Nada que ver ®

Le temps ne fait rien à l'affaire

Quand ils sont tout neufs
Qu'ils sortent de l'œuf
Du cocon
Tous les jeunes blancs-becs
Prennent les vieux mecs
Pour des cons
Quand ils sont d'venus
Des têtes chenues
Des grisons
Tous les vieux fourneaux
Prennent les jeunots
Pour des cons

Moi, qui balance entre deux âges
J'leur adresse à tous un message

Le temps ne fait rien à l'affaire
Quand on est con, on est con
Qu'on ait vingt ans, qu'on soit grand-père
Quand on est con, on est con
Entre vous, plus de controverses
Cons caducs ou cons débutants
Petits cons d'la dernière averse
Vieux cons des neiges d'antan
Petits cons d'la dernière averse
Vieux cons des neiges d'antan

Vous, les cons naissants
Les cons innocents
Les jeunes cons
Qui, n'le niez pas
Prenez les papas
Pour des cons
Vous, les cons âgés
Les cons usagés
Les vieux cons
Qui, confessez-le
Prenez les p'tits bleus
Pour des cons

Méditez l'impartial message
D'un qui balance entre deux âges

Le temps ne fait rien à l'affaire
Quand on est con, on est con
Qu'on ait vingt ans, qu'on soit grand-père
Quand on est con, on est con
Entre vous, plus de controverses
Cons caducs ou cons débutants
Petits cons d'la dernière averse
Vieux cons des neiges d'antan
Petits cons d'la dernière averse
Vieux cons des neiges d'antan
El tiempo no tiene nada que ver con el asunto (1)

Cuando son nuevecitos
Cuando salen del huevo,
Del cascarón, (2)
Todos los jóvenes imberbes (3)
Toman a los tíos viejos
Por gilipollas. (4)
Cuando se han convertido
En cabezas canas,
En ancianos, (5)
Todos los viejos bobos (6)
Toman a los jovenzuelos
Por gilipollas.

Yo, que estoy a caballo entre las dos edades
Dirijo a todos un mensaje:

El tiempo no tiene nada que ver con el asunto
Cuando se es gilipollas, se es gilipollas
Se tengan veinte años, se sea abuelo, (2)
Cuando se es gilipollas, se es gilipollas (7)
Basta de controversias entre vosotros,
Gilipollas caducos o gilipollas debutantes
Pequeños gilipollas del último chaparrón 
Viejos gilipollas de las nieves de antaño (8)
Pequeños gilipollas del último chaparrón 
Viejos gilipollas de las nieves de antaño.

Vosotros, los gilipollas nacientes
Los gilipollas inocentes,
Los jóvenes gilipollas,
Que, no lo neguéis,
Tomáis a los papás
Por gilipollas,
Vosotros, los gilipollas mayores,
Los gilipollas gastados,
Los viejos gilipollas,
Que, confesadlo,
Tomáis a los debutantes
Por gilipollas 

Meditad el imparcial mensaje
De uno que está a caballo entre las dos edades.

El tiempo no tiene nada que ver con el asunto
Cuando se es gilipollas, se es gilipollas 
Se tengan veinte años, se sea abuelo,
Cuando se es gilipollas, se es gilipollas
Basta de controversias entre vosotros,
Gilipollas caducos o gilipollas debutantes,
Pequeños gilipollas del último chaparrón,
Viejos gilipollas de las nieves de antaño.
Pequeños gilipollas del último chaparrón, 
Viejos gilipollas de las nieves de antaño.

