Joan Margarit: Autocrítica

“Nuestros políticos, sin saberlo o sabiéndolo, lo que sería más grave, están destrozando nuestras vidas”

“Cuando un político te dice que se ha de tener un rumbo, te está manipulando. Si un político te habla de un rumbo, vigila la cartera y vigila el rumbo”

“Cuando un político utiliza la palabra democracia cuatro veces seguidas quiere decir que eso acabará como el rosario de la aurora”

“Cuando dicen que toda la nobleza del universo está en su política, cuando se destroza el lenguaje de esta forma, cuando destrozas palabras como democracia, ciudadano o ciudadanía, eso tiene consecuencias muy perversas”.

“Me ha espantado siempre un poco lo colectivo, cuando lo colectivo se pone en marcha al unísono una persona se moviliza de una manera que individualmente no se movilizaría”

“No he visto nunca independencia sin muertos”

“Seguimos igual, repitiendo que somos los mejores; esto se ha de acabar, se ha de hacer autocrítica”

Joan Margarit, durante la presentación de “Un hivern Fascinant”. El Periódico, 3/11/2017.
Anuncios
Publicado en Sociedad, Varios | Etiquetado | 9 comentarios

Credulidad culpable

Como se suele decir en estos casos, “las imágenes dieron la vuelta al mundo”. Las de Reuters que en las últimas semanas lo hicieron fueron las de las personas congregadas el pasado 10 de octubre en el paseo de Lluís Companys, ante el parque de la Ciudadela de Barcelona, aguardando, expectantes, la proclamación de la República Catalana Independiente por parte del entonces president de la Generalitat. La oportunidad de dichas imágenes radicaba precisamente en el hecho de que eran dos, tomadas con unos pocos segundos de diferencia (ocho, para ser exactos), lapso de tiempo en el que se materializó la largamente anunciada “decepción de los independentistas de buena fe”. En una de ellas podía verse, en la primera fila de la multitud agolpada, una mujer que, tras escuchar la inicial declaración de independencia por parte de Puigdemont, alzaba los brazos y gritaba entusiasmada, al igual que la amiga que estaba a su lado. En la siguiente foto de la secuencia, la misma mujer parecía preguntarse con su gesto de perplejidad por el motivo de la suspensión de la independencia recién anunciada, mientras que su amiga tenía ya la cabeza gacha, en gesto de abatimiento, mientras juntaba sus manos como si hubiera empezado a rezar con recogimiento.

La verdad es que la expresión entrecomillada (“independentistas de buena fe”) nunca me ha terminado de convencer. En primer lugar, porque sugiere la existencia de un impreciso y opuesto “independentistas de mala fe”, que parece dar a entender que la bondad o maldad del independentismo gravita sobre —y depende de— la buena o mala fe de sus defensores. Pero conviene no precipitarse en considerar poco menos que obvio lo que tal vez diste de serlo, porque, en efecto, ¿acaso alguien utilizaría —al menos con la desenvoltura y profusión con la que se hace en relación con los independentistas— la expresión “liberales de buena fe”, “socialdemócratas de buena fe” o cualquier otra similar? ¿Por qué entonces en el caso que venimos comentando nos parece tan normal?

Quizá porque, por más que se empeñen en negarlo tanto ERC como algunos intelectuales exquisitos que parecen encontrar muy vintage a la CUP, el independentismo es una forma exasperada del nacionalismo y para éste el elemento clave que todo lo justifica es el sentiment. De ahí que, desde su punto de vista, no solo tenga sentido sino que incluso resulte pertinente distinguir entre calidades del mismo, no habiendo nada que objetar ni criticar a quien pueda acreditar que el sentimiento que le embarga es noble. ¿Acaso no es a esto a lo que apela reiteradamente Oriol Junqueras al referirse a los suyos en términos de “bona gent”, como si pertenecer a tan bondadoso grupo (y, por tanto, albergar buenos sentimientos) garantizara sin la menor duda la verdad y el acierto de la propia posición?

