Los chicos de Canet

A los de La Trinca se les conocía como «Els nois de Canet», el pueblo que estos días se ha sublevado ante el enorme atropello que supone pretender que una cuarta parte del tiempo que un niño de cinco años pasa en la escuela se hable en castellano, la lengua cooficial que todos los ciudadanos de Cataluña tienen el derecho y el deber de conocer y que pueden usar sin ser discriminados por ello, según reza literalmente su estatuto de autonomía.

A finales de los 70, La Trinca satirizaba los colegios de curas en El meu colegi.

El meu colegi

Ens posaven l'uniforme, bata de ratlles, 
i ens penjaven la cartera a les espatlles.
I ens portaven a un col•legi ple de finestres, 
on una banda de frares feien de mestres.

Aquells quaderns de «deberes», aquells plumiers, 
aquells pupitres de fusta amb dos tinters. 
Aquella sotana negra amb una creu; 
aquella bragueta immensa de cap a peus.

Ens feien entrar la llista dels reis gots 
a base de plantofades i mastegots, 
i ens deien quina és d'Austràlia la capital,
i ens formaven el espiritu nazional.

«Venid y vamos todos con flores a porfía...»
«¡Qué buenos son los padres escolapios! 
¡Qué buenos son, que nos llevan de excursión!  
¡Que viva España y su tradición, 
y los padres escolapios que nos dan la educación!»
«De Isabel y Fernando el espíritu impera: 
moriremos besando la sagrada bandera.»
Ells ens feien creure en Déu, mal que fos a cops de creu. 

Aquell maig, mes de Maria, aquells rosaris, 
aquell fotimer d'estampes i escapularis. 
Aquell tancar-se en el wàter tot el recreo, 
i aquell confessor que et deia: «Quants cops, fill meu?»

«Las manos sobre el pupitre», l'hermano ens deia, 
però ell de la butxaca mai se les treia. 
Que fóssim «puros y castos» ens predicava, 
mentre tot fent la mà morta ens grapejava.

Aquella olor de col•legi, rància ferum, 
de llapis, de pell de taronja i de pixum. 
Aquella paret davant, aquells dos quadres, 
i aquell Sant Crist penjat entre els dos lladres.
Mi colegio

Nos ponían el uniforme, bata de rayas,
y nos colgaban la cartera en los hombros.
Y nos llevaban a un colegio lleno de ventanas,
donde una banda de frailes hacían de maestros.

Aquellos cuadernos de «deberes», aquellos plumieres,
aquellos pupitres de madera con dos tinteros.
Aquella sotana negra con una cruz;
aquella bragueta inmensa de la cabeza a los pies.

Nos hacían entrar la lista de los reyes godos
a base de guantazos y tortazos,
y nos decían cuál es de Australia la capital,
y nos formaban el espíritu nazional.

«Venid y vamos todos con flores a porfía...»
«¡Qué buenos son los padres escolapios! 
¡Qué buenos son, que nos llevan de excursión!  
¡Que viva España y su tradición, 
y los padres escolapios que nos dan la educación!»
«De Isabel y Fernando el espíritu impera: 
moriremos besando la sagrada bandera.»
Nos hacían creer en Dios, aunque fuera a golpes de cruz.

Aquel mayo, mes de María, aquellos rosarios,
aquel  mogollón de estampas y escapularios.
Aquel encerrarse en el váter todo el recreo,
y aquel confesor que te decía: «¿Cuántas veces, hijo mío?»

«Las manos sobre el pupitre», el hermano nos decía,
pero él del bolsillo nunca se las sacaba.
Que fuéramos «puros y castos» nos predicaba,
mientras haciendo la mano muerta nos manoseaba.

Aquel olor a colegio, rancio tufo,
de lápiz, de piel de naranja y de meadas.
Aquella pared delante, aquellos dos cuadros,
y aquel Santo Cristo colgado entre los dos ladrones.

Mucho han cambiado las cosas en las escuelas, y no únicamente en las formas. Pero si hoy no hay guantazos ni tortazos  ni listas de reyes godos que aprender,  las banderas sólo han cambiado de colores, los uniformes son mentales, el espíritu “nazional”, sin necesidad de libro de texto específico, se forma ahora de forma mucho más eficaz, y ladrones al frente sigue habiéndolos, cuelguen o no sus retratos en las clases. Por eso los cantos de los chicos de Canet de hoy no son de denuncia sino de apoyo a esa escuela y a la sagrada bandera.