(1) En “El misántropo” de Molière, Oronte alardea de la velocidad con que ha escrito un poema:”Por lo demás, sabréis que no he tardado en hacerlo más que un cuarto de hora”. Y Alceste replica:  “Vamos a ver, señor; el tiempo nada tiene que ver en el asunto.”
(2) Aquí con el “cocon” y más adelante con el “Qu’on ait”, parece evidente que Brassens se recrea con la fonética del “con”.
(3) “Blanc-bec”, pico blanco, porque el bigote todavía no oscurece la boca de los inexpertos pipiolos.
(4) No hay una traducción exacta de “con”. Para los franceses es un insulto muy fuerte; gilipollas puede quedar incluso corto.
(5) Grisones, además de los “huroncitos” sudamericanos y de unos asnos, todos grises, también llaman en Francia a los viejos.
(6) “Fourneaux”, vagabundos, mendigos que viven de los “fogones de caridad”, de los comedores de benficiencia. Lo que puede usarse despectivamente: Imbécil, cretino, bobo.
(7) “Quand on est con, on est con”, fonéticamente es casi indistinguible de “Quand on naît con, on est con”: “Cuando se nace gilipollas se es gilipollas”
(8) Mais où sont les neiges d’antan, “Pero donde están las nieves de antaño”, es un verso de la Ballade des dames du temps jadis (“Balada de las damas de antaño”), de una obra del poeta medieval  François Villon que evoca a mujeres célebres de la historia y la mitología, de la que Brassens también hizo una canción con ese título. El uso aquí de esa imagen es particularmente apropiado  después de haber empleado para los jóvenes la de la lluvia.

 

Cuando se es Brassens, se es Brassens, y en más de un sentido, el tiempo tampoco tiene nada que ver. Pero no parecen exixtir hoy artistas populares de esa talla. Ni necrológicas como la que le dedicó un admirador de lujo, ni tiempos como los que se fueron con ellos. Nada que ver, tampoco.

Hace algunos años, en el curso de una discusión literaria, alguien preguntó cuál era el mejor poeta actual de Francia, y yo contesté sin vacilación: Georges Brassens. No todos los que estaban allí habían oído antes ese nombre -unos por demasiado viejos y otros por demasiado jóvenes-, y algunos que lo menospreciaban porque era autor de discos y no de libros dieron por hecho que yo lo decía por desconcertar. Sólo mis compañeros de generación, los que gozaron y padecieron a París en los años ingratos de la guerra de Argelia, sabían no sólo que yo hablaba en serio, sino que además tenía razón. Para ellos, más que para el resto del mundo, Georges Brassens ha muerto la semana pasada a los sesenta años, frente al voluble mar de Sete que tanto amaba, y donde tenía su casa llena de flores y de gatos que se paseaban sin romperse entre la vida real y sus canciones. Sólo que no murió en ella; su discreción legendaria era tan cierta, que se fue a morir en la casa de un amigo para que nadie lo supiera. Y la mala noticia no se conoció hasta 72 horas después por una llamada anónima, cuando ya un reducido grupo de parientes y amigos íntimos lo habían enterrado en el cementerio local. No podía ser de otro modo: para un hombre como él, la muerte era el acto personal más secreto de la vida privada.

Así fue siempre. Había nacido en 1921, en la casa de pobres de un albañil que deseaba para su hijo el mismo oficio. Como todos los niños con vocación vital, el pequeño Georges detestaba la escuela por lo que ésta tenía de cuartel. Una maestra desesperada acabó de rematarlo: lo encerró con llave en un ropero durante varias horas, y cuando por fin lo liberaron habían germinado en su corazón, para siempre, las semillas de la anarquía. Su odio a la autoridad y a toda norma establecida fueron el sustento de sus canciones más hermosas. Para él no había más luz en aquellas tinieblas que la independencia personal y el amor. Una vez cantó: “Morir por las ideas, de acuerdo; pero de muerte lenta”. El Partido Comunista francés puso el grito en el cielo en nombre de tantos compatriotas muertos de muerte rápida durante la resistencia.

En realidad, Georges Brassens carecía por completo de instinto gregario. Llevaba una vida tan reservada, que todo lo que tenía que ver con él andaba confundido con la leyenda, y uno se preguntaba a veces si de veras existía. Aun en su época de mayor esplendor, hacia la mitad de los años cincuenta, era un hombre invisible. Nadie sabe cómo lo convenció René Claire de que actuara en una película, y él lo hizo muy mal, abrumado por la vergüenza de ser el centro de la atención; pero en cambio cantó una ristra de canciones originales que se quedaban resonando en el corazón. El tiempo -decía en una de ellas– era un bárbaro de la misma calaña de Atila, y por donde su caballo pasaba no volvía a crecer jamás el amor.