Haced cada día todo lo que esté a vuestro alcance para que el bien derrote al mal (*) en las urnas el 21D. En pié, con determinación y hasta la victoria

Pero, ¿efectivamente es así? ¿Nada cabe exigir al ciudadano independentista por el mero hecho de que se acoja a la bondad de sus sentimientos? ¿No tiene sentido reclamarle lo mismo que se le reclama a cualquier otro ciudadano de cualquier ideología, esto es, un mínimo de responsabilidad y de exigencia crítica con sus representantes políticos? Intentemos descender a casos particulares y formular preguntas algo más concretas para ilustrar lo que estamos diciendo: ¿qué pensarían ustedes de ese ciudadano británico que votó a favor del Brexit, persuadido según él por los datos que le había presentado Nigel Farage, en el caso de que declarara, tras conocer la falsedad de los mismos, que mantendría igual el sentido de su voto si se repitiera el referéndum? Cualquier cosa menos que es un antieuropeísta “de buena fe”, engañado por unos políticos tramposos. Lo que en un primer momento hubieran tendido a considerar una credulidad inocente, muy probablemente ahora pasarían a juzgarlo como una credulidad culpable.

Apliquemos este mismo esquema al caso de Cataluña. Tal vez a estas alturas lo que deberíamos plantearnos, más que el escándalo que supone que los medios de comunicación públicos (con la impagable ayuda de algunos privados, regados con generosas subvenciones) se lanzaran, de manera desatada, a la intoxicación, es el hecho de que exista un sector no pequeño de la ciudadanía catalana que recibe complacida y sin el menor atisbo de crítica tales mensajes.

Dicha ciudadanía no parece haber reaccionado ante las mentiras de nuestros Farage locales. Por citar las más recientes: quienes reiteraban que era cosa de la campaña del miedo instigada desde Madrid pensar que la independencia de Cataluña podía provocar la marcha a otras zonas de España de empresas y grandes bancos han quedado rotundamente desautorizados. Igual que han visto desautorizado sin matices su anuncio de que, en el supuesto de que se montara en Cataluña “un gran pollo” (expresión literal de Artur Mas), Europa se vería obligada a intervenir. El paralelismo con lo planteado en el párrafo anterior es claro: si el ciudadano que decía basar en tales tesis su convencimiento independentista no lo somete a revisión al comprobar que aquellas se han visto falsadas, tenemos derecho a preguntarnos si, lejos de haber sido sorprendido en su buena fe, también de él podemos predicar una credulidad culpable o, si lo prefieren, una decidida voluntad de autoengaño.

En su intervención del pasado 10 de octubre en el Parlament de Cataluña a la que empezamos aludiendo, Carles Puigdemont —se diría que poniendo la venda antes de la herida— hizo referencia, con énfasis, a todo aquello que, según él, no son los independentistas. “No somos unos delincuentes, no somos locos, no somos golpistas, no somos abducidos”, fueron sus palabras textuales. Y, a continuación, tras pronunciarlas, llevó a cabo uno de los mayores dislates en sede parlamentaria de los que se tiene memoria (que provocó que el Gobierno central se viera obligado a reclamarle una aclaración hermenéutica), dislate solo comparable a los vaivenes que protagonizó, dos semanas después, anunciando y rechazando elecciones autonómicas anticipadas con pocas horas de diferencia.

Tal vez sea cierto que los independentistas en general y el ya expresident de la Generalitat en particular no merezcan los adjetivos que este último rechazaba en su intervención parlamentaria. Pero, en todo caso, tanto los primeros como el segundo se harán acreedores (o no) de una determinada caracterización no en función de sus declaraciones sino de sus actos. A fin de cuentas, el modo en el que cada cual gusta de caracterizarse a sí mismo tiene un valor francamente relativo. ¿O es que alguno de los fanáticos que ustedes puedan conocer admite que lo es? Los que yo encuentro a mi alrededor más bien presumen, incluso ostentosamente, de su lucidez. Quizá la clave del asunto radique en que lo que define al fanatismo no es el completo abandono de la razón, como con demasiada frecuencia se tiende a creer, sino un uso perverso y torcido de la misma.

Manuel Cruz. El Pais, 1/11/2017

(*)

Publicado en Sociedad | Etiquetado | Deja un comentario

Pimlic

El 19 de enero de  1943, en plena guerra mundial, la maternidad del Hospital Civic de Ottawa fue declarada territorio de los Paises Bajos para que Margarita, tercera hija de Bernardo y Juliana de Holanda, que nacía ese día ahí, al otro lado del Atlántico, no quedase excluida por ello de la línea sucesoria. Con este curioso episodio en mente, el británico T. E. B. Clarke escribió el guión de Pasaporte a Pimlico (1949).

