Música y músicos en la poesía de José Hierro (En el centenario de su nacimiento)

Desaliento

«No quiero que pienses», dices
Tú sabes que sólo en ello
puedo pensar. Pasarán
los días, las noches. Tiempos
vendrán sin nosotros. soles
brillarán en cielos nuevos.
Ecos de campana harán
más misterioso el silencio.
(«No quiero que pienses».)
Yo seguiré pensando en ello.

Quisiera hablarte de hermosas
fábulas, de pensamientos
luminosos, de jornadas
soñadas, de flores, vientos,
caricias, ternuras, gracias,
secretos;
pero en la boca me nacen
palabras de fuego.
Como llamas silenciosas
me abrasan por dentro.

Debiera decirte «amor»,
«fantasía», «sueño».

Yo sólo pregunto cómo
fue posible aquello.
Seguiría, paso a paso,
la huella de tu andar. Dentro
de tu vida escondería
la vida que muero.

«No quiero que pienses». Yo
digo que no pienso en ello.
(Cómo podría olvidarlo
sin haberme muerto.)

De «Con las piedras, con el viento», 1950

 

Si la poesía es música, la de José Hierro lo es por partida doble. Ante todo, por el sonido, la melodía y la estructura de poemas como este Desaliento. Pero también por lo mucho que habló de la música y los músicos en su obra:

  • De “Quinta del 42”, 1952

Acordes a T. L. de Victoria

¿Estarás donde estabas,
Tomás Luis de Victoria?
¿Al pie de las vidrieras
abiertas a las olas?
El órgano de plata.
Los rosales sin rosas.
El viento galopando
por la luz misteriosa.
El amarillo otoño
besándonos la boca.

¿Aún abrirás los bosques?
¿Aún talarás las olas?
¿Alzarás las columnas
de la noche a la gloria?
¿Gotearás de estrellas
las rojas amapolas?
¿Harás brillar los peces
sobre la orilla sola?
¿Prenderás tus marfiles
en las cimas remotas?
¿Poblarás con tu lumbre
crepuscular la aurora?

¿Serás el mismo que eras,
Tomás Luis de Victoria?
¿Llevarás en la mano
la dorada limosna,
misteriosa moneda,
luna verde y redonda,
ojo donde los hombres
apacientan sus horas?

Silencio. Del instante
lunar, la fuente brota.
¡Dios mío! Estamos muertos.
Gira el astro. Se borra
la eternidad herida,
las heridas palomas,
el cristal donde estalla
la luz que se desploma.
Todas las almas llevan
sangrando su corona.
Sin tiempo. Sin caminos.
Como un árbol sin hoja.
Como una primavera
muda, y errante y rota…

 

Homenaje a Palestrina

[…] (Palestrina arde
en el órgano. Es un bosque
de maravillosos árboles.
Hacha que derriba puertas
de hierro. Lluvia que cae
del misterio. Son de mundos
que principian a ordenarse.) […]

 

  • De “Cuanto sé de mí” (1957)

Sinfonieta a un hombre llamado Beethoven

[…] Entre qué escamas de violines
otoñales, entre qué esferas
vertiginosas, sombras secas
de lo eterno, limo de siglos,
oro y piedra, helechos de púrpura
entre qué simas del espanto,
entre qué huesos de armonía,
entre qué apagamientos -dime-
forjabas metales que fueron
la carne misma del destino,
el eje en torno al que giraba
la pesadumbre de los héroes,
la columna que sostenía
tan misterioso apagamiento…

Por lo negro fuiste olvidando
las flautas de la primavera,
y te volvías Uno y Todo,
sonora gruta del enigma,
cetro de mágicos destellos,
más alto que truenos y dardos,
más hondo que penas y océanos.
Alcázar que fuiste arrancando,
diamante a diamante, las horas…

Dueño y señor. Ya reinas, Hombre,
en el centro del Universo.
Empuñas las riendas y sabes
detener su galope loco.
Ciñes corona de laureles
-César de imperio de ceniza-
y navegas sobre las lágrimas
que proclamaron que viviste.
Solitario en la noche, como
recién nacido o recién muerto.
Mármol sin tiempo, bronce y tronco,
carne inmortal de las estatuas.
Héroe en la noche, derribado
sobre lo helado de un escudo.[…]

 

Experiencia y sombra de la música (Homenaje a Haendel)

No era la música divina
de las esferas. Era otra
humana: de aire, y agua y fuego.
Era una música sin hora
y sin memoria. Carne y sangre
sin final y principio. Bóveda
de alondras nocturnas. Panal
de llama en las cumbres remotas.

