P.G. Wodehouse y los poetas ®

Rocky era poeta. Por lo menos, cuando hacía algo, escribía poesías; pero la mayor parte del tiempo, por lo que sé, se lo pasaba en una especie de nirvana. Una vez me contó que podía pasarse horas enteras sentado en un seto siguiendo los movimientos de un gusano.

Su programa de vida estaba muy bien diseñado. Tres días al mes los ocupaba escribiendo alguna poesía; los restantes días del año, descansaba. Yo no sabía que la poesía diera tanto dinero como para mantener a una persona, aun del modo en que vivía Rocky. Pero parece que si se hacen poesías a base de consejos para la juventud, y se prescinde de las rimas, los editores norteamericanos se pelean por ellas. Rocky me enseñó una vez un poema suyo. Empezaba así:

¡Vive!
El pasado está muerto,
el futuro ha de nacer.
¡Vive hoy!
¡Hoy!
¡Vive hasta el último nervio,
hasta la última fibra,
hasta la última gota de tu sangre !
¡Vive !
¡Vive!

Seguían otras tres estrofas, y el conjunto estaba publicado en la contraportada de una revista, con una especie de orla alrededor, y un dibujo de un vistoso personaje desnudo, con músculos prominentes, que contemplaba el sol. Rocky me dijo que le dieron cien dólares por ese poema, y se estuvo en la cama hasta las cuatro de la tarde por espacio de casi un mes.

El inimitable Jeeves, 1923

-◊-

— ¿Qué quiere?

— He venido a leerle mi poema, señor.

— ¡Ah, ya!

El policía carraspeó con modestia.

— Es poca cosa, Mr Beamish; una especie de esbozo, como diría usted, sobre las calles de Nueva York, tal como aparecen a la vista de un policía en su ronda. Me gustaría leérselo, si me lo permite.

Garroway tragó saliva, cerró los ojos, y empezó a recitar con el peculiar tono de voz que reservaba para las declaraciones ante los magistrados.

— «¡Calles!»

— ¿ Es el título ?

— Sí, señor, y el primer verso también.

Hamilton Beamish se sobresaltó.

— ¿Verso libre?

— ¿Señor?

— ¿No riman?

— No, señor. Ud. ha dicho que las rimas son convencionalismos de otros tiempos.

— ¿Yo dije eso?

— Sí, de veras, señor. Y desde luego, así es más cómodo. Esto facilita enormemente el componer poesía.

Hamilton Beamish le miró perplejo. Admitió que pudo haber dicho aquellas palabras, pero el hecho de que se hubiese propuesto privar a una persona del puro gozo de rimar «pasión» con «corazón», o «flor» con «amor», le parecía, en su actual estado de exaltación algo inconcebible.

— ¡Curioso! —dijo—. ¡Realmente curioso! De todos modos, continúe.

El agente Garroway tragó saliva de nuevo y volvió a cerrar los ojos.

¡Calles!
¡Horribles, atroces, sórdidas calles!
¡Miles de devorantes calles!
Este, oeste, norte
y sin fin, extendiéndose hacia el sur.
Tristes, lúgubres y heladas.
Desesperadas y tenebrosas.
¡Calles!

Hamilton frunció las cejas.

Camino por las fúnebres calles,
camino con el alma destrozada.

— ¿Por qué? —interrumpió Hamilton Beamish.

— Es parte de mis obligaciones, señor. A cada policía le asignan un sector del barrio para hacer la ronda.

— Quiero decir por qué camina con el alma destrozada.

— Porque mi corazón sangra, señor.

— ¿Sangra? ¿Su corazón?

— Sí, señor, ¡mi corazón sangra! ¡Veo tantas miserias y tantas desgracias, y mi corazón sangra!

— Bien. Sigamos. Todo esto me parece muy curioso… pero sigamos.

Veo hombres oscuros,
Que se arrastran a lo lejos
con fulgurantes ojos pérfidos,
que brillan con odio atroz,
Cual leprosos que buscan
Una presa en medio de la calle.

Hamilton estuvo a punto de decir algo, pero se contuvo.

Hombres que un día fueron hombres,
Mujeres que un día fueron mujeres,
Niños, como monos raquíticos,
Perros que aúllan, muerden,
Roban y odian.
¡Calles!
¡Repugnantes, pútridas calles!
Sigue mi paso por las inciertas calles
¡y me deseo la muerte!

Garroway calló y abrió los ojos. Hamilton Beamish, cruzando la habitación, se acercó y le dio un golpe en la espalda.

— Entiendo, —dijo— su problema es el hígado. Dígame, ¿tiene algún punto que le duela o que este hipersensible?

— No, señor.

— ¿Fiebre, escalofríos, temblores?

— No, señor.

— Entonces no se trata de un ataque hepático… quizá una ligera atonía del esófago; atonía que puede calmarse con calomelano. Mi querido Garroway, su poema es un monumental desatino.

Un par de solteros (The small bachelor) 1944

 

®Hace diez años: P.G. Wodehouse cuenta una anécdota de los Irwin

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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5 respuestas a P.G. Wodehouse y los poetas ®

  1. perenolasc dijo:

    En una entrevista con Baltasar Porcel, Gabriel Ferrater se refiere también a los «irrealistas» como Emilio Prados y relata una anécdota reveladora. Hablaban de Prados y citaban esto que había escrito en 1936: «Cuando las mariposas fecundaban los cuerpos desnudos de las muchachas a la orilla de los ríos». «Si así estaban las cosas», comentó Gil de Biedma, «el Ejército tuvo razón en echarse a la calle».

  2. josepoliv dijo:

    Constato que no estoy tan mal como lo estaba el poeta-policía.

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