Dirigida por Henry Cornelius y dedicada “a la memoria de los años del hambre”, esta humorística película cuenta cómo la explosión accidental de una bomba de la recién acabada  guerra pone al descubierto un tesoro y unos documentos que, según la entusiasta historiadora que los analiza, afirman que el pequeño barrio de Pimlico en que se han hallado no pertenece a Inglaterra sino al antiguo Condado de Borgoña. “Esto no es historia, es dinero” había vaticinado ya una vecina ante el descubrimiento. Y tras la alegría identitaria, es el director de una sucursal bancaria  quien primero se aprovecha de modo práctico de las circunstancias, negándose a acatar su despido. Le siguen los comerciantes, que pueden vender sin las restricciones de los racionamientos, los bares, sin limitaciones horarias ni de decibelios, los policías, que ya pueden beber en horas de servicio. Se rompen carnets de identidad, aparece un servicial Duque de Borgoña y los borgoñeses de Pimlico se lanzan a pedir el pasaporte a los viajeros del metro que atraviesa su territorio.  En represalia,  cierre de fronteras. Y guerra de altavoces:

En tanto, los medios de comunicación han seguido puntualmente el caso, y la historia ha llegado a las pantallas:

El caso divide a Inglaterra, y la opinión pública se solidariza con los asediados, sobre los que llueven literalmente  bocadillos y paquetes de comida. Helicópteros nodriza, también literales, cerdos en paracaídas, mensajes de ánimo escritos en el cielo… Al final la solución es financiera: Pimplico presta su invendible tesoro a Inglaterra con la condición de que los intereses se inviertan en el barrio. El duque de Borgoña se conforma con una botella de Borgoña, comida de hermandad con la inauguración de la piscina soñada por el tendero / ex primer ministro en el solar en que explotó la bomba y “¡Volvemos a Inglaterra!”. Empieza a llover, un deportista puede volver a correr por donde solía, desciende la temperatura que abrasaba el pais, y fin.

Puede que el resumen no haya logrado interesar lo suficiente como para hacerse con la película (que, hoy por hoy, puede obtenerse aquí) pero sería imperdonable perderse su más gloriosa escena:

“No le des más vueltas, Jim: Siempre hemos sido ingleses, y siempre seremos ingleses. Y precisamente porque somos ingleses, reclamamos nuestro derecho a ser borgoñones!”

Publicado en Cine, Sociedad | 10 comentarios

Tres verbos y un calificativo

Tergiversar: Dar una interpretación forzada o errónea a palabras o acontecimientos.

Mentir: Decir lo contrario de lo que se sabe, se piensa o se siente.

Calumniar: Acusar falsamente y de modo malicioso para causar daño.

Hijo de puta: Mala persona.

Ni el bolsillo vacio, ni el corazón partido: Lo más duro y nauseabundo de estos días es constatar la bajeza a que se puede llegar, incluso sin que el hambre sirva de excusa. Y lo más triste, que en todas partes cuecen habas. Véase, si se tiene estómago.

Publicado en Sociedad | 2 comentarios

Otoño 2017

…y ayer veia las hojas de los árboles, rojas y amarillas en el otoño, mezclándose entre ellas dibujando los colores de la bandera española y la bandera catalana. Sí: el bosque del otoño tenía los mismos colores que veo aquí, el rojo y el gualda, el vermell i el groc, mesclats, junts, representant la unitat d’Espanya i de Catalunya.

…no podéis saber lo bonita que es la música que hacen las hojas muertas, cuando las chafas y el suelo se convierte en una alfombra de oro. Es la música de la paz, es la música de la tranquilidad que nos han quitado, es la música de la hermandad, es la música que debe guiar el espíritu de la gente de buena voluntad. 

Josep Borrell, 29/10/17

 

Publicado en Sociedad | 14 comentarios

Y en el próximo capítulo…

“En la tarde de ayer caminaban tranquilamente por la Gran Vía de Madrid unos doscientos obreros cuando vieron venir en dirección contraria a un sacerdote. Ante tal provocación…”

Luis Buñuel, Mi último suspiro. Citado por Julio Llamazares en Objetividad, El Pais, 27/10/17

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

Miseria

Uno de mis saludados independentistas celebra en su blog la proclamación de la independencia de Cataluña con esta expresiva viñeta. Coincidimos en la edad y en el número de apellidos castellanos, y me pregunto qué agravios habrá recibido él y no yo como para generar, no ya el desprecio y el sentimiento de superioridad tan corriente entre los nacionalistas, sino el odio que confirma su elección, especialmente miserable en el triunfo. Y me pregunto también cuanta frustración personal ha proyectado y se esconde en su odio y cuantos serán los que sentirán ese mismo odio y compartirán ese mismo mecanismo. Ninguno de mis amigos, desde luego.