Perfectamente lo recuerdo.
Luminoso, por gracia y obra
del misterio. Transfigurado
de eternidad y fiebre y sombra.
Era una música imposible
como un ser vivo. Prodigiosa
como un presente, eternizado
en su cenit. Oí sus ondas
candentes. Rocé con mis dedos
la palpitación de su forma.

Aquí principia el tiempo. Urna
de luna, cárcel de aroma.
Es ya todo celestemente
material. Suenan venas-violas,
trompas —nostalgias, corazones—
claveles-oboes… ¿Quién deshoja
la subterránea luz, los números
armoniosos? ¿Qué cuerdas roban
vida a lo mudo, melodía
a la carne, beso a las bocas?
Vidrio de siglos de la fuente
de donde toda mudez brota.
¿Tú también, hija mía, música,
tú también…? […]

 

  • De “Alucinaciones”, 1964

Retrato en un concierto

[…] Juan Sebastián divide exactamente el silencio.
Alza columnas firmes desde los tonos.
El rigor no consigue impedir una nube,
una yedra envolvente que desordena los números.
Los dedos sobre el marfil dispersan el caos.
Pero el marfil guarda aún rumor de selva.
Vibraciones, armónicos, aire esclavizado,
física y éxtasis sometidos a la matemática:
con eso el hombre paraliza el tiempo. […]

[…] Juan Sebastián ensancha con sus dedos el instante
hasta casi invadir las fronteras de la realidad. […]

 

  • De «Agenda», 1991

Brahms, Clara, Schumann

[…] Pero nunca llegaré a ti.
El viejo Brahms es viejo, y está gordo.
Me he quedado dormido y me he pasado de estación.
¿Comprendes, amor mío, que nunca llegaré a tu lado
por culpa de este sueño, que es mi bálsamo y mi enemigo?
Ya nunca llegaré a tu lado.
Puede ser, amor mío, que no te amara ya,
que no te hubiese amado nunca,
que sólo hubiese amado a mi propio amor,
el amor que te tuve, Clara, amor mío.

 

Verdi, 1874

La muerte con sus perlas,
sus sedas, sus rubíes, abanicos de pluma,
encajes, terciopelos…
La muerte va a la Ópera.

Apaga los mecheros de gas
para que no se vea su esqueleto amarillo.
La Ópera va a la muerte.

La música amansada va a la muerte.
Va a la muerte, encolerizada,
a ser domada por Giuseppe Verdi.
Como un zumbel, una peonza,
es la vida de cada ser:
gira vertiginosa, rumorosa,
después se tambalea más y más,
hasta el desplome y el silencio.

Mientras gira, ve en torno suyo
agonizar hijos, amor.
Rossini y el estío,
Manzoni y el otoño,
la patria encadenada:
se ve morir Giuseppe Verdi.

Y, sin embargo, tanta vida,
tanta muerte, se enjoya, fastuosa,
toma sus abanicos de pluma,
viste sus sedas y sus terciopelos,
se oculta tras la máscara de oro y gas.

