…salvo quizás la Serenata op. 135 de Schubert

El Laudate Dominus de las Visperas Solemnes de Confesores de Mozart posee tal encanto y expresividad poética que difícilmente se puede encontrar algo parejo… salvo quizás la Serenata op. 135 de Schubert.

Alfred Einstein

La serenata de Schubert, la popularísima Ständchen (que hace poco se podía recordar aquí a propósito de la música de Succession) es un lied precioso, pero parece sorprendente que se le compare en esos términos de “encanto y expresividad poética” con el Laudate Dominus. Y es que no se compara, porque el Schwanegesang al que pertenece no tuvo inicialmente número de opus (luego se catalogaría como D957) y Alfred Einstein se refiere a la op. 135 (D920), una “part song” para alto y coro femenino, una delicia tan absolutamente encantadora y poética que, efectivamente, hace justa la comparación entre aquella joya del clasicismo y ésta del romanticismo.  Denle al play y verán.

Esta estupenda versión de la mezzo Janet Baker es con coro masculino (el de la English Chamber Orchestra), tal como fue pensada y escrita en primera instancia por Schubert, pero la pieza se estrenó sólo con voces femeninas. Lo explica con mucha gracia el pianista Graham Johnson en las notas de su grabación para Hyperion acompañando a Sarah Walker, con unos interesantes comentarios sobre la composición y su génesis:

Las circunstancias que rodearon el nacimiento de esta deliciosa “pièce d’occasion” nos dicen mucho sobre la personalidad de Schubert y sobre cómo sus amigos, por no hablar de los simples conocidos, tendían a considerarlo como una fuente inagotable de entretenimiento y diversión que fluía sin esfuerzo. Hay que recordar que el ‘encargo’ se le hizo cuando estaba componiendo su última ópera, Der Graf von Gleichen, y probablemente tuvo que interrumpir su trabajo en esa gran pieza (que nunca terminó) para atenderlo. Este fue, después de todo, un año de muy buena música, del Winterreise por ejemplo, una tarea que a Schubert le supuso una gran dosis de esfuerzo e introspección espiritual, una obra que sus amigos ignorarían durante cierto tiempo. Ständchen fue concebida como un regalo sorpresa para el vigésimo cuarto cumpleaños de una tal Louise Gosmar (1803-1858). Una entrada en el diario del joven schubertiano Franz von Hartmann correspondiente al mes de febrero de 1827 indica que Fräulein Gosmar conocía al menos la música de Schubert y le gustaba. Había nacido en una próspera familia judía y más tarde se casaría con Leopold Sonnleithner, un abogado que desempeñó un papel influyente en los asuntos de la Gesellschaft der Musikfreunde (Sociedad de amigos de la música) y que era un admirador, si no un amigo cercano, de Schubert. Este cumpleaños no fue un evento del círculo íntimo del compositor, pero Gosmar y su futuro esposo eran lo suficientemente ricos e importantes como para que su profesora de canto, Anna Fröhlich, se complicase la vida por ellos. Esto incluyó enredar a  Schubert y comprometerlo a escribir música para el poema que Grillparzer (también enredado, el pobre, pero él al menos era parte de la familia Sonnleithner) ya había proporcionado. Dejemos que la temible Anna, la Lilian Baylis de la Viena Biedermeier, continúe la historia: Le dije “Mire, Schubert, debe ponerle música a esto”… Leyó la hoja de papel hasta el final y dijo “Ya está, ya está leido, ya lo tengo”. Y en sólo tres días me lo trajo, acabado, escrito para mezzosoprano (es decir, para mi hermana Pepi [Josefine Fröhlich]) y cuatro voces masculinas. Ante lo que le dije: “No, Schubert, no puedo usarlo así, es para un tributo de las amigas de Fräulein Gosmar solamente. Debe escribirme el coro para voces femeninas”. Recuerdo haberle dicho claramente esto; estaba sentado en el hueco de la ventana de la derecha de la antesala. Y poco después me lo trajo, arreglado para la voz de Pepi y el coro de mujeres… “

