¿Tres pedos y una pedorreta? ®

Desgraciadamente, la burguesía europea, tras haber convertido a Beethoven en su semidiós, empezó a perder interés incluso por los compositores vivos más vitales. En 1859, un crítico de Leipzig observó que la ciudad no se preocupaba por las nuevas obras. «Las nuevas obras no triunfan en Leipzig. El presente decimocuarto concierto de la Gewandhaus fue otra vez uno de esos en los que una nueva composición fue llevada a la tumba.» La música en cuestión era el Primer Concierto para piano de Brahms. (Brahms sabía que las cosas estaban yendo mal cuando no oyó aplausos después del primer movimiento.) Más o menos en torno a esa misma época, los organizadores de una serie de conciertos en París observaron que sus abonados se sentían «contrariados cuando ven el nombre de un solo compositor contemporáneo en los programas». El experto William Weber ha mostrado cómo el repertorio histórico pasó a dominar los conciertos en toda Europa. En 1782, en Leipzig, la proporción de música de compositores vivos era tan alta que podía llegar hasta el ochenta y nueve por ciento. Hacia 1845 había descendido hasta aproximadamente el cincuenta por ciento, y en décadas posteriores del siglo XIX rondó en torno al veinticinco por ciento.

La fetichización del pasado tuvo un efecto degradante en la moral de los compositores. Empezaron a dudar de su capacidad para agradar a esta audiencia implacable, que parecía preparada para rechazar sus mercancías sin importarles el estilo en que escribieran. Si a nadie le importa, razonaban los compositores, podríamos igualmente escribir para nosotros mismos. Esta fue la actitud que dio lugar a la mentalidad intransigente, y en ocasiones antisocial, de la vanguardia del siglo XX.

Alex Ross. The rest is noise

Nuestro espíritu posesivo debe tener bastante culpa del poco éxito de la «otra» música clásica, la de vanguardia, la atonal, buena parte de la contemporánea. No hay melodías para retener ni un instante y mucho menos te las puedes llevar a casa. Todo es fugaz y desaparece en cuanto se ha pronunciado, es música para derrochadores y desprendidos. Pero también es cierto que gran parte del placer que causa la música radica en la anticipación, en la armonía entre lo que se oye  y lo que se esperaba y a eso estamos hechos. Si no hay melodia, hay que esforzarse, aceptando que quizás haya vida al otro lado y abrir los sentidos sin esperar la llegada de lo que no llegará.

Pero ¿vale la pena intentarlo o eso que me está atacando los nervios es una tomadura de pelo? Que haberlas, haylas, o como tales percibimos esas piezas que no hay por donde agarrar, y que sólo dicen algo a los propios compositores. Como se desprende del texto de Alex Ross, la clave es para quién y desde dónde escribe un compositor, si es para el público desde sí mismo, o para sus colegas desde sus conocimientos teóricos. Hoy, los abonados a los programas de las orquestas sinfónicas se muestran en general muy receptivos a  cualquier novedad, casi deseosos de que les guste mucho eso que no les gusta tanto. Pero no es oro todo lo que reluce ni bueno todo lo nuevo, ni hacen ningún favor a nuestra educación musical, sino todo lo contrario, las ininteligibles, ensimismadas o directamente malas obras de encargo que salpican las programaciones, esas que demasiado a menudo hacen buena la opinión del director John Barbirolli sobre la música moderna: “Tres pedos y una pedorreta, orquestados”. A veces, casi peor que en crudo.

¡Viva Brahms!

® Hace diez años: Alban Berg – Lulú en El Liceo (Primer piso por 30 €)

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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2 respuestas a ¿Tres pedos y una pedorreta? ®

  1. Josep Olivé dijo:

    No suelen durar mucho, aunque muchas se hacen interminables. Se programan al principio, lo cual no me parece razonable. Lo lógico sería que la sucesión de obras fuera cronológico. Nunca he visto un programa en que a una sinfonía de Haydn le precediera una de Mahler. O que Shostakovitx fuera telonero de Mozart. Poner al principio una obra que sólo entiende su creador es un chantaje bastante molesto: «Vale, has venido por Beethoven pero antes te tienes que tragar esto!» Es como si en un restaurante te obligaran a tomar nitrógeno filtrado con especias de Katmandú acompañado con almendras amargas antes del solomillo que ansías. Pero no, siempre al principio. Y pienso yo que es una actitud cobarde, de poco amor propio, porque de esta manera, algún día sabras, apreciado compositor, cuanto público ha venido realmente a escuchar tu obra? Y de vez en cuando, escuchas algo que me gusta, que tiene un sentido, que suena diferente, moderno, original. Pero por una de estas, cuantas otras debemos soportar? Hay uns actitud egocéntrica, o endiosada en esa insistencia por ofrecer unas obras para un estricto circulo íntimo de amigos y conocidos de la profesión olvidándose del público o tratandole directamente de poco capacitado para tan altas miras filosófico-musicales. Y ya solo nos falta lo último de lo último y que va siendo costumbre: graciosamente se ofrecen a explicarnos de qué va lo que vamos a oir, haciendo màs tediosa la espera, o màs largo el calvario.

    • José Luis dijo:

      Ja ja, nitrógeno a la Katamandú mientras esperas el solomillo… Bueno, siempre es lo mismo. La buena intención es ayudar a los nuevos compositores y tirar de la inercia del público, pero muchas veces acaba en corporativismo puro y duro, si no amiguismo. No creo que nunca haya habido tanta distancia entre los gustos del publico y lo que se le suele proponer en esas temibles obras de encargo.

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