Estado de excepción

Los pasados días 6 y 7 de septiembre, cuando seguía atónito las sesiones del Parlamento de Cataluña en la que se trató de legitimar una nueva e improvisada legalidad, recordé una reflexión de Elias Canetti en sus Apuntes, escrita en Londres y en 1942, cuando Reino Unido resistía a solas el imparable avance de Hitler en toda Europa: “Siempre que los ingleses atraviesan un mal momento, me embarga un sentimiento de admiración por su Parlamento. Éste es como un alma reluciente y sonora, un modelo representativo en el que, ante los ojos de todos, se desarrolla aquello que de otro modo permanecería secreto”. La admiración de Canetti por la indesmayable pervivencia de la vida parlamentaria británica, aun en uno de los periodos más oscuros de su historia, era el sentimiento opuesto a la vergüenza y la humillación que yo sentía en aquellos momentos como ciudadano de Barcelona, viendo cómo se violaban en directo mis derechos de representación en un acto dirigido por una presidente —tan ente es la mujer como el hombre— con vocación totalitaria y en connivencia con una mayoría absolutista.

Esos dos días en el Parlamento fueron el huevo de la serpiente de lo que estamos viviendo en Cataluña desde entonces y que no sabemos cómo puede acabar, si es que algún día acaba. Ahí se escenificó la batalla que se está librando —no solo en Cataluña sino en toda Europa— entre la democracia representativa y una supuesta democracia plebiscitaria de la que no sabemos nada, salvo que quiere instaurar una república de gente buena. La abstracción del pueblo —el Volksgeist— se ha puesto por encima del poder legislativo y del poder judicial, con un Ejecutivo que actúa como oráculo visionario de la voluntad demótica. A la espera de saber cómo se van a aplicar exactamente las medidas que Rajoy, al amparo del artículo 155 de la Constitución, ha elevado ya al Senado para restaurar el orden constitucional, los ciudadanos de Cataluña estamos viviendo un verdadero estado de excepción, zarandeados entre una paralegalidad promulgada y suspendida, pero amenazante, y otra vigente y constitucional que está aún en trámite. Recordemos que, inmediatamente después de llegar al poder, Hitler proclamó, el 28 de febrero de 1933, el Decreto para la protección del pueblo y del Estado que suspendía la Constitución de Weimar, un decreto que nunca fue revocado y que rigió en Alemania el estado de excepción durante 12 años.

Esa excepcionalidad se ha trasladado ahora a la calle, donde las voces del Parlamento han sido sustituidas por el clamor unánime de una “masa de acoso” —la expresión es, otra vez, de Canetti—, dirigida y espoleada por la ANC y Òmnium Cultural, las dos asociaciones que están tratando de escenificar la farsa de un “pueblo oprimido” contra un “Estado represor”. La operación es de una perversión moral absoluta. Una oligarquía política que lleva gobernando Cataluña desde hace 40 años se disfraza, con la ayuda teatral de la CUP, de pueblo asfixiado y, armada con un fenomenal aparato propagandístico que cuenta con la televisión, la radio y la escuela públicas, pretende poner en jaque al Estado de derecho. Los juristas nazis hablaban sin ambages de un gewollte Ausnahmezustand, un estado de excepción deliberado, con el fin de instaurar el Estado nacionalsocialista. Giorgio Agamben, el filósofo que con mayor ambición y rigor ha estudiado el fenómeno del estado de excepción como una de las prácticas de los Estados contemporáneos —la “abolición provisional de la distinción entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial”— ha dicho que el estado de excepción se presenta “como un umbral de indeterminación entre democracia y absolutismo”, exactamente lo que está instaurando Puigdemont en nombre de la democracia, la libertad y los derechos humanos.

En Cataluña, el nacionalismo se mantuvo durante muchos años en un ámbito aparentemente simbólico, pero en realidad se iba haciendo carne por debajo del folclore. Y eso se ha visto estos días, de una manera trágica, en las escuelas. Un amigo me contaba desolado que el director del colegio de sus hijos había recibido la propuesta de sacar a los niños —escolares de nueve años— con las manos pintadas de blanco a protestar contra las cargas policiales del 1 de octubre. Me llamaba hace poco para lamentarse de que en el colegio de sus sobrinos se hubiera obligado a los alumnos a guardar cinco minutos de silencio por la legítima encarcelación de los señores Sànchez y Cuixart. Se trata de la imperdonable destrucción de la escuela como estatuto intermediario, como pedía Hannah Arendt, entre la vida familiar y la vida pública, la pausa de educación y pensamiento que precede a todo ejercicio responsable de la libertad.

Barcelona es en estos días una ciudad deprimida, políticamente desahuciada, con brotes de odio como nunca habíamos conocido. Por ello es más lamentable si cabe la ingenuidad de algunos políticos como Ada Colau o Pablo Iglesias, presuntos renovadores de la izquierda, que no han dudado en dar su apoyo a una propuesta totalitaria que amenaza con destruir nuestra vida social y nuestro orden político. No les ha bastado con defender, sin la más mínima reflexión seria al respecto, el referéndum como solución mágica a nuestros problemas, ignorando que el plebiscito nunca puede resolver problemas ab ovo y que, tal y como se expone en nuestros días, no es más que la adaptación política de los likes de Facebook, una manera pueril de simplificar brutalmente la enorme complejidad que encierran los sistemas políticos democráticos.