Y va a la Ópera. La muerte va a la Ópera
encadenada a la armonía

 

  • De “Cuaderno de Nueva York”, 1998

Rapsodia en blue

[…] El clarinete suena ahora
al otro lado del océano de los años.
Varó en las playas tórridas de los algodonales.
Allí murió muertes ajenas y vivió desamparos.
Se sometió y sufrió, pero se rebeló.
Por eso canta ahora, desesperanzado y futuro,
con alarido de sirena de ambulancia
o de coche de la policía.
Suena hermoso y terrible. […]

 

El laúd

[…] Sonó su música, por vez primera,
a la orilla del Arno, del Sena,
del Danubio de gabarras y aceite.
Después atravesó el océano,
enmudeció, sobrevivió, sobremurió.
Escuchó los mariachis entre el humo de la marihuana,
la trompeta del gringo (gringo, así lo nombraría,
porque venía de otros cielos),
el clarinete bajo
de monótono canto y coda de arrepentimiento,
el bandoneón de Buenos Aires,
la guitarra del Sacromonte.
Lo escuchó todo con nostalgia del rumor del bosque
que había sido su origen,
frente al estuario en el que fuego y oro desembocan. […]

 

Beethoven ante el televisor

El alemán de Bonn identificaba
todos los sones de la naturaleza:
el del mar, el del río, el del viento y la lluvia,
el canto del ruiseñor, el de la oropéndola, el del cuco.
Un día, cantó un ave, y él no oía su canto:
fue la primera señal de alarma.
Luego avanzó implacable la sordera
hasta desembocar en la noche de los sonidos.
Compuso, desde entonces, imaginándolos.
Nunca pudo escuchar su misa en Re,
sus últimos cuartetos, su última sinfonía.

Luis van Beethoven murió en mil ochocientos veintisiete
(es lo que piensan los desinformados),
pero yo lo he visto en el Lincoln Center.
Fue en los años noventa. Ocupábamos
asientos contiguos. Yo lo reconocí
por su expresión huraña y tierna y feroz.
Y también por el desaliño de que nos hablan sus biógrafos.
Escribí en mi programa estas palabras:
“Excelente concierto”. Y él asintió:
“No se moleste en escribir, oigo perfectamente”.

Después, en el descanso, hablamos de su música,
(sin duda se dio cuenta
de que acababa de reconocerlo.)
Avisaron de que había que volver
a la sala para escuchar el plato fuerte,
la Novena. Pero él, van Beethoven,
dio media vuelta, y se marchaba.
“Pero, ¿precisamente ahora?” le pregunté.
“Yo regreso al hotel. Voy a escuchar
la Novena Sinfonía en el televisor,
la transmiten en directo”, contestó.
“¿Me permite que le acompañe?”, dije.
Y se encogió de hombros.

Pues aquí acaba todo.
Nos sentamos ante el televisor.
Escuchamos el golpe de batuta
sobre el atril. Silencio. Y la orquesta rugió.
Entonces, Ludwig van Beethoven
se levantó y apagó el sonido.
Ahora sí que el silencio era absoluto.

Canturreaba a veces, levantaba la mano
para indicar la entrada a los timbales
en el Scherzo. Lloró con el adagio,
enardeció cuando cantaba el coro
las palabras de Schiller.

Yo nunca podré oír, nadie podrá,
lo que él oía. Finalizó el concierto.
Fue entonces cuando se levantó,
y se acercó al televisor,
recuperó el sonido.
Las cámaras enfocaban ahora
al público enardecido.
Van Beethoven oía, en mil novecientos noventa,
los aplausos que no podía oír en Viena,
en mil ochocientos veinticuatro.

 

Cantando en yiddish

[…] Me asfixiaría ahora si no cantase
el canto aquél. Me llegan con nitidez las notas
agazapadas en el pergamino. Las recupero.
Recupero sones, palabras olvidadas.
Y alzo en mi mano la copa de amargor
blanco y rubio, como si brindase a no sé qué.
Y canto con voz ronca – yo sé que desafino –
ante el racimo de supervivientes, de sordos
Canto yo, el mudo, el ensimismado,
el repentinamente loco y ebrio,
el que ha roto el silencio
por vez primera. Y nadie me acompaña.
Me contemplan perplejos.
Muevo el jarro a manera de batuta
como hacen los borrachos. Quiero que canten,
que me acompañen que naden, que nademos,
sólo por esta vez, por el agua de sombra
que un día atravesamos.
No recuerdan el son ni las palabras
anegadas en el olvido.
Sonríen compasivos, comprensivos,
y no comprenden nada. Me contemplo
detrás de una cortina de silencio.
Silencio. […]

 

Alma Mahler Hotel

[…] “Alma, mi amor” le grito susurrando,
le susurro, gritando, ante la puerta,
los brazos extendidos,
en la mano la espada flamígera,
para que no transpongan el umbral
del paraíso recobrado en esta habitación;
para que no me hieran.

