Música incidental de Sibelius (1) ®

Aunque la colaboración de Sibelius con el mundo del teatro empezó en 1896 con su única ópera, La virgen de la torre (un sólo acto de poco más de media hora de duración que nunca le satisfizo), al poco de graduarse, en 1888, había compuesto ya con su maestro Martin Wagelius una canción titulada Näcken («Nixe», «La ninfa acuática») para la adaptación escénica de un poema sueco. Y también es anterior, de 1893, la Música de Karelia que escribió para acompañar los «tableaux vivants» de una representación benéfica estudiantil (Música para la Asociación de Estudiantes de Viipuri, es su auténtico título) y de la que, reduciendo sus tres cuartos de hora a uno, extrajo la preciosa suite Karelia.

Sibelius lo consideraba «un viejo pecado», pero no dejó nunca de componer música para acompañar obras teatrales, música que en muchos casos derivaba en suites orquestales. Y si para el aficionado primero fue Finlandia, luego los poemas sinfónicos y finalmente las sinfonías, tampoco hay que olvidar esa música incidental de la que, entre otras cosas, nació una pieza tan  querida como el Vals Triste, además de permitir a Sibelius incursiones en otros mundos y otras sonoridades.

Pero también en ellas Sibelius es Sibelius, y cualquiera que conozca Finlandia o la Primera Sinfonía reconocerá a su autor en el soñador Nocturno  que se escuchó por primera vez en 1898 en el entreacto de la que, sensu stricto, fue la primera obra a la que aportó música incidental,  El rey Christian II, una pieza teatral de carácter histórico escrita por su amigo Adolf Paul a propósito de los amores del monarca escandinavo con una holandesa de origen burgués.

Con las mejores partes de la música para esa obra, Sibelius preparó una suite que mereció su propia aprobación: «La música sonó excelentemente y el tempi parecía ser el correcto. Creo que es la primera vez que he podido lograr que todo saliera bien». Habrá pues que escuchar, si no los siete números de la música incidental completa, al menos los cinco de  la Suite.

Si se exceptúa su aportación de 1899 al grupo nacionalista «Joven Finlandia» con la  Música para las celebraciones de la prensa, que no era para una obra teatral sino, de nuevo, para pinturas vivientes (seis, describiendo la historia de Finlandia, desde la época pagana hasta el Imperio Ruso; la música del último, «Despierta, Finlandia», se convertiría en la famosísima Finlandia), hubo que esperar quince años para su segunda y gran contribución al género, la música para Kuolema, de su cuñado Arvid Järnefelt. En finés, «kuolema» significa muerte, y el drama empieza con la muerte de la madre del protagonista y acaba con la suya propia, pero el Vals triste que baila con ella al final y que conquistó al público en cuanto fue editado y publicado por separado en 1905, es de una tristeza absolutamente deliciosa.

Hubieron revisiones y adiciones posteriores, pero no una suite, de modo que cada director se hace la suya escogiendo entre las seis del original, aunque en ninguna suele faltar la misteriosísima Escena con grullas (que traen un bebé a la pareja), ni otro vals, Vals romántico, ni tampoco el Vals triste, por supuesto.

Hay que citar la Música para una escena de 1904 sobre un poema de Heine («Un abeto, soñado por una palma») para un  nuevo «tableau vivant» benéfico, que tres años después se convertiría en la pequeña joya que es el Intermedio de danza, así como el Cortejo, para la «Procesión de actores en despedida a Kaarlo Berghom», aún otra pintura viviente (y no sería la última). Pero fue el éxito de Kuolema   (de público, no para el bolsillo de Sibelius, que había vendido pronto y mal sus derechos) el que animó a la gente del teatro de Helsinki  a pedirle más material, y enseguida, en 1905, compuso diez piezas, una obertura para cada uno de los cinco actos  y otras cinco más, para Peleas y Melisande, el drama psicológico de Maurice Maeterlinck que ya había inspirado a Fauré y a Ravel y sobre el que volvería años después Schoenberg, ideal para la característica combinación de suavidad y oscuridad de la música de Sibelius, con páginas tan inspiradas y conmovedoras como La muerte de Melisande con que concluye también la suite derivada (apenas unos minutos más breve que la música para la obra teatral)

La última pintura viviente a la que Sibelius puso música fue Pan y Eco, «vistos en una colina, mirando a las ninfas danzando en el valle», pieza que pese a su naturaleza y brevedad, se suele enumerar con sus poemas sinfónicos. Ese mismo año, 1906, fue el turno de El festín de Baltasar, de nuevo para la obra de un amigo, Hjalmar Procopé, basada en el episodio del Libro de Daniel en que la escritura en el aire de una mano misteriosa profetiza enigmáticamente el destino de Babilonia y su rey.  Además de la pertinente suite, Sibelius arregló para voz una canción originalmente escrita para flauta, la Canción de la niña judía, una estremecedora gema anterior a la hebrea Kaddish de Ravel y que titularía Soledad cuando, en 1939, sustituyó el acompañamiento de piano por la orquesta.

Con tamaño botón de muestra, sería un grave error no dedicar un cuarto de hora a la suite y perderse el único y eficaz Sibelius orientalista. La obra madre, sólo cinco minutos más.

Lo mismo puede decirse de la mágica música que, a instancias de la actriz sueca Harriet Bosse, Melisande en su Peleas, compuso Sibelius en 1908 para El cisne blanco de Strindberg,  historia de princesa boicoteada por madrastra mala pero con abuela-cisne protectora. Basta escuchar esta Canción de alabanza final

y no hay más remedio que reservar media hora para escuchar todo lo que la antecede en la correspondiente suite. O en la música incidental, llamada de trompa y trece números, igual duración.

 

® Hace diez años: El Baltasar de Sibelius

 

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Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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