Lo vi en persona una sola vez cuando su primera presentación en el Olympia, y ese es uno de mis recuerdos irremediables. Apareció por entre las bambalinas como si no fuera la estrella de la noche, sino un tramoyista extraviado, con sus enormes bigotes de turco, su pelo alborotado y unos zapatos deplorables, como los que usaba su padre para pegar ladrillos. Era un oso tierno, con los ojos más tristes que he visto nunca y un instinto poético que no se detenía ante nada. “Lo único que no me gustan son sus malas palabras”, decía su madre. En realidad, era capaz de decir todo y mucho más de lo que era permisible, pero lo decía con una fuerza lírica que arrastraba cualquier cosa hasta la otra orilla del bien y del mal. Aquella noche inolvidable en el Olympia cantó como nunca, agonizando por su miedo congénito al espectáculo público, y era imposible saber si llorábamos por la belleza de sus canciones o por la compasión que nos suscitaba la soledad de aquel hombre hecho para otros mundos y otro tiempo. Era como estar oyendo a François Villon en persona, o a un Rabelais desamparado y feroz. Nunca más tuve oportunidad de verlo, y aun sus amigos más cercanos lo perdían de vista. Poco antes de morir, alguien le preguntó qué estaba haciendo durante las jornadas de mayo de 1968, y él contestó: “Tenía un cólico nefrítico”. La respuesta se interpretó como una irreverencia más de las tantas que soltó en la vida. Pero ahora se sabe que era cierto. Sin que casi nadie lo supiera, había empezado a morirse en silencio desde hace más de veinte años.

En 1955, cuando era imposible vivir sin las canciones de Brassens, París era distinto. Los parques públicos se llenaban por las tardes de ancianos solitarios, los más viejos del mundo; pero las parejas de enamorados eran dueñas de la ciudad. Se besaban en todas partes con besos interminables, en los cafés y en los trenes subterráneos, en el cine y en plena calle, y hasta paraban el tránsito para seguirse besando, como si tuvieran conciencia de que la vida no les iba a alcanzar para tanto amor. El existencialismo había quedado atrás, sepultado en las cuevas para turistas de Saint Germain-des-Pres, y lo único que quedaba de él era lo mejor que tenía: las ansias irreprimibles de vivir. Una noche, a la salida de un cine, una patrulla de policías me atropelló en la calle, me escupieron la cara y me metieron a golpes dentro de una camioneta blindada. Estaba llena de argelinos taciturnos, recogidos a golpes y también escupidos en los cafetines del barrio. También ellos, como los agentes que nos habían arrestado, creyeron que yo era argelino. De modo que pasamos la noche juntos, embutidos como sardinas en una jaula de la comisaría más cercana, mientras los policías, en mangas de camisa, hablaban de sus hijos y comían barras de pan ensopadas en vino. Los argelinos y yo, para amargarles la fiesta, estuvimos toda la noche en vela, cantando las canciones de Brassens contra los desmanes y la imbecilidad de la fuerza pública.

Ya para entonces, Georges Brassens había hecho su testamento cantado, que es uno de sus poemas más hermosos. Lo aprendí de memoria sin saber lo que significaban las palabras, y a medida que pasaba el tiempo y aprendía el francés iba descifrando poco a poco su sentido y su belleza, con el mismo asombro con que hubiera ido descubriendo, una tras otra, las estrellas del universo. Ahora, transcurridos veinticinco años, ya nadie se besa en las calles de París, y uno se pregunta asustado qué fue de tantos que se amaban tanto y que ahora no se ven en el mundo. Georges Brassens ha muerto, y alguien tendrá que poner en la puerta de su casa, como él lo pedía en su testamento, un letrero simple: “Cerrado por causa de entierro”.

Gabriel García Márquez. Georges Brassens. El País, 11 de Noviembre de 1981

 

 

 

® Hace diez años: TNC – Un misántropo para misántropos

 

 

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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2 respuestas a Nada que ver ®

  1. Josep Olivé dijo:

    A tal señor (Brassens), tal honor (García Márquez).

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