¿Cómo no iba a poder? El 11 de agosto de 1827 se emplearon tres carruajes para transportar el coro de damas de Viena a Döbling, y se trasladó en secreto un piano al jardín delantero para que fuera una sorpresa para la homenajeada. Las hermanas Fröhlich se extrañaron mucho (¿debían extrañarse?) de que Schubert no se presentara a esta primera intepretación. También se habría librado de la segunda si no hubieran enviado a alguien a buscarlo a su cafetería favorita para llevarlo al concierto. En los anales schubertianos, este comportamiento siempre se atribuye a su temperamento olvidadizo; una y otra vez, y siempre fiel a su palabra, el compositor utilizaba esta excusa, el arma secreta de su aparente descuido, para evitar la compañía y los actos que eran innecesarios para él y para su trabajo. Es quizás el único rasgo negativo del personaje vienés, injustamente famoso quizás por fingir, pero con una reputación de astucia, no obstante, que podemos encontrar en su maquillaje. Yo, por mi parte, y a la luz de esta historia, no le culpo ni una gota.

No obstante, debemos agradecer que las hermanas Fröhlich le importunaran. Ambas versiones de la canción son hermosas, aunque la primera versión fuera con un coro masculino. La idea de un montón de mujeres merodeando por la noche para cantarle a la ”Freundin” le habría parecido algo ridícula a un compositor empapado de la galante tradición de la serenata. La música en sí está en la famosa clave nocturna y de canción de cuna de Fa mayor. La idea del intento de coqueteo de puntillas, dando los más leves y discretos golpes en la puerta, se transmite magníficamente por el suave, pero agudo, acompañamiento del moto perpetuo. Las palabras “subiendo, inflamándose, ascendiendo” están hechas para la música y la modulación, y Schubert las explota al máximo. El magistral pasaje cuasifugal (prácticamente perfecto para las solemnes búsquedas de un sabio miope alumbrándose con una linterna oscilante, ¿un académico educado en los rigores de música pasada de moda?) del comienzo de la tercera estrofa, es a la vez un homenaje a los hombres con armadura de Die Zauberflöte y un indicio de que el contrapunto le interesaba cada vez más a Schubert; pronto querría recibir lecciones sobre él. La amistad y el amor (‘freundschaft, Liebe’) se abren paso entre la pedantería y regresa la melodía más pura. Un toque de humor extraordinario es la incorporación de la sonrisa del compositor al reconocer la longitud de la pieza. Justo cuando a la novia de la serenata se le promete descanso, y pensamos que la pieza va a terminar, se nos dice que  una palabra más (noch ein Wort) y la música vuelve a sonar. La salida se gestiona con encanto en un estilo cuasi-operístico; de hecho, esta obra tiene algo en común con el inquietante coro nocturno que abre la ópera Alfonso y Estrella de Schubert.

El catalógo Deutsch atribuyó a la versión para coro masculino el D920 y para la femenina el D921, aunque en su última actualización ha eliminado la segunda, incluyendo a ambas como D920, no sea que se desaten las iras. La verdad es que se interpreta mucho más con coro masculino o mixto, que además de corresponderse mejor con la idea de una serenata y con el texto, tiene a su favor el contraste de los timbres. Y si el coro se limita al prescrito mínimo de cuatro cantantes (dos tenores y dos bajos), la canción adquiere una ligereza que la hace especialmente simpática.

De hecho, apenas se encuentran youtubes con buenas interpretaciones con coro femenino, aunque sí hay una muy bonita con niñas

pero por si pasa un purista o la gestapa, un fragmento de todo señoras con Von Otter en cabeza

y, por insistir en el valor del contraste, preciosa muestra con coro de féminas y un barítono como solista.

Ahora es el momento de volver al primer audio, el de Janet Baker, y disfrutarlo de nuevo siguiendo la letra. Esta arrebatadora composición puede escucharse una y otra vez sin temor al hastío. Otra cosa es que se corre el peligro de salir volando por la ventana. O de que te encierren.

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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3 respuestas a …salvo quizás la Serenata op. 135 de Schubert

  1. Josep Olivé dijo:

    Bellísimo todo lo escuchado, y divertida la explicación de Graham Johnson. Todas las versiones que nos traes me gustan muchísimo, incluida la de Thompson con coro de chicas. Suele suceder cuando la materia prima es tan buena: mientras se tenga calidad en la interpretación el resultado es siempre fascinante. Es verdad que el contraste de alto con coro de hombres le da un color muy especial, pero vamos, las otras opciones son también preciosas. Y ya puesto he escuchado también la serenata del “Canto del cisne” D957. Hace unos días nos traías lieds de Strauss. Hoy de Schubert. Maravilla tras maravilla!

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