Luego, en un comentario, explica que ha llorado de forma incontrolable en el momento de la proclamación. Es fácil percibir este tipo de lágrimas como prueba de la autenticidad y bondad de los propios sentimientos.  Es muy fácil engañarse. Y muy tonto.

Me alegro de la alegría de mis amigos, de los que hoy se apenarán de mi tristeza.

Publicado en Sociedad, Varios | 7 comentarios

Miedo

Conocidos y saludados tendré muchos, pero amigos independentistas no creo tener más de tres o cuatro y medio, y por más que nos hayamos podido extrañar, decepcionar o hasta herir con nuestras respectivas opiniones, no creo que vayamos a dejar de serlo; el afecto va por otro lado. Sin embargo, desde que inicié este paréntesis, he recibido  aquí y fuera de aquí algunas respuestas airadas y algunos silencios acusadores relativamente inesperados por parte de conocidos y saludados, porque sigo siendo el mismo tonto perdonado de siempre, pero parece que en este asunto mis opiniones son intolerables. Y me temo que ya me ha caído la etiqueta. Que hi farem. La verdad es que tampoco me extraña demasiado: en algún caso viene a confirmar la percepción que, por su pura subjetividad, quería ignorar. Pero no deja de sorprenderme ni la sumisión de tantos pretendidos heterodoxos ni la omnipresencia del miedo, el miedo a la verdad inconveniente. Naturalmente, hoy palpitan otros miedos, algunos muy prosaicos. Pero ninguno tan triste como ese miedo a la verdad, la verdad que nos deja solos con nuestra confusión, sin creencias ni sucedáneos ni tribus en que cobijarnos.

Publicado en Sociedad | 8 comentarios

“Agitar miedos identitarios funciona”

P. Defiende usted que debemos dejar de hablar de identidad cultural para hablar de recursos culturales.

R. Los recursos culturales no son valores. Los valores tienden a excluirse los unos a los otros, y se predican; los recursos, no. Unos recursos se suman a otros, alumbran a otros, no se excluyen, no son raíces. ¿Defender la cultura qué es? Es activar esos recursos.

P. ¿Considera que es necesario activar los recursos culturales franceses?

R. Sí, por supuesto. Hay que activar un terreno común. No es un común de esencias ni de pertenencias, es un común de recursos compartidos. Y el primer recurso cultural, político, social es la lengua. Por tanto, mi primera exigencia es activar la enseñanza del francés. Para ello hay que preocuparse de que todos los niños que nazcan en Francia aprendan bien el idioma.

P. ¿Eso no ocurre hoy en Francia?

R. Evidentemente que no. No hay más que ir a la banlieue. Hay ambientes islámicos donde los padres incluso impiden a sus hijos hablar francés en casa. Hay que decirlo. Para mí, si una familia impide a los niños hablar en casa el francés que aprenden en el colegio, debe ser excluida.

P. No es una idea políticamente correcta…

R. Me da igual. La lengua es un recurso. Yo defendería tanto el bretón como el francés si Proust hubiera escrito en bretón. Los recursos del francés están más desplegados que los del bretón. Y defiendo de igual manera la enseñanza del castellano, del italiano o del alemán. No es una idea chovinista.

P. En los colegios de Cataluña se aprende español y catalán. Pero hay gente que se queja de que se margina el castellano en la enseñanza y en algunos hogares.

R. Se puede aprender el provenzal y el francés. No conozco la situación de España, pero creo que los recursos culturales catalanes existen. ¿Qué lugar hay que darles en la enseñanza? No me puedo pronunciar. Pero me alegro de que en Francia se haya despertado la cultura bretona o provenzal; son recursos que se suman, que no excluyen.

P. Y sin embargo, a menudo, la lengua se utiliza para excluir…

R. Sí, porque se piensa en términos de valores o de pertenencia en vez de recursos, que no pertenecen a nadie, que están ahí, disponibles para todos. Si propongo sustituir identidad y pertenencia por recursos y fecundidad es porque ese desplazamiento es fundamental para salir de este impasse político y social, para encontrar modos de viabilidad histórica inteligentes.

