Las notas de Enrique García Revilla

Durante la pandemia hemos pasado a leer los programas de mano en las pantallas de los móviles, y aunque en el Auditorio de Valladolid, con la relajación de las medidas de protección, ya ha vuelto el papel, parece que en otros lugares como Barcelona se lo están pensando, quizás anticipándose a un inevitable futuro que nos va a dejar a todos sin ese placer analógico. En todo caso, programa, programa, programa, que decía aquel político comunista andaluz. Pero no con unas notas cualquiera, porque la mayor parte de los aficionados no sabemos de séptimas disminuidas ni de hemiolias, pero tampoco estamos sólo interesados en la vida privada de nuestros ídolos ni necesitamos saber que los violines darán paso al oboe, que eso ya lo escucharemos:  Queremos notas como las de Enrique García Revilla.

Nuestro amigo Enrique de Burgos es berlioziano no sólo por devoción sino por afinidad con el compositor francés. Porque, más allá de su común dedicación a la música, es también, cómo él,  un muy buen escritor, algo que aquí  sabemos bien al haber dado un poco de pie a su divertidísimo «El tosedor de conciertos», uno de los relatos de Las tertulias de la orquesta en el que hasta salíamos algunos inquilinos de esta casa más o menos inquietantemente travestidos. Pero, después de ese brillante escarceo, ha continuado con la primera y magnífica traducción al español de las Memorias de Berlioz, y, más recientemente, con La canción del Machichaco, una novela que Andrés Ruiz Tarazona, viejo conocido de los oyentes de Radio Nacional, no duda en calificar de obra maestra:

Un manuscrito antiguo de inspiración cervantina, rescatado del vapor Machichaco antes de su explosión ocurrida en Santander en 1893, es robado por un amigo de los escritores Galdós, Pereda y Menéndez Pelayo. Desde ese instante, el relato que contiene abre la vía para el desenmascaramiento de un vergonzoso plagio artístico y determinará la historia musical de cinco generaciones de la familia del ladrón hasta bien entrado el siglo XXI. El tráfico de esclavos en la diminuta isla guineana de Annobón, el escandaloso estreno del ballet La consagración de la primavera o un campo de prisioneros nazi son escenarios diversos para un libro que rebosa aventura, amor y música. La redacción de unas conmovedoras memorias por parte de la heroína principal en sus últimos días unifica la novela y la conduce a un final trepidante expresado con exquisita delicadeza. Una obra maestra. Andrés Ruiz Tarazona (musicógrafo, cronista de la villa de Madrid)

Hay que decir, a riesgo de perder amigo, que Ruiz Tarazona aparece en las últimas páginas interpretando su propio papel, pero hay que decirlo, porque ese cameo es una de las muchas sorpresas que hacen agradabilísima la lectura de una novela capaz de hablar seriamente de música en un contexto de intriga y aventuras y que mezcla sabiamente ficción y realidad. La escritura de García Revilla, tan fresca y llena de ironía como la de Berlioz, es además de una espectacular riqueza lingüística y su habilidad descriptiva está a la altura de una imaginación realmente asombrosa.

No es entonces raro que, cuando se encargan notas para los programas de su orquesta y los de la comunidad, las sinfónicas de Burgos y de Castilla y León, a un Doctor en Filología, profesor, escritor y músico que, además de profesional conocedor del tema y buen escritor, tiene la rara virtud de decir siempre llana y simpáticamente lo que de verdad piensa,  se disfruten de párrafos como éstos a propósito de los Cinco interludios marinos de Peter Grimes del pasado Febrero:

«Aun hoy, cien años más tarde, toda aquella música de Britten sigue resultando, cuando menos, dificultosa al espectador medio. Ese estilo vocal moderno, huidizo de los centros tonales, disonante y rarito fue una decisión personal del compositor, que lo llevó a inspeccionar y transitar por un nuevo tipo de música inglesa, llamada a convertirle en el gran nombre del siglo XX británico.»

«Lo inglés en Britten no es el imperio glorioso, como en Pompa y circunstancia de Elgar, sino el borracho inadaptado social que sale del pub cargado de pintas, o los habitantes del pequeño pueblo marinero, que chismorrean sobre el vecino homosexual, quien, a su vez abusa de un menor. Nada alentador, desde luego, como tampoco lo son, a priori, las pinturas negras de Goya, si no fuese porque en dicho estilo crea algunas de las mejores óperas del siglo XX, como lo es Peter Grimes

En ese mismo programa, el hilo conductor que Enrique elige para comentar el Concierto para piano nº 3 de Prokofiev, es tan inteligente y sencillo como y eficaz: Explicar por qué es el más popular de los cinco que compuso Prokofiev.  De modo que, quien quiera leer cosas así sobre música, puede bucear en su blog, Les soirées de l’orchestre, en el que también va publicando estas notas. Y se las puede llevar uno impresas para leerlas en papel mientras espera a que empiece el correspondiente concierto, como Dios manda. Porque además – lo más importante siempre al final -, se aprenden muchas cosas de las que realmente hacen disfrutar más aún de la música.

«En el memorable adagio sostenuto halló Rachmáninov la combinación de una melodía noble y sentimental con el marco de la luz del mi mayor, más luminoso aún por contraste con el do menor inicial. La entrada del piano es la de un solista, aunque pronto se descubre que lo suyo no era más que un sustrato, un acompañamiento para la flauta, que hace aparición como in medias res. Pero el mejor efecto viene cuando el conjunto quiere establecerse con dicho instrumento en la melodía y es el clarinete quien cariñosamente se apropia de ella para, entonces sí, desarrollarse amplia y expresiva en un solo inolvidable. Todo este adagio constituye un estudio de los conceptos románticos de densidad orquestal e intensidad expresiva en el que el autor demuestra de qué modo ambos pueden aumentar y disminuir de forma paralela, pero también encontrar el juego en lo contrario: puede aumentar uno si el otro disminuye y viceversa.» 

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Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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2 respuestas a Las notas de Enrique García Revilla

  1. josepoliv dijo:

    Los ejemplos que nos traes de Enrique de Burgos demuestran claramente como un sensacional programa de mano puede hacer aún más enriquecedora la experiencia musical de todo concierto. Es más, puede hacer que no pasen inadvertidos aspectos musicales clave para no solo disfrutar de la audición, sino para entenderla, y por tanto, disfrutarla aún más. Y muy importante: quedar mucho más fijamente en el recuerdo. Lees esas palabras (antes del concierto) sobre la importancia de Britten en la música del siglo XX o del por qué el tercer concierto para piano y orquesta de Prokofiev es el más popular y vas a asistir a otro concierto diferente del previsto.

    • José Luis dijo:

      Si, desde luego, especialmente con orientaciones como esas, como lo de Rachmaninov, relación entre densidad y expresividad… te hacen fijar la atención de otra forma. Y si encima estan bien escritas, pasas un buen rato leyéndolas. Aquí hay algunos que hacen buenas notas, pera las de Enrique son especiales. Eso de música «rarita» me llego al alma 😀

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