La mirada de Aida

Quo vadis, Aida? ha sido una de las candidatas al Oscar a la mejor película extranjera que se ha llevado la danesa Otra ronda. Comparte con ella la vecindad de la nacionalidad holandesa de los cascos azules que fueron incapaces de evitar la masacre de Srebenica, relatada de forma implacable en este largometraje de Jasmila Zbanic, una directora bosnia que lleva años abordando en sus trabajos la historia reciente de su país. Pero a su lado, la interesante película de Vinterberg parece el frívolo divertimento de unos burgueses decadentes.

Dice Luis Martinez de Quo vadis, Aida? que “es maniquea, declarativa, ruda y hasta evidente”, y que “es ahí, en su honestidad brutal y en su desacomplejada ira, donde se hace grande.” Coincidiendo plenamente con los restantes calificativos, el primero parece excesivo. Algún malo muy malo sale en la película, pero no debían ser angelitos los miembros de un grupo paramilitar conocido como “Los escorpiones” y la norma de las guerras son las vejaciones, el desprecio y, como poco, la indiferencia hacia el sufrimiento de los perdedores. De ellos, no sabemos si son buenos o malos: Sólo que son los perdedores y van a ser las víctimas.

Si en vez de maniquea, el crítico hubiese escrito “parcial” y tal palabra se entendiera sin ninguna carga peyorativa, como una visión desde una única perspectiva, acotada en el tiempo y el espacio, sería mucho más cierto, porque eso es esencialmente Quo vadis, Aida?: El presente de una mujer de Srebenica que, desde una posición privilegiada para ver todo lo que sucede y lo que se avecina, trata infructuosamente de salvar a su familia. Maniqueísmo podría ser no hablar de las “razones” de los asesinos, si éstas no fueran absolutamente irrelevantes ante un crímen que no admite atenuantes. Y de hecho, el guión es muy benévolo al no resaltar que se trató de una venganza y de un genocidio. Como tampoco se cargan tintas contra el penoso papel de la ONU. Vemos lo que ve, lo que oye, lo que hace y lo que siente Aida, su temor, su determinación, su desgarro. No hay antecedentes, no hay valoraciones, no hay subrayados de ningún tipo, ni siquiera música durante el desarrollo de la historia, casi como en una retransmisión en directo, pues esa es la sensación que logra crear la directora con su excelente trabajo, apoyado en una portentosa interpretación de la actriz protagonista, la serbia (!) Jasna Djuricic.

Pero sí que hay música, y determinante. Porque en el epílogo, reaparece el ominoso tema minimalista que se había escuchado al empezar, imponiendo una lectura nada halagüeña de la tímida sonrisa y de la mirada que Aida concentra en el “veo-no veo” de unos pequeños escolares que, en un teatro evocador del escenario del acto final de la tragedia, danzan ante sus padres; una sonrisa que acaba congelándose y una terrible mirada, dirigida también hacia los espectadores, que cierra una obra maestra.

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Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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