P. ¿Cómo asiste usted, desde la distancia, al conflicto que hay en España con Cataluña?

R. No tengo una mirada clara. Solo me hago una pregunta. Me aventuro a hacerla, a modo de hipótesis: España pasó la página del franquismo, lo comprendo; pero en la historia nunca se pasa página. La pregunta es: ¿qué hay de reprimido en ese conflicto? El psicoanálisis político también existe; sirve para evitar entrar en una espiral de compensaciones y sustituciones que nunca acaba y que trocea lo político, de modo que la política acaba en mercadeo.

P. Las últimas elecciones presidenciales francesas estuvieron marcadas por el tema de la identidad y usted dijo que había que huir de falsos debates.

R. No solo eran debates falsos, eran oscurantistas, de mercadeo político. Es fácil jugar la carta de la identidad. Con una Francia en una cierta retirada histórica, agitar los miedos identitarios funciona. El miedo es útil en política, es demagógico pero funciona, sobre todo cuando hay elecciones.

(…)

P. En una entrevista en Libération dijo usted que está consternado porque el personal político ya no lee.

R. leen informes, noticias, no cogen un libro; y utilizan un lenguaje que, de pobre, se vuelve demagógico. El discurso político se ha empobrecido mucho porque los políticos ya no leen.

P. No se crea que eso es patrimonio de los franceses, si viera usted a la clase política española…

R. Y a la italiana. La demagogia camina de la mano de la caída del nivel del lenguaje. Si se habla un castellano activo, rico, no se puede ser demagogo. E iría incluso más lejos. Pensando en la amenaza terrorista, si los niños hubieran aprendido bien francés, a través de los autores, del pensamiento francés, no se producirían los actos de terrorismo a los que asistimos.

P. ¿Usted cree?

R. Claro. La cultura no es la guinda del pastel. Creo que ese es el gran error de Marx, que dijo cosas esenciales, pero se equivocó cuando dijo que la estructura es la economía y que lo cultural es una superestructura; no, no es cierto, la cultura está en la base. Si uno estudia a Descartes, Pascal, Hugo, Baudelaire, hay cosas que ya no hará porque ni siquiera las pensará. La tolerancia está en la lengua. Y el sectarismo también se refleja en ella. La lengua es aquello a través de lo cual se articula el pensamiento; no es neutra. Pensar es explotar los recursos de la lengua.

(…)

P. ¿Cómo explica usted la crisis de la izquierda en Europa?

R. Creo que la izquierda europea debe mutar. Todavía se agarra al mito de la revolución. Y la revolución es imposible hoy día, no tiene ningún sentido. Debe pensar en las transformaciones silenciosas, lo importante es cambiar las cosas, de modo efectivo. La izquierda no se ha vuelto pragmática, se ha vuelto cínica: habla de igualdad y por debajo hace todo lo contrario. Ha tenido tantos casos de corrupción como la derecha en Francia, y pagará cara su inmoralidad política cubierta de igualdad ficticia. Me cuesta hablar de su país, pero me parece que a la izquierda española le pasa lo mismo. Y a la italiana.

Entrevista de Joseba Ebola al filósofo François Jullien en El Pais, 21/10/2017.

Publicado en Sociedad | Etiquetado | 15 comentarios

Estado de excepción

Los pasados días 6 y 7 de septiembre, cuando seguía atónito las sesiones del Parlamento de Cataluña en la que se trató de legitimar una nueva e improvisada legalidad, recordé una reflexión de Elias Canetti en sus Apuntes, escrita en Londres y en 1942, cuando Reino Unido resistía a solas el imparable avance de Hitler en toda Europa: “Siempre que los ingleses atraviesan un mal momento, me embarga un sentimiento de admiración por su Parlamento. Éste es como un alma reluciente y sonora, un modelo representativo en el que, ante los ojos de todos, se desarrolla aquello que de otro modo permanecería secreto”. La admiración de Canetti por la indesmayable pervivencia de la vida parlamentaria británica, aun en uno de los periodos más oscuros de su historia, era el sentimiento opuesto a la vergüenza y la humillación que yo sentía en aquellos momentos como ciudadano de Barcelona, viendo cómo se violaban en directo mis derechos de representación en un acto dirigido por una presidente —tan ente es la mujer como el hombre— con vocación totalitaria y en connivencia con una mayoría absolutista.