En contra de lo que suele decirse, es mucho más frágil la libertad de pensamiento que la libertad de expresión, incluso en una democracia. Según cuenta en sus memorias, el editor Manuel Aguilar, encarcelado en Vallecas en otoño de 1936, se hacía la siguiente reflexión: “¿Dónde estaban el orden y la ley que debían garantizar la vida y la actividad de los ciudadanos? Al hacerme esta pregunta medí lo que habíamos perdido, de pronto, los españoles”. ¿Son conscientes los secesionistas y sus amigos de la nueva izquierda de todo lo que podemos perder? ¿Se han parado a pensar los independentistas a qué mundo están enviando a esos niños a los que obligan a manifestarse cuando ni siquiera han alcanzado la edad de conciencia? ¿Qué están, en realidad, defendiendo? Quizá es que, como dice un personaje de Faulkner, “cuando se tiene una buena dosis de odio, no hace falta la esperanza”.

Siempre recordaré, con emoción y agradecimiento, el coraje que mostraron los políticos de la oposición, sobre todo Inés Arrimadas, Miquel Iceta y Joan Coscubiela, los días 6 y 7 de septiembre. En su trabajo, a pesar del secuestro del Parlamento decretado desde entonces por la mayoría, sigue estando mi representación y mi esperanza. Ojalá que, después de las próximas elecciones, el Parlamento de Cataluña refleje de verdad la complejidad y la pluralidad de la sociedad catalana. A los señores Mas, Puigdemont, Junqueras y Turull, solo les deseo que, al final de este proceso, la vergüenza les sobreviva.

Andreu Jaume es editor y crítico literario.

El Pais, 22/10/2017

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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13 respuestas a Estado de excepción

  1. Jose maria peris vellve dijo:

    Hola Jose luis, no quiero hacer ningun comentario sobre el articulo, pero me parece increible o asombroso que lo hyas puesto.Salut.

    • José Luis dijo:

      Lo cual demuestra que pasa algo raro. Yo me identifico por cien con este magnífico escrito que a ti debe resultarte repugnante. No es normal, porque ni tu ni yo somos mala gente, o yo no del todo, quiero creer. Habrá que hablarlo delante de un café, pero, de momento, y al margen de las razones de cada cual… ¿Vale la pena, hoy y aquí, todo esto?

  2. Jesús dijo:

    Ánimo. Tienes una excepcional lucidez para analizar lo que pasa. Tiempos dificiles para la lírica. Ahora es la turba vociferante la que domina. Esperemos que se vayan desenmascarando sus falacias y vuelva todo a la normalidad, aunque parece difícil. Actualmente vivimos en zonas donde predomina el respeto a las leyes democráticas y aunque acechan los totalitarismos no creo que vuelvan a adueñarse del mundo como a principios del pasado siglo. Pero hay que estar alerta. Un saludo afectuoso.

    • José Luis dijo:

      Y tan alerta. Ya sabemos a donde lleva el descrédito de la democracia. Si se estuviera pasando hambre, ya la teníamos liada de verdad.

      Gracias por el afecto. La «excepcional lucidez» esta vez no ha sido ni para detectar el artículo, porque me ha llegado en un correo.

  3. Antonio dijo:

    Está es la segunda vez que me dirijo a tí, y pensaba hacerlo para disculparme por el apelativo de carca que te dedique la primera vez, pero vista esta entrada, me niego a disculparme. Que en el artículo,y tu por extensión, coloques en igualdad, a personas tan respetables como Iceta y Coscubiela, con miserables como arrimadas, demuestra que en estas cuestiones, y perdón por la expresión, sencilla y llanamente, no tienes ni puta idea. Dedicate a escuchar música, sencillamente no estás en disposición de hablar de otra cosa, si acaso de futbol.

  4. Jose Marbae dijo:

    No sé quién es el tal Antonio ese ni quiero saberlo, sólo es evidente que es alguien a quien le estaría bien merecido las consecuencias de lo que está defendiendo, porque a buen seguro que una secesión y ruptura ilegal no reportaría bien a nadie, por más que quieran ampararse esos desgraciados en supuestas libertades democráticas. Dos años antes del estallido de la guerra civil española, que tanto mal hizo, los democráticos catalanes ya habían dado demenciales pasos hacia lo que ahora pretenden. Menos mal que estamos en pleno siglo XXI, y que las instituciones globales ayudan a mantener cierta cohesión por débil que sea, y que hoy es mucho más difícil que hace casi un siglo, al menos en el primer mundo, que se den circunstancias como las que desembocaron en la guerra civil, porque es lo que esos indeseables demócratas están deseando en el fondo: conflicto, tensión, disputa, descontrol, caos y mal a una nación entera de la que, por más que les pese, son partícipes. Ojalá se pudiera fraccionar su territorio y enviarlo al medio del mar, separaditos de todos y cociéndose ellos solitos en su identidad…, a ver cuánto tardarían en empezar a secesionarse de ellos mismo y a dividirse en otras naciones independientes «democráticamente elegidas»