Los padres que pidieron algo de castellano lo tienen crudo, y pocos se atreverán a seguir sus pasos, porque al que está ahora entre los ladrones le interesa más el poder que la justicia. Los padres de los jóvenes patriotas que les amenazan con el apoyo de los gobernantes, los viejos divertidos chicos de Canet que lamentaban los uniformes y los guantazos y la formación del espíritu «nazional» y que les hicieran creer en Dios a golpes de cruz, tienen la Cruz de San Jordi y siguen en el negocio.

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Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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5 respuestas a Los chicos de Canet

  1. josepoliv dijo:

    «Es que JL, tienes que entenderlo, no vamos a tirar por la borda todo lo que hemos currado para tener la cruz y mantener el negocio.»

    Yo, la verdad, guardo buen recuerdo de mi paso escolar por los Salesianos. Hablo de mi experiencia y la de amigos de clase que aún conservo que tienen idéntica opinión. Y parece mentira lo que una mente de 11, 12, 13 o 14 años puede discernir: las clases en donde se explicaba como resolver una regla de tres o una ecuación de segundo grado todo el mundo callado, y las Espíritu Nacional o de religión eran un auténtico cachondeo. Quiero decir que la mente, ya de pequeños, empieza a intuir que hay de verdad y que hay de cuento en los mensajes que recibe. Sí, misa diaria, vale, pero patio enorme en cantidad corriendo tras una pelota con el bocata en la mano. Bien, ahora no tienen misa, pero constato que tampoco van a tener patio porque parece ser que jugar con la pelota es de machistas. Por mucho que lo intentemos los adultos nunca podremos ver con ojos infantiles o adolescentes. Hay algo de falacia y mucho de soberbia cuando un adulto explica lo que le pasó y da entender que eso mismo le pasó a todo el mundo. Los chicos de Canet tienen buena memoria y efectivamente en nuestra clase había un señor en la cruz entre dos ladrones, pero tienen muy poca memoria reciente porque durante muchos años ha habido un ladrón colgado en las paredes de todas las instituciones, colegios incluidos. Sobre eso no hay canción que nos lo relate, ni la habrá.

    • José Luis dijo:

      Pues para enmarcar, porque explicas en un plis plas lo que a mi me hubiese costado diez horas para quedar como un churro, y me refiero especialmente a esa doble observación sobre nuestros colegios.

      Nunca jamás, ni a mí ni a ninguno de mis amigos, la menor insinuación sexual. «Algo de falacia y mucho de soberbia cuando un adulto explica lo que le pasó y da entender que eso mismo le pasó a todo el mundo». Si es que le pasó. Y lo otro, el cachondeo en las clases de FEN, que nos pasabamos contando las veces que el profe decía palabras terminadas en mente y sin saber ni de que hablaba… salvo una vez, que se puso a defender la justicia histórica para las clases pobres, y como los hijos de los ricos (y algunos había allí) debían pagar los robos de sus padres. Debía ser falangista. Y tuve un profe, de gramática, tan bueno como riguroso, del que luego supe que era un lider de Fuerza Nueva. Tampoco nunca jamás la menor insinuación política. La única presión, como suele suceder, es la que no se advierte. En mi caso, jesuitas, creo que la exigencia de superación, el imperativo categórico, el «hay que» que te clavan, no con las palabras, sino con la práctica. Aunque, en mi opinión, nada de lo que haga el colegio determina tanto como lo que viene de casa, en cuestiones más sociales y políticas, la presión de la defensa del nacionalismo que se hace de modo implícito ahora, tiene que ser demoledora. La z de nazionalismo tiene mucho que ver con la unanimidad de esa sumisión casi previa, ambiental, axiomática, la misma que les permite el rasgamiento de vestiduras por que se pida… una cuarta parte en la lengua cooficial! En fin. Acabe como acabe la historia, toda esta locura tiene un precio, los que practican la irracionalidad acaban desquiciados.

  2. josepoliv dijo:

    Sobre lo de Canet es la típica situación en la que se encargan muchos políticos y mentes fanáticas en envenenar. Tanto el castellano (o español) y el catalán no corren ningún peligro, y establecer una cuota del 25% para el castellano no me parece ninguna desmesura ni atropello ni va a impactar negativamente en la buena salud actual del catalán (nunca la ha tenido tan buena). Y preocupantes son mensajes en la red de auténticos descerebrados, más preocupantes aún cuando no son rechazados ni denunciados por quienes debieran. Y que sea un tema de importancia capital que un corro de niños que juegan en el patio hablen entre ellos en una determinada lengua u otra…tela!