Esos dos días en el Parlamento fueron el huevo de la serpiente de lo que estamos viviendo en Cataluña desde entonces y que no sabemos cómo puede acabar, si es que algún día acaba. Ahí se escenificó la batalla que se está librando —no solo en Cataluña sino en toda Europa— entre la democracia representativa y una supuesta democracia plebiscitaria de la que no sabemos nada, salvo que quiere instaurar una república de gente buena. La abstracción del pueblo —el Volksgeist— se ha puesto por encima del poder legislativo y del poder judicial, con un Ejecutivo que actúa como oráculo visionario de la voluntad demótica. A la espera de saber cómo se van a aplicar exactamente las medidas que Rajoy, al amparo del artículo 155 de la Constitución, ha elevado ya al Senado para restaurar el orden constitucional, los ciudadanos de Cataluña estamos viviendo un verdadero estado de excepción, zarandeados entre una paralegalidad promulgada y suspendida, pero amenazante, y otra vigente y constitucional que está aún en trámite. Recordemos que, inmediatamente después de llegar al poder, Hitler proclamó, el 28 de febrero de 1933, el Decreto para la protección del pueblo y del Estado que suspendía la Constitución de Weimar, un decreto que nunca fue revocado y que rigió en Alemania el estado de excepción durante 12 años.

Esa excepcionalidad se ha trasladado ahora a la calle, donde las voces del Parlamento han sido sustituidas por el clamor unánime de una “masa de acoso” —la expresión es, otra vez, de Canetti—, dirigida y espoleada por la ANC y Òmnium Cultural, las dos asociaciones que están tratando de escenificar la farsa de un “pueblo oprimido” contra un “Estado represor”. La operación es de una perversión moral absoluta. Una oligarquía política que lleva gobernando Cataluña desde hace 40 años se disfraza, con la ayuda teatral de la CUP, de pueblo asfixiado y, armada con un fenomenal aparato propagandístico que cuenta con la televisión, la radio y la escuela públicas, pretende poner en jaque al Estado de derecho. Los juristas nazis hablaban sin ambages de un gewollte Ausnahmezustand, un estado de excepción deliberado, con el fin de instaurar el Estado nacionalsocialista. Giorgio Agamben, el filósofo que con mayor ambición y rigor ha estudiado el fenómeno del estado de excepción como una de las prácticas de los Estados contemporáneos —la “abolición provisional de la distinción entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial”— ha dicho que el estado de excepción se presenta “como un umbral de indeterminación entre democracia y absolutismo”, exactamente lo que está instaurando Puigdemont en nombre de la democracia, la libertad y los derechos humanos.

En Cataluña, el nacionalismo se mantuvo durante muchos años en un ámbito aparentemente simbólico, pero en realidad se iba haciendo carne por debajo del folclore. Y eso se ha visto estos días, de una manera trágica, en las escuelas. Un amigo me contaba desolado que el director del colegio de sus hijos había recibido la propuesta de sacar a los niños —escolares de nueve años— con las manos pintadas de blanco a protestar contra las cargas policiales del 1 de octubre. Me llamaba hace poco para lamentarse de que en el colegio de sus sobrinos se hubiera obligado a los alumnos a guardar cinco minutos de silencio por la legítima encarcelación de los señores Sànchez y Cuixart. Se trata de la imperdonable destrucción de la escuela como estatuto intermediario, como pedía Hannah Arendt, entre la vida familiar y la vida pública, la pausa de educación y pensamiento que precede a todo ejercicio responsable de la libertad.

Barcelona es en estos días una ciudad deprimida, políticamente desahuciada, con brotes de odio como nunca habíamos conocido. Por ello es más lamentable si cabe la ingenuidad de algunos políticos como Ada Colau o Pablo Iglesias, presuntos renovadores de la izquierda, que no han dudado en dar su apoyo a una propuesta totalitaria que amenaza con destruir nuestra vida social y nuestro orden político. No les ha bastado con defender, sin la más mínima reflexión seria al respecto, el referéndum como solución mágica a nuestros problemas, ignorando que el plebiscito nunca puede resolver problemas ab ovo y que, tal y como se expone en nuestros días, no es más que la adaptación política de los likes de Facebook, una manera pueril de simplificar brutalmente la enorme complejidad que encierran los sistemas políticos democráticos.

