El canto de las sirenas (LVIII) – Beethoven, ¿el más grande?

Fue necesaria una reivindicación, independiente de Beethoven, del clasicismo vienés en espíritu y en la letra de los grandes creadores de la forma, Joseph Haydn y Wolfgang Amadeus Mozart, o un redescubrimiento del cuarto gran vienés, el último de los clásicos, o el clásico-romántico por excelencia, Franz Schubert, para comprenderse hasta qué punto la abrumadora presencia de Ludwig van terminaba ocultando el paisaje, o tergiversando un universo de estilos y formas mucho más complejo y lleno de matices que el que únicamente remitía a ese gran compositor. Su propia personalidad musical podía impedir una cabal comprensión del resto de los cuatro grandes de la Primera Escuela de Viena.

Algo tuvo Beethoven de Gran Mogol devastador, como lo llamaba Joseph Haydn. “¿Qué hace nuestro Gran Mogol?”, preguntaba a un amigo común. Y fue responsable en parte de favorecer que las corrientes y las tendencias de opinión siempre confluyeran en su personalidad musical, en detrimento de Haydn sobre todo, y en una recuperación pro domo sua de ese “espíritu de Mozart” que el conde Waldstein quiso que le llegase “de manos de Haydn”. Frase que casi sentencio a muerte para la posteridad al gran Joseph Haydn.

Éste aparece en esa expresión sólo como medio e instrumento entre dos extremos espectrales y geniales: el mundo de espíritus habitado por Wolfgang Amadeus, y las concreciones y realizaciones llevadas a cabo por este gran guerrero y triunfador que, cual Tamerlán o Kubla Khan de la música, iba a implantar en ésta su sacrosanta voluntad, conduciéndola según su intención y providencia.

Ése es el lado menos amable y acogedor de este gran músico. Pero no sólo él fue responsable de su triunfo, al que de modo endiabladamente hábil y astuto contribuyó. Toda una generación hizo el resto, desde Hector Berlioz hasta E. T. A. Hoffmann, o desde Robert Schumann hasta Franz Liszt, y posteriormente los enemigos jurados Johannes Brahms y Richard Wagner, o Eduard Hanslick y Anton Bruckner. Todos se reclamaban hijos o retoños del mismo Padre fundador. Todos eran enfrentados hijos espirituales de Ludwig van. El triunfo mayor es siempre este: que los enemigos irreconciliables se reclamen de ti como inspirador e instigador.

Pero ni la duplicidad temática, ni la jerarquía tonal al servicio de la expresividad melódica de esos contrastes (también armónicos y rítmicos), ni desde luego la polaridad masculino/ femenino, agotan ni mucho menos el inventario y arsenal originario de la forma sonata, que en Joseph Haydn y en Wolfgang Amadeus Mozart, y luego en Franz Schubert, asume un carácter muy diferente, en los cuales esa especie de dialéctica idealista trascendental, fichteana o hegeliana, no es determinante.

Por todo lo cual resulta imprescindible resituar a Beethoven como gran presencia y voz en un paisaje complejo que, desde luego, él no define de forma exclusiva. En él debe ser reconsiderado como una voz de entre las cuatro que componen esa peculiar “conversación” que es el cuarteto vienes clásico. Pero no la única, ni siquiera el primum inter pares.

¿O quizá si? ;O quizá sigue siendo el más grande? Pues no se limito a crear, desde el caos, un mundo, como el Dios Padre de Haydn en su bellísimo oratorio La Creación, sino que dio a luz muchos mundos: el mundo de las sinfonías (dentro del cual cada una de ellas constituye a su vez un mundo propio),

el mundo de las sonatas para piano, con sus periodos juvenil, medio y tardío, con milagros como la sonata Waldstein, o la Hammerklavier, o las tres últimas;

o el mundo de los cuartetos, con el impresionante tríptico dedicado al conde Razumovsky, y sobre todo el grupo final, una de las mayores proezas de toda la historia de la música.

Beethoven, igual que Prometeo, engendró como criaturas esas obras suyas, pero dotándolas del preciado don de la inmortalidad. Melpómene no tuvo que arremeter contra el progenitor, como en el ballet de Beethoven, por haberles puesto fecha de caducidad. Esas obras están más acá y más allá del gusto y de las modas, y siempre hallaran el tiempo justo de su interpretación o escucha. Todo esto sin menospreciar a los restantes tres grandes del estilo vienes clásico, sus antecesores (Haydn, Mozart) y su contemporáneo más joven (Schubert).

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Todo lo que en estas páginas aparece en este color verde, son extractos del libro El canto de las Sirenas de Eugenio Trías; en negro están los ajustes gramaticales, lo resumido y todo lo que proviene de su texto. Y en este azul, lo añadido, comentarios propios y definiciones o explicaciones de terceros, generalmente de la wikipedia.

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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3 respuestas a El canto de las sirenas (LVIII) – Beethoven, ¿el más grande?

  1. Josep Olivé dijo:

    Haydn llegó a escuchar obras de Beethoven. Y le dió clases durante unos pocos años. Y el bueno de Joseph sabía que ese alumno iba a conmocionar a las audiencias. Sabía que podía enseñarle, pero no dominarlo. Sabía perfectamente que el futuro de la música iba a depender de su alumno. La furia del inconformismo hacía ya aparición durante las clases y claro, acabaron no muy amigos. Un alma ortodoxa frente a un rebelde con causa no pueden convivir mucho tiempo. Y que hubiera pasado de ser Mozart tan longevo como Haydn? No lo sé. Un genio libertino contemporaneo de un genio inconformista. Frente a frente, en Viena. ¿Compitiendo? ¿Colaborando? ¿Amigos? ¿Enemigos? No sé, pero creo que el mundo se perdió algo grande cpn la prematura desaparición de Amadeus, y que Trías nos lo hubiera explicado de maravilla. Lástima.
    P.S. Band of brothers: brutal!

    • José Luis dijo:

      Nadie lo puede saber, pero es muy probable que hoy tuviesemos un escenario musical muy distinto. Mozart, por él mismo, seguramente “sólo” nos habría regalado unas cuantas obras maestras más, pero del pique con Beethoven vete a saber lo que hubiese salido. Y Beethoven por su cuenta, diez años más… inimaginable.

      Esa secuencia de Band of Brothers es magnífica, pero no sé si te refieres a élla o a la serie, que no he visto.

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