mañana”) se suceden las muchas maravillas de esta película. Incluida su banda sonora, en la que, además de muy buena música incidental, se hallan temas de mucha calidad. Pero que pueden pasar desapercibidos ante la fuerza dramática de las escenas a que acompañan y a su misma perfecta adecuación a ellas. Porque ¿quién recuerda haber oído unos violoncelos y un delicado diálogo entre maderas subrayando el abatimiento de Atticus Finch y el respeto que le muestra la comunidad negra mientras abandona la sala del juicio tras el injusto veredicto que no ha podido evitar? Y por el contrario ¿quién ha olvidado esa escena?

¿Quién se detuvo en los motivos de la armónica y la flauta, Boo y Scout, cuando la niña lo descubre tras la puerta? Y luego, ¿quién se dió cuenta de que el sonido de las cuerdas no provenía realmente de sus miradas?

La fuerza visual y dramática de Matar un ruiseñor es tanta que la estupenda banda sonora de Elmer Bernstein hubiera corrido el riesgo de ser ignorada si no hubiese sido por los títulos, los del principio y los del final, la música que contribuye a crear el ambiente y fijar la perspectiva desde la que se narra la historia, y su tema principal, que podemos volver a saborear al final, mientras recordamos esta maravillosa película

® Hace 10 años: Matar un ruiseñor: La película

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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