En contra de lo que suele decirse, es mucho más frágil la libertad de pensamiento que la libertad de expresión, incluso en una democracia. Según cuenta en sus memorias, el editor Manuel Aguilar, encarcelado en Vallecas en otoño de 1936, se hacía la siguiente reflexión: “¿Dónde estaban el orden y la ley que debían garantizar la vida y la actividad de los ciudadanos? Al hacerme esta pregunta medí lo que habíamos perdido, de pronto, los españoles”. ¿Son conscientes los secesionistas y sus amigos de la nueva izquierda de todo lo que podemos perder? ¿Se han parado a pensar los independentistas a qué mundo están enviando a esos niños a los que obligan a manifestarse cuando ni siquiera han alcanzado la edad de conciencia? ¿Qué están, en realidad, defendiendo? Quizá es que, como dice un personaje de Faulkner, “cuando se tiene una buena dosis de odio, no hace falta la esperanza”.

Siempre recordaré, con emoción y agradecimiento, el coraje que mostraron los políticos de la oposición, sobre todo Inés Arrimadas, Miquel Iceta y Joan Coscubiela, los días 6 y 7 de septiembre. En su trabajo, a pesar del secuestro del Parlamento decretado desde entonces por la mayoría, sigue estando mi representación y mi esperanza. Ojalá que, después de las próximas elecciones, el Parlamento de Cataluña refleje de verdad la complejidad y la pluralidad de la sociedad catalana. A los señores Mas, Puigdemont, Junqueras y Turull, solo les deseo que, al final de este proceso, la vergüenza les sobreviva.

Andreu Jaume es editor y crítico literario.

El Pais, 22/10/2017

Publicado en Sociedad | Etiquetado | 13 comentarios

Decálogo

Mentira = Posverdad

Voto = Democracia

Ley = Represión

Violencia = Injusticia y odio

Pasividad = Paz y amor

Escrache = Depende

Buenos (y listos) = Nosotros

Malos (y tontos) = Los otros

Conveniente = Verdadero

Legalidad = Golpismo, fascismo, franquismo, totalitarismo…

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

(Inde)pendencia

Imagen | Publicado el por | 2 comentarios

(Inde)pendientes

Imagen | Publicado el por | Deja un comentario

Sintaxis

Con todos mis respetos para Gila, el requerimiento formal del presidente Rajoy al president catalán Puigdemont de que le aclare si declaró la independencia de Cataluña o no para saber cómo debe actuar me recordó los gags del genial humorista del teléfono y la boina en los que hablaba con el enemigo para saber si éste iba a atacar y a qué hora, a fin de estar preparado para defenderse. ¿O qué otra cosa le está diciendo Rajoy al honorable president al requerirle que le especifique si le ha atacado o no para, en el caso de que sea que sí, darse por ofendido y enviar a la Guardia Civil a detenerlo junto con todos sus colaboradores?

Cabe pensar que la ambigüedad con la que Puigdemont y éstos redactaron su discurso de declaración o no de la independencia, que quedó de inmediato suspendida o no en función de si se declaró o no fuera premeditada y no producto de su torpeza verbal y lingüística, en cuyo caso Mariano Rajoy estaría exculpado, pues ni siquiera al autor de frases tan deslumbrantes como la de que “Es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde” o “La cerámica de Talavera no es cosa menor, lo que quiere decir que es cosa mayor”, se le puede exigir que interprete la de una persona que además habla en catalán: “Asumo el mandato del pueblo de que Cataluña se convierta en un Estado independiente en forma de república”. A un presidente español se le ha de exigir que responda como se debe a las ofensas a su país, pero no que analice sintácticamente una frase que ni los más avezados lingüistas podrían descifrar correctamente. Y si el presidente de España no es capaz de comprender el sentido último de la solemne frase de Puigdemont, normal es que considere que quizá se precipita al darse por ofendido y poner en aplicación el artículo 155 de la Constitución Española, que, por cierto, tampoco es tan transparente, pues llevan días y semanas prestigiosos juristas tratando de descifrarlo sin conseguir ponerse de acuerdo.

Así las cosas, creo llegado el momento de que los humoristas y los lingüistas releven a los políticos en la solución de un problema que, por si estaba poco enconado, ha entrado en el terreno de la interpretación sintáctica y morfológica, que es tanto como decir de la parapsicología. Que se lo pregunten, si no, a los estudiantes que cada año tienen que comentar un texto en la selectividad y rezan porque no les toque uno de ningún político. Preferible un chiste de Gila, que por lo menos es más divertido: “¿Está el enemigo?… Que se ponga”.

Julio Llamazares, El Pais, 14/10/2017

Publicado en Sociedad | 3 comentarios