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“El ser humano nace con un déficit de 0,05% de alcohol en sangre”. Y como primera prueba, escuchamos lo que un artista compuso habiendo puesto remedio a ese fallo, interpretado por un pianista también entonado, mientras vemos los rostros de cuatro amigos que, ante lo que están oyendo desde ese mismo beatífico estado, se felicitan por haber iniciado la comprobación de tal hipótesis.

La película, tan divertida como trágica pero también tan arriesgada como tramposa*, es la danesa Otra Ronda (Druk), también tan dispar que puede hacer pensar en La grande Bouffe y en El Club de los poetas muertos, o que, abriendo con una cita de Kierkegard, empleado además explícitamente en el guión, concluye con una exhibición de baile de su protagonista, principal (Mads Mikkelsen, tan extraordinario como sus tres colegas del experimento). Magníficamente dirigida por Thomas Vinterberg, también merece un diez quien eligiera la música de la felicidad de vivir. En la ficción se dice que el pianista es Klaus Heerfordt, un danés que al parecer sólo tocaba bien cuando estaba bastante por encima de ese 0,05%, pero la grabación es de Jeno Jando. Y la pieza, es un arreglo para un sólo pianista de la Fantasia en Fa Menor Op. 103, D. 940, obra póstuma de Schubert para piano a cuatro manos. Bravo.

P.S. El arranque de esta pieza también recuerda, y mucho, la cavatina de Barbarina en Las Bodas de Fígaro.

(*) Hay que leer esta dura y magnífica crítica de Luis Martinez en El Mundo

Otra ronda: es la desdicha (no el alcohol), idiota

Cuando Malcolm Lowry recibió los primeros ejemplares impresos de esa Divina Comedia ebria, como dijo Sartre, que es Bajo el volcán, lo primero que hizo para celebrar su éxito frente a todos y contra todos fue enfrascarse (claro) en una melopea de cinco días que le llevó al hospital antes de hígado que de cabeza. El médico que le atendió no pudo por menos que certificar no tanto su muerte como su estado de moribunda clarividencia con una frase memorable: “Enfermo afectado por un fuerte ataque de desdichas”. Platón, por su parte, decidió prescindir de la bebida y de las flautistas para debatir sobre Eros en El banquete. Se bebe o ‘desbebe’, por tanto, por la misma razón: por lucidez y deseo amatorios.
De todo esto trata la película europea de la temporada más aciaga, en la que más se ha bebido a solas, en la que las desdichas atacaron en forma de borracheras tristes. Otra ronda, contemplada desde la distancia de la pandemia y sus olas y con su infatigable lista de premios que incluye las dos nominaciones a los Oscar como Mejor Película Extranjera y Dirección, es, a su modo y con todas las consecuencias, la cinta que merece esta cogorza que no acaba. Thomas Vinterberg, su director, llevaba décadas dándole vueltas a la idea de retratar la relación del hombre contemporáneo con sus redes sociales y su crispación con el alcohol. El punto de partida era siempre la historia de un grupo de hombres, profesores de institutos ahítos de su propia vida que, un buen día, se retan a mantener diariamente un nivel de 0,5 gramos de alcohol en sangre. Y a ver qué pasa.
Sin embargo, algo ocurrió que le dobló la muñeca y le partió por la mitad al director. A cuatro días del inicio del rodaje, su hija Ida, que iba a debutar como actriz en la cinta, murió en un accidente. El filme siguió, pero el plan, como él reconoce, ya fue otro. Y es ahí, en esa quiebra extraña y difusa en la que vive Otra ronda, para bien y para mal. Dejó de ser la brutal comedia metafísica que pretendía ser muy cerca probablemente de Celebración (1998), la película que le dio fama y prestigio al cineasta con la irrupción de Dogma, para convertirse en algo más inestable, mucho más. Digamos que en el melodrama tiene ahora la cinta su razón de ser y, también, su mayor debilidad.
El director regresa al actor Mads Mikkelsen, con el que tanto quería en La caza (2012), y añade al equipo buena parte de sus incondicionales de siempre. Otra ronda tiene mucho de reunión familiar catártica, de, otra vez, pedal trágico en comunidad. Digamos que Vinterberg juega a provocar, a descolocar o a simplemente hacer realidad (de ahí la provocación) lo que el común macho-facha, que diría Cristina Morales, en el que vivimos instalados hace tiempo que aceptó como seña de identidad: beber aligera la conciencia y nos hace más sinceros. In vino veritas, como añadiría Plinio el Viejo cuando era joven. Al fin y al cabo, ¿cuántos de los hombres (siempre hombres) que admiramos no son o fueron unos consumados bebedores, aunque no necesariamente santos? Churchill, Roosevelt, Hemingway, Truman Capote, Hunter S. Thompson, Scott Fitzgerald y el primero de los citados… Aquí, como bien indica la propia película, el único abstemio es Hitler. Y quizá Sócrates, cuya virtud le impedía perder el sentido de lo recto por mucho que pimplara.
Lo atrevido de la cinta, ya se ha dicho, es el punto de partida: la claridad del abismo que tanto gusta en Dinamarca. Ellos eligen beber no exactamente por placer ni para ver simplemente qué pasa, sino para refutarlo todo, para comprobar el límite exacto del lugar tan holgadamente común y tan sinceramente cutre del borracho sincero, llamémoslo así. Hasta aquí, poco que discutir y mucho que celebrar. El filme avanza preciso, completamente libre y comandado por unas actuaciones sencillamente geniales de puro tambaleantes. Y siempre fieles al plan pretendidamente original. Pero se diría que Vinterberg vuelve a tropezar como sólo a él le gusta en una filmografía marcadamente moral.
Como en La caza, el director no duda en arruinar buena parte de lo conseguido cuando a mitad de metraje parece asustarse del lugar al que se dirige, que no es otro que el vacío. Y así, lo que quería ser un demoledor manifiesto nihilista acaba en la indefinición de lo sentimental, en la complacencia, decíamos, de lo melodramático. Es decir, Vinterberg promete en el arranque una detallada deconstrucción de cada gesto hipócrita, machista y lacerante que envuelve la cultura del alcohol; Vinterberg parece aventurar la tesis de que el problema no es lo que hacemos cuando bebemos, sino la ebriedad pazguata de una realidad que pasa por sobria… Y no. Da un paso atrás y prefiere engolar la voz, oscurecer la narración y fingir una profundidad que, en realidad, es más bien confusión. Comprensible por lo trágico de lo ya mencionado, pero confusión al fin.
Un hombre solo ante un precipicio es un hombre consciente; consciente de su miedo, de su libertad radical (para suicidarse incluso) y del sentido profundo del tiempo. Del suyo. Del de todos. Kierkegaard, tan danés como Vinterberg, lo llamaba angustia y depositaba en manos de esa sensación paralizante y terriblemente lúcida a un milímetro de la nada la clave para dar con el sentido de casi todo. Ahora volvamos a imaginar al héroe que pasea al borde de los abismos pero borracho. Tan completamente ebrio que a la consciencia de sí y de su tiempo no necesariamente feliz añade ahora la incerteza metafísica de un simple traspiés. Ahí Malcolm Lowry y muchos más de los que imaginamos. El problema, como dijo el médico, no es el alcohol sino las desdichas.

