El canto de las sirenas (LXI) – Schubert: La divina facilidad

Si algo se halla siempre bajo sospecha en asuntos de creación es la facilidad. Se tiene la idea convencional de que el acto creador tiene que ser un doloroso parto. Y es verdad que en él hay gestación (a veces de nueve meses): apremios, antojos, avisos de nacimiento. Y hay ruptura del cordón umbilical, y surgimiento de la nueva criatura. El creador mimetiza el acto de concepción, embarazo y natividad. Tanto más si es uno de los pocos supervivientes de una familia extensa de dieciocho hermanos (hijos del doble matrimonio de un maestro de escuela llamado Schubert).

Los misterios de este complejo movimiento de gestación y parto no son fácilmente descifrables, ni por quien los padece, ni por quien los observa, ni por quien reflexiona sobre ellos. Pero que todo parezca fácil, o que se tenga la impresión de que sea fácil (incluso muy fácil), dispara todas las alarmas.

No es que se decida que sea fraudulento lo que se produce. No es posible sostener esa opinión cuando se examina la vida y obra de uno de los Mas Grandes (en mayúsculas), como es el caso de Franz Schubert, a quien ya en el cambio de siglo del XIX al XX se le situaba en una solitaria posición a la zaga de Beethoven, Bach, Mozart y Wagner, seguido de Haydn, Hándel y Brahms. Con toda su ridiculez, estos Cuadros de Honor son sintomáticos e indicativos. A partir de esas fechas, una vez concluido el siglo en el cual se produjo su aventura de vida y creación, la figura de Schubert parece estabilizarse en la valoración general.

Durante el siglo XIX parecía que el músico de vida mas efímera (treinta y un años) siguiera misteriosamente entre los vivos. Pues con frecuencia se producía el gran acontecimiento de un nuevo hallazgo. Y lo que aparecía no era una pieza menuda, o una minucia abandonada. Podía ser la Sinfonía en si menor, «Inacabada», que fue descubierta por vez primera cuarenta años después de la muerte del compositor.

Pero durante mucho tiempo hubo restricciones mentales. Algunas relativas a la falsa popularidad que el personaje podía suscitar, con su romántica vida legendaria (“vuelan mis canciones”), con su modestia, sus Schubertiadas, sus amores imposibles, la espada de Damocles de la enfermedad venérea, y sobre todo esa inaudita y, al parecer, facilísima manera de resolver los más complejos nudos gordianos sinfónicos, de cámara, o de sonatas para piano, o de ciclos de canciones, o de oratorios y misas.

Subsistía la reticencia respecto a esa objeción que produce la facilidad. Todas las dudas respecto a este músico vienen siempre por este flanco.

No puede ser (piensan algunos) que nadie, ni siquiera Schubert, pudiera adecuarse de una manera tan ajustada al más divulgado tópico relativo al artista genial, o al genio ingenuo: ese que de manera espontanea, sin esfuerzo, por puro despliegue de su naturaleza y esencia va dejando brotar sus obras, las grandes y las chicas, los cientos de canciones que fluyen de sus manos y se van desparramando por los suelos, y que el fiel cortejo de amigos y protectores preserva como auténticos tesoros. O bien los imponentes proyectos, logrados algunos (sinfonías, cuartetos, fantasías, sonatas para piano, misas), otros siempre fracasados (una ininterrumpida sucesión de operas de todos los géneros y especies, Singspielen, grandes operas dramáticas o melodramáticas, u operetas vienesas avant la lettre).

 

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Todo lo que en estas páginas aparece en este color azul, son extractos del libro El canto de las Sirenas de Eugenio Trías; en negro están los ajustes gramaticales, lo resumido y todo lo que proviene de su texto. Y en este verde, lo añadido, comentarios propios y definiciones o explicaciones de terceros, generalmente de la wikipedia.

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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2 respuestas a El canto de las sirenas (LXI) – Schubert: La divina facilidad

  1. josepoliv dijo:

    Y tanto que es uno de los grandes!

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