El canto de las sirenas (LI) – El Final de la Novena

¿Qué decir de ese extravagante conglomerado de géneros y de especies que constituye el cuarto movimiento de la Novena sinfonía, desde la horrible, terrorífica fanfarria, o fanfarria de horror (Schreckenfanfare) con la que, según expresión de Wagner, se inaugura el gran movimiento sinfónico, a través del más absurdo de los recitativos puramente instrumentales? [00:12]. O esas extrañas variaciones (quizá movimientos de una sinfonía dentro de la sinfonía) en las que se pasa de una parada militar al estilo de los jenízaros turcos [09:22] hasta un remedo de Palestrina (entonces en plena recuperación romantica), ese episodio en adagio que Cooper llamo “fósil gregoriano” ? [15:12]

Y al final de todo un deslizamiento en lo burlesco, según agudísimo comentario de Fanny Mendelssohn a su hermano Félix: ¡nada menos que el pa-pa-pa-pa que antecede a Papageno, al final de La flauta mágica, irónicamente citado y comentado en la más absurda de las codas musicales*!

Ese extraño monstruo, trufado de literatura, y de la invitación unánime al “!Abrazaos, millones!”, sirve de marco musical de la célebre ”Oda a la Alegría”de Friedrich Schiller, hoy himno nacional de la Unión Europea. ¿No hubiese sido mejor mantener como finale el bello rondó con forma sonata con el que concluye el Cuarteto op. 130, según fue la primera intención, al parecer, de Beethoven?

Pero entonces nos hubiésemos perdido esa obra de la hybris [desmesura] que, en sus mismas singularidades, es reveladora de la fértil exuberancia de uno de los músicos más grandes.

Los tres primeros movimientos de la Novena sinfonía de Beethoven resultan impecables, soberbios, pero este celebre finale, con la “Oda a la Alegria” incluida, constituye una magnífica extravagancia. Y con eso no se quiere decir más que lo que se acaba de decir. Hay obras de arte que son extravagancias, y extravagancias que llegan a ser, a su modo y manera, obras de arte. Por ejemplo, la Sagrada Familia, templo expiatorio de Antoni Gaudí. O la Octava sinfonía «De los Mil», con el Veni creator spiritus y la escena final del Fausto de Gustav Mahler .

A este género de teratología genial pertenece el finale de la Novena sinfonía de Beethoven, lleno de materiales heteróclitos misteriosamente conjugados en una pieza unitaria, que sin embargo culmina con dificultad los movimientos que le anteceden. El recurso de su reaparición selectiva, al modo de las citas y auto-citas del final de Don Giovanni, no es argumento suficiente. Esos movimientos son bastante más convincentes, cada uno de los tres a su estilo y modo, que este último fenómeno -fenómeno en el sentido teratológico del término- que constituye el último movimiento.

* Sir Francis Tovey insinúa esa relación con La flauta mágica; Fanny Mendelssohn describe así este final de la Novena en una carta a su hermano: ≪Una gigantesca tragedia con una conclusión que parece que vaya a ser ditirámbica, pero que cae desde su cima en el extremo opuesto: en lo burlesco≫; encontramos apreciaciones negativas de este final entre los contemporáneos amantes de la música de Beethoven, en los comentarios de Carl Maria von Weber y de Spohr. Para T. W. Adorno, o para Adrian Leverkuhn (en la novela de Thomas Mann), constituye la expresión misma de ≪cultura musical afirmativa≫ (con todas las connotaciones peyorativas que esto tiene en ambos contextos).
___________________________________________________________________________________________
Todo lo que en estas páginas aparece en este color verde, son extractos del libro El canto de las Sirenas de Eugenio Trías; en negro están los ajustes gramaticales, lo resumido y todo lo que proviene de su texto. Y en este azul, lo añadido, comentarios propios y definiciones o explicaciones de terceros, generalmente de la wikipedia.

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
Esta entrada fue publicada en El canto de las sirenas y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a El canto de las sirenas (LI) – El Final de la Novena

  1. Josep Olivé dijo:

    Pues sí, muy de acuerdo con Trías, ese movimiento final esta como metido con calzador, parece un añadido, una música que necesariamente debía estar en esa sinfonía como fuese y el resultado es muy irregular y no encaja con los extraordinarios (del mejor Beethoven) tres movimientos que le preceden. Hasta les es dañina su presencia porque su desmesura (o extravagancia, efectivamente) empaña y echa por tierra toda la coherencia con que se había desarrollado la sinfonía. No solo eso, sino que te descentra y te hace casi olvidar todo lo escuchado anteriormente. Yo creo que La oda a la Alegría debería haber sido una obra singular, individual, un opus cerrado, dejarla tal cual, pero separada de cualquier otra composición. Hasta he llegado a pensar que la novena, sin ese movimiento final, hubiera funcionado perfectamente. Hoy mismo escuchaba la novena de Bruckner, tres movimientos, sin finale, y con un último movimiento en adagio y funciona, vaya si funciona. Una maravilla!
    PD: Coincido plenamente también en las extravagantes obras de Gaudí y Mahler que se citan.

    • José Luis dijo:

      Si el precioso tercero tuviese un final más concluyente, como la De Bruckner o la Sexta de Tchaikovsky, la solución sería una pausa de veinte minutos antes de empezar el cuarto… 😀

      Coincido también con las otras “extravagancias”. Y a la Sagrada Familia sólo le faltaban las luces de colorines. Claro que a los asiáticos les debe encantar…

Dejar un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s