Amén (y 2)

La Sequencia es la sección más larga de toda misa de difuntos que siga la liturgia católica. Aunque no forma parte del ordinario, se suele incluir en celebraciones extraordinarias de éste tipo de misas y en la mayoría de Requiems musicados. Se trata de un himno poético litúrgico de composición estrófica y rimada que para el caso particular de la misa de difuntos presenta un texto sobre el día del juicio final. Cada compositor divide la sección de la Sequencia en diferentes sub-secciones (agrupando estrofas consecutivas, siendo las primeras palabras de la primera de ellas las que dan el título a la sub-sección: «Dies irae»…»Tuba mirum»…»Rex tremendae»…»Recordare»…»Confutatis»…hasta el «Lacrimosa» final). Mozart, Verdi, Berlioz, Dvorak siguen este patrón y Fauré no entra en este círculo debido a que omite en su Réquiem toda la Sequencia y solo cita (de manera maravillosa) el verso final del «Lacrimosa», el «Pie Jesu».

¿Y a qué viene esta larga introducción acerca de la Sequencia? Pues a que, muy curioso, salvo ella, todas las secciones del Réquiem de Mozart (Kyrie, Ofertorio, Sanctus, Benedictus y Communio) terminan con una fuga, y de hecho era muy común finalizar cada sección importante de las composiciones sacras con una potente fuga. Por ejemplo, famosa por haber sido seguramente lo último que escribió Mozart (con permiso quizás precisamente del Amen) y por ser el fragmento robado de la partitura en la Feria Mundial de Bruselas de 1958, la genial Quam olim Abrahae promisisti con que concluye el «Hostias» y con él, el Ofertorio.

La pregunta está cantada a coro: ¿Por qué no acaba con una fuga la Sequencia? Y, esto es más gordo, señores del jurado, ¿sabían Vds, que la única sección cuyo texto acaba con un «Amén» es la Sequencia? ¿Albergan alguna duda respecto a que el esbozo descubierto por Plath corresponde a una fuga sobre la palabra final del «Lacrimosa» y de la Sequencia, Amén? Amén.

Nunca sabremos por qué razón ese esbozo de 16 compases de una fuga no fue completado. Solo Mozart, o Süssmayr, o Constance lo saben y no nos pueden ayudar. En alguna biografía puede leerse que Constance alegaba que Mozart deseaba el «Amén» fugado, pero es una mera suposición. El boceto del Lacrimosa solo tiene 8 compases y Süssmayr lo trabajó y completó de manera admirable. Y partiendo de la base que conocía la existencia del esbozo del «Amén», sea a través del propio Mozart, sea a través de Constance, es un misterio la razón por la que lo ignoró. Quién pretenda en estos momentos desvelar ese misterio nunca podrá hacerlo sin basarse en conjeturas o elucubraciones más o menos interesadas, hasta que, claro, alguien descubra una prueba documental incontestable que arroje luz sobre ello. Pero sigamos un poco más.

El Lacrimosa que todos conocemos finaliza con un «Amén» cantado en forma de cadencia final. Recordemos:

Se trata de dos notas distribuidas en los dos compases finales: «A…men». Es una cadencia sencilla, brevísima, pero muy bella, muy sentida, especialmente emocionante por ser, prácticamente, el adiós a la vida de un genio maravilloso. Este tipo de cadencia (plagal) era de uso muy habitual en composiciones de música religiosa de la época. Tanto es así que hay musicólogos que especulan con el hecho de que fuera el propio Mozart quién desestimase continuar con el borrador de la fuga. Puede ser que así haya sido, y puede que no. Una cadencia de este tipo, tan breve, tendría cierto fundamento si se considera que la palabra final «Amén» corresponde únicamente al contexto de la estrofa del «Lacrimosa», ya que se trata de un estrofa muy corta, pero no debe olvidarse que no es el «Amén» del «Lacrimosa» sino de toda la gran Sequencia, para el que parece lógico esperar una composición de más calado, más poderosa arquitectónicamente, más potente, y con la gran habilidad contrapuntística de Mozart un «Amén» fugado proporcionaría, bien seguro, todas estas cualidades.

Pero, ¿y si la explicación fuera más sencilla, ajena a la música e incluso  prosaica?

El conde Franz von Walsegg (1763-1827) era un curioso personaje de la época. Aristócrata y, como Mozart, masón, era músico aficionado y tenía por costumbre encargar obras, a cambio de una buena compensación económica, a compositores relevantes de Viena, pactando con ellos, sin rubor alguno, que cediesen su firma para hacerse pasar él por su autor. Acto seguido las editaba y las dirigía en conciertos privados en su mansión. Pues bien: Fue este conde Walsegg quién (a través de un emisario con el propósito de mantener el secreto), encargó un Réquiem a Mozart. El objeto era honrar la memoria de su joven esposa, fallecida con tan solo 20 años, con una misa de difuntos en la que el conde dirigiría «su» Réquiem. Resulta que, al morir Mozart, el conde reclama a Constanze la partitura, y Constance no puede retrasar demasiado la entrega so pena de levantar fundadas sospechas de que la obra no hubiera sido terminada completamente por su marido, perdiendo así un suculento ingreso. Desde luego, Constance ha de pactar con Eybler, Stadler y Süssmayr absoluta confidencialidad acerca de sus trabajos en el Réquiem. El estado económico de la familia Mozart no era nada boyante y con Mozart muerto menos aún, de modo que Constanze necesitaba imperiosamente el dinero de Walsegg. A lo que debe añadirse que Süssmayr estaba componiendo una ópera y andaba por tanto muy atareado. Dicho todo lo cual, ¿no será que el hecho de que el boceto del «Amén» quedara para la posteridad en eso, en un valiosísimo y a la vez simple boceto, fuera por una pura cuestión de falta de tiempo, del tiempo que no le sobraba ni a Süssmayr para desarrollarlo ni a Constanze para cobrar? ¿No se quedaría el «Amén» en una simple y breve cadencia final por las prisas y por la pasta?

Quién haya llegado hasta el final de este relato puede pensar que se han derrochado demasiadas palabras para llegar a tan simple conclusión, que incluso puede que ya conociera. Pero también habrá quien comparta el gusto por curiosidades a menudo desapercibidas y (supuestamente) poco importantes como la existencia de un borrador que se quedó en eso, de cuya existencia me informó recientemente un estimado amigo, despertando esa irrefrenable e impagable necesidad de saber más. En todo caso, habrá valido la pena llegar al final por escuchar esta preciosa versión del Requiem a cargo de la Orquesta y Coro de Galicia bajo la dirección de Richard Egarr.

 

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2 respuestas a Amén (y 2)

  1. José Luis dijo:

    Pues muy interesante, y tu hipótesis es por lo menos tan buena como otras. Y un valor añadido de trabajos como este tuyo es que te situan a los compositores en su realidad, muy distante del mundo perfecto de su música: Mozart haciendo de negro de un conde…

  2. josepoliv dijo:

    Si, haciendo de negro… Lo que hace la necesidad. Conocer la parte humana de los genios, sus grandezas, miserias, habilidades, torpezas, pasiones y angustias los hace humanos y más próximos. Destacan sobrenaturalmente en su obra, y en su determinación para que ésta sea reconocida y admirada, pero no son tan «humanamente» diferentes a muchos de nosotros.

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