“Alma, mi amor, no entres”.
No quiero que suceda lo que ya sucedió,
lo que va a suceder.
No me ven ni me oyen.
Penetran a través de mí: soy humo
ellos son humo. […]

 

Adagio para Franz Schubert
(Quinteto en Do mayor)

[…] Esta música lleva mucha muerte dentro.
El amor lleva dentro mucha música,
mucho mar, mucha muerte.
La muerte es un amor que habla con el silencio.
El amor es una melodía hija del mar y de la muerte:
asciende, gira, enlaza el cuerpo, lo encadena
hasta asfixiarlo despiadadamente.

La nave fantasmal ―pero real― navega
sobre el amor, sobre la muerte
(también sobre el olvido),
y glisa sobre el arpa de las olas,
navega sobre el agua como el laúd sobre la música
(y es que música y mar tienen el mismo origen).
Este mar lleva dentro mucha música,
mucho amor, mucha muerte.
Y también mucha vida. […]

 

Cuplé para Miguel de Molina

[…] Estoy viviendo, o muriendo,
sueños mil veces soñados.
Llueve polen de ceniza
sobre mis hombros ancianos.
¿Qué fue de tanto galán?
¿De qué modo liberarlos
del laberinto de sombras,
de los fúnebres espacios?
Su paso ha dejado surcos
en la arena de mis párpados;
pero ya no puedo verlos:
yerran por dorados ámbitos,
y aquí me dejan, sin alma,
llorando,
a la orilla del East River,
llorando, siempre llorando,
siempre llorando.

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Acerca de José Luis

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7 respuestas a Música y músicos en la poesía de José Hierro (En el centenario de su nacimiento)

  1. Te agradezco muchísimo esta belleza de entrada. También se publicó hace un tiempo, en vida del autor, el libro ‘Música’, donde las recopila todas. Creo que tengo que tenerlo por ahí. Y esta entrada me hace buscarlo hoy mismo. ¡Un abrazo!

    • José Luis dijo:

      De lo que deduzco que debe tener bastante más. Yo encontré unas cuantas en un artículo que hablaba de la musicalidad de su poesía, y a partir de ahí, a poner al señor google a trabajar. Me alegro mucho de que te haya gustado.

      • Sí, sí, tiene alguno más. Pero este funciona perfectamente como un repertorio ilustrado (me ha copiado el enlace para mi disfrute personal :-). No sé si sabrás (¡sí, seguro!) que fue locutor de RNE-Radio Clásica. Era más que un melómano, me da que durante un tiempo la música fue un bello y merecido modo de vida para él. Guardo algunos de sus programas grabados en casete y cuando fui alumno suyo en un curso en Santander (con su amigo el Sr. Chinarro, el actor, de condiscípulo) quise enseñárselos, pero no tuvimos tiempo ni ocasión. A ver si encuentro el libro y te pongo una foto por aquí. Muchas gracias de nuevo, ¡un abrazo!

        • José Luis dijo:

          Pues no, no lo sabía, pero queriendo informarme más me he encontrado con este audio que, si no lo conoces, creo que te va a gustar. Después de escuchar lo que dice del trabajo y del dinero, Hierro me cae aún mejor. Muchas gracias a ti, y un abrazo también.

          • No, este no lo conocía. Una maravilla. Muchas gracias por enlazarlo aquí, José Luis, lo guardo para mi colección de ‘palabras de Hierro’ :-). Era uno de los pocos poetas que he conocido con una personalidad generosa y buena, en el sentido machadiano, o en cualquier sentido. Un gran hombre. ¡Abrazo!

  2. josepoliv dijo:

    La primera vez en mi vida que leí poesía fue de José Hierro. Esta recopilación sobre músicos (y música) es magnífica. Especialmente emocionante la segunda dedicada a Beethoven.

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