  3. José Luis dijo:

    Al pelo:

    El lenguaje de la mentira

    Es el abecé de la política: para conquistar la realidad, primero hay que conquistar el lenguaje. Por eso la política democrática consiste antes que nada en una batalla lingüística entre los distintos partidos o sectores contrapuestos; si uno de ellos arrasa, malo. Es lo que ha ocurrido en Cataluña: que, además de colonizar el espacio público —desde las instituciones hasta la calle—, el secesionismo ha colonizado el lenguaje: no sólo se ha apropiado de las palabras valiosas —independencia, democracia, libertad—, tergiversando su sentido; también ha creado una jerga —una “neolengua”, diría George Orwell— destinada a enmascarar la realidad o a crear una realidad alternativa. El procedimiento es conocido: los laboratorios secesionistas acuñan el engendro y sus propagandistas lo difunden; más pernicioso —además de inmoral— es que también lo difundan los no secesionistas, para no significarse o para congraciarse con los secesionistas y posar de conciliadores y apostar a negras y blancas y ganar siempre. El resultado es un éxito completo: tonto del culo el próximo que vuelva a llamar a esta gente tonta.

    No denunciaré otra vez aquí las mentiras más exitosas del secesionismo, como el famoso e inexistente “derecho a decidir”, o el no menos famoso derecho de autodeterminación, este sí existente, sólo que lo que los secesionistas reclaman con ese nombre es el derecho de secesión, que no es un derecho democrático: ninguna Constitución democrática lo contempla. Hay muchísimas mentiras más. Algunas son casi cómicas. A mí al menos se me escapa la risa cada vez que oigo calificar a la CUP de partido “anticapitalista”: es que me acuerdo de que, según todos los estudios, posee la media de votantes más ricos del espectro político catalán, y de que presta un respaldo asiduo a la derecha casi siempre gobernante; no diré que la CUP es al movimiento secesionista lo que fue la OJE al Movimiento Nacional, porque ya nadie se acuerda de la OJE, pero la verdad es que se parece bastante: estética, ademanes y retórica alternativos —¡la revolución pendiente!— combinados con una práctica conservadora de sostén del statu quo: la revolución, sí, pero de la señorita Pepis. Otras veces el invento busca suavizar tropelías sangrantes. Mi favorito es “unilateral” o “unilateralismo”, dos palabras empalagosas con las que se pretende endulzar la amarga orgía antidemocrática del otoño de 2017. Pero la palma se la lleva el verbo “desjudicializar”, siempre acompañado del sustantivo “política”; ya saben: hay que “desjudicializar la política”, hay que resolver políticamente lo que es un problema político. Como todas las grandes mentiras, esta contiene una pequeña verdad, o varias. La principal: claro que hay que resolver políticamente lo que es político, claro que la política no debió llegar nunca a los tribunales; pero ¿quién la llevó allí? Los políticos que violaron las leyes. ¿O cómo debería haber reaccionado ante ello el Estado de derecho? ¿Permitiéndoles violarlas? ¿La democracia no se basa en que todos somos iguales ante la ley? ¿Una niña de 18 años va a la cárcel por robar un bolso (yo lo he visto), pero nadie puede tocar a unos políticos por malversar millones (lo vimos todos)? Si eso es democracia, yo soy san José de Calasanz. Entendida así, la judicialización de la política es en realidad un gran logro de la civilización: significa que los poderosos también responden ante la ley; lo que esconde la famosa “desjudicialización de la política” es una reclamación de impunidad para los políticos (al menos, para ciertos políticos).

    Son sólo tres ejemplos: podría poner decenas; podría, de hecho, compilar un diccionario entero. Alguien debería hacerlo. En cuanto a mí, me conformaría con que, antes de usar la palabra “anticapitalista” referida a la CUP, antes de escribir “unilateralismo” o “desjudicializar”, no digamos “derecho a decidir”, quien vaya a hacerlo piense que así se contribuye a difundir mentiras. Y que, para que la verdad vuelva a Cataluña, no basta con descolonizar las instituciones y la sociedad; antes hay que descolonizar el lenguaje: hay que volver a llamar a las cosas por su nombre.

    Javier Cercas, El Pais Semanal, 12/12/21

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