Beethoven: Sonata para piano núm. 23 en Fa menor Op. 57 (1805)

Aunque fuera verdad que a Beethoven le indignase que a su Sonata nº 23 le pusieran el sobrenombre “Appasionata”, porque no sólo ésta sino todas sus obras debían tocarse apasionadamente (pobre razón, pues el apelativo se referiría a la obra y no a su interpretación, pero en todo caso falso, porque ese título apareció en 1838, diez años después de su muerte), tampoco el apodo es muy afortunado: Por más que en las fechas en que la compuso estuviera viviendo un romance con Josefina Brunsvik, una de las hermanas del noble húngaro a quien la dedicó, muy torrido por no decir violento tendría que haber sido el affaire para inspirar una música que lo que expresa es la más absoluta desesperación. De forma que, quien se atreva con esta sonata, que no espere hallar el Rachmaninov de una hollywoodiense pasión romántica,  ni acaramelada ni tampoco incandescente, porque lo que realmente encontrará es la desesperación en un infierno sin salida. “Disperata”, mucho mejor.

Allegro Assai. Tras una misteriosa llamada de atención que incluye el motivo del destino, empieza el drama, con grupos de tres acordes  ascendentes que pueden parecen angustiosas llamadas de socorro o gritos de rabia pero que, cuando insisten en dar pie a una melodía más serena, se encuentran una y otra vez con las cuatro notas del destino; la Quinta sinfonía ya rondaba por ahí, pero esta sonata no acaba tan bien.

El segundo movimiento [10:08], Andante con moto-attacca, es como la meditación sobre una marcha fúnebre, unas variaciones sobre un sombrío tema. Sólo en la segunda, no menos triste, podría advertirse una cierta resignación, o agotamiento si se prefiere, pero la tercera ya se acelera revolviéndose contra ese destino. Y cuando vuelve el tema, como la inexorable muerte, no es para traer al menos un poco de paz, porque antes hay que pasar por una dura agonía: La frenética y desesperada huida del primer tema del Allegro, ma non troppo-presto con que enlaza sin pausa [16:20], un perpetuum mobile de pesadilla  ocasionalmente interrumpido por un segundo tema que, si la primera vez puede parecer parecer un lamento, luego suena a la admonición de un juez. La coda [23:33] sorprende como la puntilla: Una última furiosa queja o una ratificación de la sentencia, pero esta vez no hay salida. Pobre condenado. Y pobres pianos y pobres dedos. Pero qué barbaridad.

Esto último es lo único seguro: todo lo otro, ante obras así, es palabrería.

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Las apariencias no engañan
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4 respuestas a Beethoven: Sonata para piano núm. 23 en Fa menor Op. 57 (1805)

  1. Josep Olivé dijo:

    Otro de los grandes, que aún lo hubiera sido más de no tener tantos problemas de salud: Murray Perahia. Se aceptaría el término romanticismo-barroco? O sea, una exaltación romántica desmesurada, una tórrida pero frustrada pasión volcada sobre unas teclas del todo inocentes las pobres? Eso parece ser esta sonata: torrente de pasión para nada contenida. Y a fe que uno queda aturdido con tanta vehemencia romántica. Y es sonata esta que escucharla en vivo y en directo te deja sin demasiadas palabras que decir. Como me ocurre a mi ahora. Tu lo has dicho: una barbaridad.

    • José Luis dijo:

      No la veo barroca, no hay ornamentaciones recargadas, ni es el horror al vacio, me parece auténtica, honesta y “razonable”. Quizás porque yo no veo en ella una pasión orientada a nada en concreto, a la que se le podría pedir un poco de contención y paciencia, sino como la exasperación absoluta, en abstracto, o la desesperación romántica de alguien con una fuerza descomunal. Te pasa una apisonadora por encima. La intensidad de Beethoven es única.

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