Amén (1)

Salieri estupefacto ante las notas de Mozart, una de las escenas más impactantes de “Amadeus” (la película de Milos Forman, tan brillante como tendenciosa), en la que podemos observar un detalle históricamente exacto: La gran claridad de los manuscritos originales de Mozart. Pero entonces…

¿quién podría imaginar que este es obra suya ? ¿Quién podría creer que es la misma mano y pluma de alguien que a los 16 años, sin borrador previo, había escrito esto?

Cualquiera que haya visto alguna vez borradores de Beethoven, los recordará llenos de correcciones, borrones y tachaduras, ininteligibles no solo para los profanos. Es decir, auténticos borradores, borradores de toda la vida, como deben ser. Pero ese no era el caso de Mozart, en el que es difícil detectar la diferencia entre sus borradores y lo pasado a limpio. Y sin embargo esos son dos auténticos manuscritos del mismísimo Mozart.

Fué Wolfgang Plath, editor, musicólogo y estudioso de la vida y obra de Mozart quién descubrió en 1960 ese confuso esbozo-borrador (junto a otro de La Flauta Mágica, un tercero del Rex Tremendae del Requiem y un Allegro no determinado) Son 16 compases, sin claves, sin armadura, ni identificación de compás. ¿Cuál era el propósito de ese esbozo?¿Por qué está tan lejos de la legendaria pulcritud de sus manuscritos?

Poco a poco se han ido desvaneciendo todas las leyendas urbanas acerca del Requiem de Mozart: pura especulación romántica. Del misterioso señor completamente de negro llamando a la puerta para encargarle un Réquiem para una misa de difuntos (una sugerencia siniestro-romántica, la “muerte” misma encarga un Réquiem a quién pronto ha de morir) ya no queda nada. Un cuento. Es cierto que Mozart, consciente de su gravísimo estado de salud, pensaba que estaba escribiendo su propio Réquiem, algo especialmente comprensible como una mera alucinación provocada por la enfermedad. Por otro lado, los estudiosos han llegado a determinar de manera precisa hasta dónde llegó Mozart en su composición, y a partir de dónde su discípulo Süssmayr (1766-1803) la completó. Sin embargo, a raíz del descubrimiento de Plath surgen dos nuevas incógnitas: Dado que los otros esbozos hallados por él datan del último año de la vida de Mozart (1791), ¿podría pertenecer el primero a su Réquiem inconcluso? Y de ser así, ¿por qué no lo desarrolló y completó Süssmayr como hizo con el resto de secciones de la obra? Lo que sí podemos afirmar, de manera evidente y contrastada con lo expuesto al principio, es que su escritura nos muestra un Mozart con serias dificultades para escribir, un Mozart probablemente ya muy enfermo y con la angustiosa certeza de que estaba viviendo sus últimos días (horas, tal vez), pero que aún albergaba una milagrosa voluntad de componer. Pero ¿a qué quería destinar  ese boceto?

Se trata del principio de una fuga sobre la palabra “Amén” de cierta complejidad polifónica y contrapuntística como podemos observar en los primeros segundos del siguiente youtube (a los que siguen muy interesantes versiones completadas por distintos autores cuya identidad se va indicando justo debajo del manuscrito):

¿Iba efectivamente destinado este boceto a su Réquiem? Hay consenso generalizado entre expertos de prestigio respecto a que ese borrador, efectivamente, debía pertenecer al Réquiem. Varias significativas razones avalan tal afirmación. La primera es la ya citada de haberse descubierto al lado de otros trabajos desarrollados en su último año de vida,1791, lo que no hace descabellado pensar que también el esbozo es del mismo año. La segunda es que la anotación de un “Amén” hace suponer que se trata de una obra de carácter religioso. La tercera es que, según han determinado los musicólogos, su tonalidad es la de Re menor, la mismísima del Réquiem. Todo apunta por tanto (por el momento) a que se trata realmente de un esbozo del Réquiem.

¿Desconocía Süssmayr su existencia? Podría suponerse que sí, puesto que la conexión Mozart-Süssmayr no era tan estrecha en lo amistoso como en lo musical. Y hay una buena razón para pensar así: Parece que Constanze estuvo “liada” con Süssmayr y Wolfgang pudo haberlo sabido o sospechado. Al menos una noche (o una mañana, o una tarde, vete a saber!) habría estado entre sábanas con el discípulo de su marido, pues estudiosos de la vida de Mozart han llegado a la conclusión, con toda seguridad, de que su segundo hijo no era suyo sino del alumno.

Pero vayamos a un argumento más convincente que apunta a todo lo contrario, es decir, a que Süssmayr sí que debía conocer de su existencia. El requerido en primera instancia para completar el Réquiem no fue Süssmayr sino el discípulo preferido de Mozart, Joseph Leopold Edler von Eybler (1765-1846). Es a Eybler a quién, tras fallecer Mozart, entrega Constanze todos los borradores que pudo encontrar del Requiem de su marido (la mayoría de ellos actualmente perdidos) y le encarga el trabajo. ¿Qué pasó? Pues que Eybler lo intentó, cierto, pero no supo o no pudo, y desistió. Pero tampoco en segunda instancia fué Süssmayr el elegido, sino un íntimo amigo del difunto Wolfgang, el abate Maximilian Stadler (1748-1833) (no confundir con Anton Stadler, el destinatario y dedicatario del maravilloso concierto para clarinete K.622 del mismo año 1791). Que también lo intentó, y que también desistió. Después, a la tercera suele ir la vencida, Constanze se decide por Süssmayr y le entrega toda la documentación (esbozos, borradores, anotaciones…), junto a lo poco trabajado por Eybler y Stadler. Lo que fué un acierto pleno puesto que todos los historiadores coinciden en que Süssmayr había sido, de largo, quién más contacto directo había tenido con el genio en su último año de vida, ayudándole nada más y nada menos que en la composición (y copias) de La Flauta Mágica, viajando a Praga con Mozart y Constanze para el estreno de La Clemenza di Tito (justo tres meses antes de su muerte) y ayudando también a Mozart durante el penoso viaje en la composición y copias de esa ópera, hasta el punto de que, por ejemplo, todos los recitativos secos salieron de su pluma. Por consiguiente éste debería tener, con bastante seguridad, información de primera mano acerca de las intenciones de forma y de fondo que el maestro tendría para su Réquiem, siendo esta una razón aplastantemente justificativa del por qué lo completó de una manera tan digna y tan sobresaliente.

Y entre los papeles que Süssmayr recibió de Constanze seguro que figuraba el esbozo de marras, con el que seguiremos mañana. Para acompañar el disgusto por la espera, el Lacrimosa: Ocho primeros compases de Mozart, el resto del discípulo que, según dicen, le habría coronado. Y atención a su última palabra.

Lacrimosa dies illa
Qua resurget ex favilla
Judicandus homo reus.
Huic ergo parce, Deus:
Pie Jesu Domine,
Dona eis requiem. Amen.

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Una respuesta a Amén (1)

  1. veset dijo:

    Coincido en tu juicio sobre ‘Amadeus’, brillante y tendenciosa. Y no olvido el monólogo (?) de ese gran actor que es Murray Abraham cuando Salieri ‘protesta’ ante su Dios, escandalizado por el talento que ha concedido a Mozart, que le permite componer maravillas con tan poco esfuerzo…)

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