Una guía para la música de György Ligeti (y 2) ®

Ligeti no estaba expresando con su música un vacío ni pretendía dar la respuesta definitiva al reto de encontrar un idioma musical para la posguerra. Nunca se afilió a ninguna  corriente musical ni partido político, sobre todo porque tenía una experiencia personal devastadora de hacia dónde podían llevar esas posturas. Como judíos húngaros, su hermano y su padre fueron asesinados en campos de concentración y su madre sobrevivió a Auschwitz; después de la guerra, vió de primera mano la brutalidad y la intolerancia del comunismo. Lo último en lo que quería convertirse como artista creativo era en un ideólogo musical o en un déspota. Lo conocí cuando ya estaba enfermo en 2003, y me dijo que estaba en contra de la idea de la «planificación» en la música, afirmando que nunca pudo hacer una forma musical planificada de antemano como hizo Stockhausen, por ejemplo, en su ciclo Licht. Ligeti también me dijo: «Estoy muy lejos de planteamientos mesiánicos».

La fundamentada resistencia de Ligeti ante el sistema por el sistema, fuera la versión del serialismo de Boulez, el azar de Cage o el estocasticismo de Xenakis, significaba que tenía que encontrar nuevas formas y nuevos tipos de expresión prácticamente en cada nueva pieza que escribía. Sus búsquedas y sus influencias se extendieron mucho más allá de los confines convencionales de de la cultura occidental: la música de los pigmeos Aka fue uno de los catalizadores que desbloquearon sus últimas dos décadas de creatividad, sobre todo con la invención rítmica del Concierto para piano y los Estudios de piano; estaba impresionado por los sonidos y procesos del minimalismo estadounidense como ningún otro compositor europeo de vanguardia lo estaba y su mente estaba abierta a los más avanzados logros de las matemáticas contemporáneas. Quedó fascinado con las nuevas ideas de la teoría del caos desarrollada por Heinz-Otto Peitgen en la década de 1980, y extrapoló algunas de esas ideas a música como la del cuarto movimiento del Concierto para piano [15:11], un viaje caótico al abismo de los patrones rítmicos auto aniquilantes, continuamente interrumpidos.

Sin embargo, hay constantes en la imaginación musical de Ligeti. Una de las más importantes es la idea del absurdo. El mundo de la imaginación de Ligeti fue simultáneamente un asilo, un lugar de refugio y un lugar para procesar el horror de las grandes pesadillas geopolíticas del siglo XX que vivió. Cuando era niño, inventó un mundo autosuficiente al que llamó Kylwiria; de adulto, era un devoto de Lewis Carroll (quería escribir una ópera basada en Alicia en el país de las maravillas) y de los juegos lingüísticos e imágenes surrealistas del poeta húngaro Sándor Weöres. Una de sus últimas piezas, Síppal, dobbal, nádihegedüvel, «Con flautas, tambores, violines», es una musicalización de los poemas de Weöres para cuarteto de percusión y mezzosoprano. Son, típicamente en Ligeti, a una escala diminuta, y suenan como nada hecho por otros: cada una de las siete canciones huele simultáneamente a música folclórica y a complejidad modernista, a inmediatez infantil y a una sofisticación decididamente adulta. Sin embargo, esta música es absoluta y definitivamente nueva, y cada número evoca su propio pequeño pero gran mundo de absurda expresión y resonancia. También son, creo, extrañamente melancólicas. Las canciones de Sippal tienen esa cualidad que tiene siempre la mejor poesía absurda de confrontar las grandes ideas con el toque ligero, el humor y la prestidigitación.

Las piezas de Ligeti suelen ser cortas, incluso miniaturas, pero es como si esa pequeñez de su escala hiciera percibir una especie de vacío gigantesco a su alrededor. El primer Estudio de piano escribe un destructivo y nihilista juego de abandono rítmico, y lo hace todo en un par de minutos;

hay momentos en el Concierto para violín en los que no sabes si reír o llorar al son de las ocarinas y las flautas de émbolo que se escuchan en la orquesta;

toda su ópera Le Grand Macabre es a la vez una ingeniosa sátira sobre la muerte y una escalofriante visión apocalíptica.

En otras palabras, escuchas un reflejo de los horrores que Ligeti conoció y vio durante su vida, y escuchas también su aceptación de la esencial futilidad del arte frente a toda esa tragedia. Y, sin embargo, en el intento de reflexionar o escapar de esas experiencias, la música de Ligeti es una llamada de atención acerca de la importancia fundamental de ese esfuerzo artístico supuestamente inútil. Es la música que te permite vislumbrar la muerte térmica del universo, y la necesidad de seguir adelante, de seguir componiendo, de seguir viviendo frente a ese destino nihilista que nos espera, aunque todo, al final, no valga para nada. No es así, por supuesto…  pero es esa tensión existencial la que le da a la música de Ligeti su humanidad, y es una de las razones por las que su obra, creo, se volverá cada vez más central en el repertorio de todos los intérpretes y en los oídos de todos los amantes de la música.

Tom Service. The Guardian.

 

 

® Hace diez años: Ligeti – Le grand macabre. Liceo 22/11/11 – Libiamo

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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3 respuestas a Una guía para la música de György Ligeti (y 2) ®

  1. josepoliv dijo:

    He escuchado los dos conciertos, el de violín y el de piano. No me han agradado. Tal vez el de violín lo «soporto» con más paciencia. En obras de cierta duración es esta una música que me deja frio como un tempano. Cuando asistí a la representación de «Le grand macabre» en el Liceu salí con la misma sensación. Casi podría decir que la música me estorbó o me descentró de lo realmente interesante y aprovechable de esa función: su libreto y su escenificación. No fue tanto su línea instrumental (con momentos ciertamente destacables), como la vocal. Ese canto-declamado tan insistente, tan pertinaz, tan agudo, tan de falsete interminable, tan labrado por creadores operístico contemporáneos es que me pone de los nervios. Da la impresión de que se canta (mejor dicho, recita-declama) sobre la misma nota constantemente. No se trata de que eche en falta un mínimo de línea melódica, sino de que al parecer hay una necesidad imperiosa de que sea anti-melódica.

    • José Luis dijo:

      A mí sí me gustan. O mejor dicho, me fascinan. Y ante la pregunta que me hago en casos así, ¿Sacarías una entrada para oirlo?, respondo que sí, sin dudar. Ligeti es, ante todo, musicalmente honesto, cosa que no puede asegurarse de todos los que nos quieren vender sus inventos. Y para mí es el más grande de los últimos. De El gran macabro tengo un recuerdo muy bueno, como espectáculo total

    • José Luis dijo:

      Por cierto

      El disco de Brubeck (el del Take five!) es de 1959. El concierto para piano de Ligeti, de 1985. Utilizan el mismo patrón ritmico, turco, «aksak»

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