El canto de las sirenas (LXXVIII) – El final de Schumann

El Rin a su paso por Dusseldorf, 1850
Desde el puente que lo cruza se quiso suicidar Schumann en 1854

La tentación le vino a Robert Schumann en su primera grave crisis mental, hacia 1835, a través de la ventana de su habitación, que pareció instigarle a dar un salto en el vacío, o a una salida definitiva hacia la nada. Pero a la tercera fue la vencida, y en esa definitiva crisis, la que sufrió Robert Schumann en 1854, no hubo solo intención y propósito sino determinación, o solución final: Robert Schumann se arrojó al seno del Padre Rin, a ese querido rio que había sido homenajeado en una hermosa sinfonía, la Sinfonía en mi bemol mayor, cuyo segundo movimiento había titulado “Mañana en el Rin»

Pero lo que se reflejaba en las aguas del rio no era, en ese escenario terrible del intento de suicidio, la bella catedral renana de Colonia, ni el cortejo procesional de la erección de su arzobispo al rango cardenalicio (como en el cuarto movimiento de la Sinfonía Renana), sino más bien una epifanía más sombría, aunque quizá más enigmática y romántica: la que supo anticipar en uno de los más hermosos Lieder que compuso, “Conversacion en el bosque”, del ciclo de canciones sobre poemas de Eichendorf Liederkreis von Eichendorfop. 39.

..me conoces bien, desde la alta roca se refleja
silencioso mi castillo en el profundo Rin.
Es ya muy tarde, hace mucho frío,
de este bosque no saldrás nunca jamás

Lo que en el rio se reflejaba era, más bien, la empinada mansión, arriba de la roca más elevada, donde vive su existencia fatídica la fastuosa sirena o señora del lugar, esa bruja hermosa y criminal que odia a los varones, y que se llama Lorelei: el rostro siniestro de su querida muñeca Olimpia, o de esa mujer amada de gran temperamento ético y artístico que fue Clara Wieck, quien, sin embargo, se comporto en sus años de reclusión en el sanatorio mental de Endenich cual malvada bruja inhumana y carente de piedad: solo se dignó visitar a su querido esposo Robert Schumann una única vez cuando ya era demasiado tarde para todo, en los últimos días de su infortunada existencia, poco antes de su muerte.

Robert Schumann se arrojo al Rin, cavando en su lecho doloroso su propia tumba mental, la que se materializo poco después, una vez rescatado por unos barqueros, en el sanatorio de Endenich, verdaderas mazmorras del castillo fatídico de Lorelei. Allí transcurrió su temporada en el infierno durante dos años de incomunicación y abandono, sin apenas visitas, apartado de su mujer y de sus hijos, y con escasa relación con sus mejores amigos, Joseph Joachim, Johannes Brahms, o la inevitable y siempre lucida Bettina Brentano.

Ésta al punto comprendió la tremenda equivocación cometida a través del rápido expediente de curación que quiso cursarse en ese tétrico asilo. Sus revelaciones debieron de llenar de indignación y de celos a esa altiva mujer que era Clara Wieck, quien sin duda erró de modo lamentable en la elección del lugar y del director de esa infame prisión, verdadera mazmorra mental.

Solo in extremis obtuvo el infortunado Robert Schumann vínculo epistolar (y visita póstuma) de su querida mujer, Clara Wieck. A ella fue dedicada la pieza final en la que variaba ese insondable Tema Musical entregado en brazos de los angeles y compuesto por Franz Schubert y Felix Mendelssohn.

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Todo lo que en estas páginas aparece en este color azul, son extractos del libro El canto de las Sirenas de Eugenio Trías; en negro están los ajustes gramaticales, lo resumido y todo lo que proviene de su texto. Y en este verde, lo añadido, comentarios propios y definiciones o explicaciones de terceros, generalmente de la wikipedia.
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Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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3 respuestas a El canto de las sirenas (LXXVIII) – El final de Schumann

  1. josepoliv dijo:

    ¡Preciosa la canción de su «Liederkreis»! Y he vuelto a escuchar la variaciones WoO24. ¡Qué emocionantes son! Por cómo suenan, por lo que significan, por cómo me transportan hasta el sanatorio (ahora museo dedicado a este maravilloso músico) que visité en dos viajes a Bonn. Por otra parte, de absoluta novedad para mí la intervención de Bettina Brentano con el objeto de denunciar el desaguisado clínico que se estaba perpetrando con el torturado Schumann. También novedoso constatar la frialdad de su esposa Clara Wieck para con su marido en tan penosas condiciones. Una sola visita, y cuando ya todo era irreparable, en tres años de reclusión no dicen demasiado de Clara. «Cual bruja inhumana y carente de piedad» la califica (metafóricamente supongo) Trias. La verdad, una sola vez en tres años hace que lo de Trías no parezca que sea demasiado cruel, ni exagerado, y da que pensar. Pero bueno, tampoco quiero ser yo quién propicie un «sálvame de luxe» de cotilleo, porque ni este es el lugar ni esta casa merece rebajar su nivel. Nuestros personajes históricos de referencia, los que valoramos y apreciamos de una manera especial, están sometidos también a fluctuaciones al modo bursátil: hoy Clara Wieck se me ha bajado muchos enteros, exactamente los mismos que ha ganado Bettina Brentano.
    En el post se hace mención del cuarto movimiento de la Renana. Es extraordinario. Yo creo que las bellísimas cuatro sinfonías de Schumann (no me canso de escucharlas!) tienen precisamente su cúspide en el adagio de la segunda y sobre todo en este cuarto movimiento («Feierlich») de su tercera sinfonía, que siempre me recuerda no al cortejo procesional de la elección del arzobispo de Colonia, como cita Trías y cierto es que así lo expresó inicialmente Schumann, sino a la fantástica marcha fúnebre de la tercera de Beethoven. Emocionante post.

    • José Luis dijo:

      Alguna cosa he leído poco favorable para Clara Schumann, muy suya y dura con Schumann pero respecto a esos años, lo que más se dice es que a Brahms le dejaban ir a visitarlo pero a ella no. Razones tendrá Trías para ser tan categórico, pero de momento me quedo en la duda.

      Es cierto,

      pero lo de Beethoven sí que no es de este mundo… contrapunto y fuga, acabas sentado en el suelo

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