6 Sokolov 6

Todos los que asistimos fielmente a sus conciertos lo sabemos. Sabemos de su andar tranquilo hacia el piano. De su escueto saludo agradecido al finalizar sus conciertos. De la débil iluminación del escenario. De su apacible y serio semblante. De esa aureola que acompaña sus movimientos. De su aversión al ruido mediático y a las entrevistas. De que, si Dios no lo remedia, ya jamás lo escucharemos en una obra concertante o de cámara, ni en directo ni en estudio. Y sabemos, porque lo sabemos, que no conoceremos el programa hasta muy pocos días antes del concierto. Sabemos que sus giras son anuales y en ellas interpreta el mismo programa en cada auditorio, programa que varía completamente año a año y que prepara a conciencia en su residencia durante un par de meses. Y todos a una sabemos que nos compraremos la entrada, toque lo que toque. Sabemos que es fiel a los auditorios que le son fieles, y que por tanto, solo hay que abrir la agenda para anotar día y hora con rotulador grueso, en rojo y en mayúsculas. Sabemos de sus ritos. Sabemos de su liturgia. Sabemos que con toda probabilidad quedaremos atrapados por un ambiente musical místico. Pero aún sabemos más. Y lo que sabemos, porque lo sabemos, no consta en el programa de mano.

Los recitales pianísticos suelen tener, en su inmensa mayoría, dos partes con un más o menos breve descanso entre ellas. Es lo que dice el programa de mano. Pero con Sokolov, diga lo que diga el programa, no hay dos, sino tres partes. Y él sabe que sabemos de qué va esa tercera parte. Y es un error pensar que se trata de los habituales bises que ofrecen los concertistas a un público entregado. Un bis es un concepto demasiado trivial, demasiado frívolo, como de muy poca entidad musical cuando Sokolov se dispone a ejecutar obras fuera de programa. Porque esa tercera parte es una suerte de suite pianística formada por seis joyas que Sokolov ofrece a sus fieles. Seis. Sabemos que son y serán seis. Ni una más, ni una menos. Lo sabemos. En uno de sus conciertos nos ofreció, uno tras otro, los seis momentos musicales de Schubert: me pregunto quién osa considerarlos como bises o propinas. En otras ocasiones ejecuta obras de variopinta procedencia y estilos, que pueden ir desde Rameau hasta Rakhmàninov. Muchos que no son de los nuestros, incautos, abandonan la sala a la primera o segunda obra ejecutada. No lo hacen porque les haya disgustado el concierto, ni mucho menos: lo hacen porque creen que ya el maestro se nos ha despedido definitivamente. No advierten que nada en el escenario ni en la sala ha cambiado: ni esa débil iluminación, ni la manera en que Sokolov nos ha saludado al finalizar cada pieza, ni que una parte del público (nosotros, los fieles), estamos en la misma posición expectante que cuando arrancó el concierto. E invariablemente aparece de nuevo decidido y circunspecto, se sienta al piano y ejecuta otra obra de esa suite pianística de seis piezas. Siempre seis. La tercera parte. Todos lo sabemos, y a partir de cada concierto, en cuanto las luces de sala ya resplandezcan, unos cuantos más también lo sabrán.

 

 

 

 

 

 

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2 respuestas a 6 Sokolov 6

  1. José Luis dijo:

    Menuda colección… Uno que yo sé se enteró de que siempre eran seis propinas la segunda vez que escuchaba a este genio de la perfección, porque se le dijo otro que también me sé. Palau de la música, calculo que en 2004 o 2005…

  2. josepoliv dijo:

    Si es que el boca-boca no falla… 🙂

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