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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8 respuestas a +0,05%

  1. Josep Olivé dijo:

    Pues no hace mucho me empapé de cine nórdico y me gustó mucho: Vinterberg, Hallstrom, Kaurismäki. Del que nos traes en el post me gusto muchísimo “La Caza”, “Celebración”, “Kursk” i “La comuna” y tal vez alguna otra más que ahora no recuerdo. Pero tengo pendiente precisamente “Druk”. Y más ganas que me han entrado de verla con todo lo leído aquí. Me gusta el escrito, que debe ser una crítica especializada (?) y especialmente una de sus reflexiones, la que dice…”Un hombre solo ante un precipicio es un hombre consciente; consciente de su miedo, de su libertad radical (para suicidarse incluso)…”. Ayer mismo, viendo una excelente película sobre la crisis del 2008 en Wall Street (“Margin Call” / “El poder de la codicia”) salió un pensamiento que siempre me ha aterrado, muy parecido al de la película de Vinterberg: en la azotea de un rascacielos de Nueva York uno de los protagonista se pone en pie casi al borde y ante el estupor de sus dos compañeros les dice: “…no os alarméis, no se tiene miedo a caer, se tiene miedo a que eres muy capaz de dejarte caer…”. Esa “puta” (con perdón) sensación la tengo ante las alturas. Se produce una especie de estremecimiento cuando un libro, una película o una canción da la diana de tu mismo ser/pensamiento.

    • José Luis dijo:

      Sabe mucho de hacer cine éste, Otra ronda se pasa en un soplo, y eso que los espectadores no soplamos (o no debemos) (durante). Muy interesante, esta era de aquellas buenísimas para cine forum. Hay que verla. Si te dejas llevar (y toleras alguna trampa y algunas concesiones) es fascinante. Pero es que el protagonista se sale, fíjate en la cara en esa secuencia que he puesto (o en la primera que le sube un poco el %,), y los colegas, tres cuartas

      De Hallstrom, nombre que no recordaba, veo que he visto Las normas de la casa de la sidra y Chocolat, pero este es un director más de encargo, justo al revés que Kaurismaki, que ya sabes siempre por donde va…

      Buenísima la observación y coincido: Cuando te “retratan” en algo que te parece muy personal, estremecimiento, no sé, pero un brinco si que lo pego.

      • Josep Olivé dijo:

        Karausmäki es la repera, una sorpresa. La primera que vi de él quedé como patidifuso, vi dos o tres más y ya me enganchó completamente, y aún no me explico como. 🙂 Hallstrom en las antípodas, cine comercial un tanto relamido y dulzón pero que me gusta. Esta bien hecho. De Chocolat se han realizado auténticos “plagios”, uno detrás de otro, y no ha sido John Williams. 🙂

  2. Jesús dijo:

    Veré Druk, aunque las películas de borrachos son muy difíciles de conseguir. Tras leer Bajo el volcán vi la película de Huston y mientras la novela era de un borracho por dentro, la película era de un borracho por fuera. Y eso que dirigía Huston. Muy buena la crítica de Luis Martínez.

    • José Luis dijo:

      Muy buena. Hoy le he leido su crítica de “Una muchahacha prometedora”, también muy interesante, y empezaba con algo que también vale para esta: “Es conocida la máxima de Bergson de que la risa suspende la emotividad y, por tanto, ayuda a pensar. Nadie emocionado lleva una reflexión más allá del golpe en el pecho o, peor, el insulto.”

      Druk no es una pelicula sobre borrachos, o al menos, no sobre alcoholicos. Y lo que quiere retratar lo consigue perfectamente. Lo de Bajo el volcan, era absolutamente imposible, y no se puede explicar mejor de como lo haces.

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