Beethoven: Sonata para piano núm. 32 en do menor Op. 111 (1822)

La última de un impagable recorrido de literatura pianística que, desde la op. 2 nº 1, muestra una evolución constante, un no quedarse estancado, un querer hallar nuevos caminos, una aspiración de proyectarse hacia el futuro… Y que con esta sonata corrobora una vez más esta incesante inquietud que anima al artista y a su arte.

Las tres últimas sonatas fueron pensadas por Beethoven como un conjunto mientras trabajaba en la Missa Solemnis, en 1820, y de hecho son el producto de un mismo encargo, tal como se comentó. Una más de las dedicadas al archiduque Rodolfo, esta última fue concluida en 1822, y en los años que a Beethoven le quedaban hasta su fallecimiento en 1827, para piano sólo compuso las “Diabelli” y las colecciones de bagatelas op. 119 y op. 126. Su segundo y último movimiento, la Arietta, es conocido como “el adiós a la sonata”, una expresión controvertida pero que de hecho señala lo poco que se podía hacer después de las últimas sonatas beethovenianas.

Consta pues de dos movimientos, Maestoso – Allegro con brio e appassionato y Arietta: Adagio molto, semplice e cantábile. La idea primitiva era que fueran tres, pero finalmente descartó el primero, que utilizó en uno de sus últimos cuartetos, el nº 13, op. 130. El segundo lo descartó e hizo uno nuevo y sólo mantuvo el tercero, aunque con algunos cambios. Curiosamente se han hallado borradores de fragmentos de esta sonata de los años 1801 y 1802, época de la Segunda Sinfonía y de las sonatas “Claro de Luna” y “Pastoral”.

El primer movimiento es tormentoso, agitado y apasionado. El inicio lento recuerda a la Patética,

pero es llamativo que el final evoque la primera de sus sonatas para piano, y una de sus primeras opus, la sonata para cello nº 2. Beethoven finaliza este movimiento con una Tercera Picardaque, desde la tonalidad en Do menor de este movimiento nos prepara para el Do mayor de la Arietta.

PRIMER MOVIMIENTO:

El segundo movimiento es un tema con variaciones como el de la nº 30. Entre ellas, hoy llama muchísimo la atención la tercera, un fabuloso tema rítmico que anticipa el boogie-boogie o/i el ragtime. De hecho, ya la segunda hace pensar en una rítmica música afro-americana, como de blues o de lento ragtime, que finalmente se desboca en un frenético boogie-boogie en la tercera.

Lo curioso es que, aunque lo parezca, no es más rápida, y la indicación en este sentido es expresa: “l’istesso tempo”, el mismo tiempo que la precedente. Lo que varía es el compás, que pasa de 9/16 a 6/16, con lo que la duración de las notas se acorta y se produce el efecto de una mayor velocidad.

Al final, en palabras de Andras Schiff “el tema vuelve con toda majestad y sencillez y podemos sentir la gratitud, gratitud a Dios por estar vivo y por poder escribir música como esta”

Una sonata admirable, como lo fue para Chopin, en cuya Segunda sonata para piano y en el famoso Estudio nº 12 op. 10 “Revolucionario” encontramos respectivamente reminiscencias del principio y final del primer movimiento. O para Prokofiev, que basó la estructura de su Sinfonía nº 2 en esta sonata. O para cualquiera que concluya el ciclo de sonatas de Beethoven con el sublime final y los trinos que con la misma mano adornan la última melodía, tras sus gloriosas, mágicas, sobrecogedoras y trascendentales variaciones.

Josep Olivé

SEGUNDO MOVIMIENTO:

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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