Beethoven: Sonata para piano núm. 28 en la mayor Op. 101 (1816)

¡Impresionante sonata! Compuesta en el verano de 1816 en Baden, al sur de Viena, y dedicada a la baronesa Dorotea Ertmann, se   considera que con ella se inicia el tercer periodo compositivo de Beethoven, el más introspectivo, misterioso, avanzado, transgresor y extraño, y, a la vez, sublime, de una profundidad sin duda propiciada por su prácticamente total sordera. Con las sonatas tardías, que aportan una dimensión musical soberbia y originalísima, Beethoven se adelanta años y años a sus contemporáneos. Su influencia se hará notar a corto, medio y largo plazo.

Entramos en sonatas más complejas, con temas y motivos más sofisticados, ideas más amplias y  texturas más polifónicas, en las que introduce elementos formales arcaicos como el canon y la fuga. Su música es íntima, personal, como hecha sólo para él mismo. Sobrecogedora hasta lo más profundo, dulce y agresiva a la vez.

Aunque hay quien señala a la anterior sonata, la nº 27 op. 90 como la primera de este período, la que más claramente muestra marcadas diferencias en complejidad y textura además de  innovaciones formales es esta nº 28, curiosamente, la única de las 32 que Beethoven vió interpretada en concierto público, en 1816.

Tres o cuatro movimientos según se considere que el tercero y el cuarto están o no unidos (attaca) y pueden considerarse como uno sólo. Los títulos, como en la anterior, en alemán y detallando cómo deben ser interpretados

1. [00:00] Etwas lebhaft und mit der Innigsten Empfindung. (Algo vivaz y con el más íntimo sentimiento.) Allegretto ma non tropo
2. [04:17] Lebhaft, marschmässig. (Vivaz, marchando.) Vivace alla marcia
3. [10:21] Langsam und sehnsuchtvoll. (Lento y con nostalgia.) Adagio, ma non troppo, con affetto
4. [13:06] Geschwind, doch nicht zu sehr und mit Entschlossenheit. (No demasiado veloz y con determinación.) Allegro

Propongo una interpretación histórica, y por supuesto sensacional, la de otro grande (muy grande!) del siglo pasado: Emil Gilels. Advertir sobre la enorme dificultad técnica del cuarto movimiento, además el más largo, con más de 330 compases. Y de que para ésta, Beethoven ya disponía de un piano con mayor extensión de teclado y podía por tanto llegar al Mi bajo.

Es una sonata magnífica, espléndida, de un abrumador poderío musical, polifónicamente y rítmicamente muy intensa y de altos vuelos contrapuntísticos. Impresionante.

Josep Olivé

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Las apariencias no engañan
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