    • José Luis dijo:

      Si en lo de indeseables democratas hubieses puesto entre comillas lo de demócratas y te hubieses evitado algun calificativo con el que te igualas a algunos de «ellos» podría estar más de acuerdo. Por ejemplo, en que aquí hay mucha mala uva. Pero los pueblos no son tan distintos, catalanes, castellanos o alemanes del nazismo. Abona el terreno convenientemente y verás lo que sale. Esto es es, quizás más que ninguna otra cosa, responsabilidad de los que, por mantenerse en el poder, han estado y están dispuestos a cualquier cosa. Y, desde luego, no todos somos iguales, ni sembramos lo mismo. Tampoco los políticos.

    • Antonio dijo:

      Lamento iniciar aquí, donde es mucho mejor hablar de música, una «discusión política», y lamento mi lenguaje a veces tan directo. Pero es que hay cosas… Quiero decir que no soy independentista, ojala Cataluña no se independentice, no sería mi deseo; tampoco soy catalan, soy de lo que antes era Castilla la vieja, pero si me considero demócrata, y respetaría, como no puede ser de otra forma, que los catalanes decidieran irse, como acepte que los ingleses se fueran de Europa, pero de ahí, a criticar la opción independentista, defendiento las aptitudes de un gobierno corrupto hasta las trancas, que en el colmo de la desfachatez achaca a otros de ilegalidades; de un partido como ciudadanos, que no ha dudado en presentarse a elecciones en coalición con grupos fascistas, de criticar el nacionalismo catalán en contraposición del de una españa que se niega a borrar de una vez toda huella del franquismo…

      • José Luis dijo:

        Entiendo y ya conozco tu posición. Creo que podrás convenir en que, desde la llegada de la democracia, todos los partidos políticos que han alcanzado el poder se han financiado con mordidas que han alimentado también los bolsillos de los recaudadores. Todos. Y que es un arma de la lucha política, a veces muy hipócrita. Y que es un asunto que está mejorando y que mejoraría más si todos se quitasen las caretas en vez de meterse alternativamente el dedo en el ojo. Pero, en cualquier caso, ¿Está realmente un gobierno así corrupto inhabilitado para hacer que se cumpla la legalidad? ¿El castigo para sus votantes va a ser, no solo lo que han robado sino que les dejen desamparados? Y, por otro lado, ¿está en cambio el gobierno secesionista tan limpio como para, no ya pedir que se mantenga la ley sino imponer una nueva? De otra forma: Si el gobierno español no fuese de un partido corrupto y hubiese borrado las últimas huellas del franquismo, ¿podría hacer lo que está haciendo?

        Es auténticamente trágico que la denuncia y el rechazo a un problema pueda generar otro mayor, o que la guerra entre partidos políticos nos deje indefensos, porque, mal está que la ley la aplique un corrupto, pero peor que la deje de aplicar. Porque la ley no la hizo él, la hicimos todos, y, ya sé que queda muy facha decirlo (lo cual demuestra lo tontos que estamos) pero la ley es lo que nos protege a todos, cada día.

        Te agradezco que hayas rebajado el tono y abandonado las descalificaciones personales, pero, efectivamente, tampoco a mí me interesan aquí las discusiones propiamente políticas. Y en todo caso, esto es un paréntesis que ojalá acabe pronto.

  5. Antonio dijo:

    Reconozco que me pierde la boca, pero no me cuesta pedir disculpas, aunque también reconozco que mejor sería que no fuera necesario. Está claro que es preciso el cumplimiento de la ley, pero lo que realmente puede distinguir una democracia de «otra cosa» es que en ella la ley se adapte lo máximo posible a la voluntad popular y a la justicia, (leyes también había en el franquismo) y si los mecanismo de adaptación están en manos de corruptos que manejan fiscalías y tribunales, y que impiden cualquier cambio, entonces las reglas de juego no son democráticas. Criticar el nacionalismo catalán, con el que no coincido pero respeto, cayendo en el más rancio nacionalismo español, con el que no coincido pero respeto menos pues viene de donde viene, es un error que no quiero cometer. Un saludo cordial

    • José Luis dijo:

      Aunque suela suceder, no hace falta saltar de una sarten para caer en otra. Y naturalmente que las leyes han de adaptarse a la voluntad popular, pero no tengo tan claro que eso deba ser en plan asambleario. Ni que los políticos manejen tanto las fiscalias y tribunales como se dice cuando cae una sentencia que no gusta, sin contar las que caen para su disgusto. Desde luego, la división de poderes no será la que debe y hay que lograr que sea, pero estamos a años luz del franquismo. Aunque algunos referendums no sean tan distintos de los suyos.

      Un saludo, también cordial.

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