Coneguda crueltat , 17 de Agosto de 2017

Joan Margarit
Coneguda crueltat / Conocida crueldad
(17 d’agost de 2017)
La mateixa ciutat només dura el seu temps. / La misma ciudad sólo dura su tiempo
Totes les Barcelones són unes dins les altres / Todas las Barcelonas están unas dentro de las otras
com unes invisibles nines russes. / como unas invisibles muñecas rusas.

La ciutat que jo estimo encenia pocs llums / La ciudad que yo quiero encendía pocas luces
en les nits fosques d’un país infame. / en las noches oscuras de un país infame.
La de la llibertat va començar a ocultar-la. / La de la libertad empezó a ocultarla.
Residus menyspreats de veritat / Residuos despreciados de verdad
van tornar a mi, com roses / volvieron a mí, como rosas
salvades de qui sap quines escombraries. / salvadas de quien sabe qué basuras.

Ara ja és una altra Barcelona: / Ahora ya es otra Barcelona:
la que més llums ha encès, / la que más luces ha encedido,
la de la indiferència. La més cosmopolita. / la de la indeferencia. La más cosmopolita.
Aliena i fugaç, una gentada emplena / Ajeno y fugaz, un gentío llena
les nostres cases i carrers / nuestras casas y calles
igual que un escenari abandonat / como un escenario abandonado
on haguessin rodat una pel·lícula. / donde se hubiese rodado una película.
Potser avui, si no fos per tants records, / Quizás hoy, si no fuese por tantos recuerdos,
ja no l’estimaria. / ya no la querría.
De sobte, res no acaba. / De pronto, nada acaba.
D’infant vaig veure assassins a missa: / De niño vi asesinos en misa;
els mateixos silencis, flors, espelmes / los mismos silencios, flores, velas
per als mateixos crims. / para los mismos crímenes.
Barcelona, quan torni a amenaçar-nos / Barcelona, cuando vuelva a amenazarnos
aquella coneguda crueltat, / aquella conocida crueldad,
et tornaré a cantar. / te volveré a cantar.

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Divide y vencerás

Dicen que España es el segundo país con mayor esperanza de vida de la OCDE, dicen que ocupa el lugar 17 en nivel de democracia, por delante de paises como Japón, Estados Unidos, Italia, Francia o la mismísima Bélgica, y dicen también que los españoles valoramos nuestra felicidad con un notable alto. Pero también sabemos que la deuda es elevadísima, que el paro es el mayor de Europa y que el terrible mileurismo ha sido superado a la baja. Y, sin embargo no parece que sean estos hechos negativos los que empujan a una parte de los españoles a desear independizarse, sino un problema de imagen; de la propia y de la ajena, como muestra esa misma encuesta sobre la felicidad en la que mientras valoramos nuestra felicidad con un 7.8, pensamos que la de los demás no pasa de un 6.1. Pesimismo social, favorecido por la demagogia de los partidos políticos y la vulgarización de los debates en los medios de comunicación y en las redes sociales que, por si no tuviésemos suficientes embusteros e iluminados de carne y hueso, son ocupadas ahora por la maquinaria de una nueva guerra mundial. Pero somos bastante más iguales (todos, también nuestros políticos) y estamos bastante mejor de lo que nos quieren hacer creer. Aunque ya veremos cuánto dura, porque especialmente ahora, divide y vencerás, divídete y perderás.

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Juego de tronos: Refrescando el silogismo

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Un nuevo mundo, de nuevo

El propósito del fundador de Wikileaks no es tanto la independencia de Cataluña como utilizar en su provecho el clima de desestabilización causado por el independentismo para promover una causa global: una revolución social generalizada que suponga la destrucción de las instituciones y de los Estados y que conduzca a un modelo nuevo de sociedad. Así lo explicó él mismo el pasado 26 de septiembre a través de una videoconferencia organizada por los movimientos universitarios independentistas y las juventudes del PDeCAT, de ERC y de la CUP en la Universidad de Barcelona. “Este choque de los catalanes con el Estado español es un hecho determinante en la historia de Occidente”, dijo Assange a unos trescientos asistentes. “Poblaciones de todo Occidente aprenderán de vuestra experiencia”, les arengó. “Donde vaya Cataluña, irán otros Estados”.

Un ideólogo clave en la secesión se reunió con Assange en Londres

Preguntado por el contenido de esa reunión, Soler trasladó a EL PAÍS una explicación sucinta: “Los catalanes hemos sufrido también espionaje electrónico y físico, censura, irregularidades judiciales, arrestos, intentos de extradición, prisión, exilio, bloqueo financiero, noticias falsas, contrapropaganda, como Julián Assange, y estuvimos compartiendo nuestra visión del momento”, dijo tras confirmar el encuentro.

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La moral del pedo

A la moral de la identidad, en fin, acaso el nombre científico que mejor le cuadre sea el de «moral del pedo», pues la condición particular del pedo es tal vez la figura más capaz de definir con plena exactitud la situación, en la medida en que la escrupulosa selección de lo genuinamente propio y el riguroso rechazo de lo extraño por los que se distingue la actuación de la moral de identidad, en ninguna otra imagen podrían estar mejor representadas que en el pedo, a cuya esencia igualmente pertenece la rara condición de que nos complacemos en el aroma de los propios tanto como nos causa repulsión el hedor de los ajenos.

Rafael Sanchez Ferlosio. Ensayos II: Gastos, disgustos y tiempo perdido. Debate, Barcelona 2016
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Al revés

Entonces las sequías eran pertinaces, los comunistas acérrimos, los fumadores empedernidos y los marcos paisajísticos incomparables; nunca los fumadores eran acérrimos y los comunistas empedernidos o las sequías incomparables, no. Había un orden impuesto que lo determinaba todo, incluido el lenguaje, ese arma de destrucción. Hablo de ese franquismo del que se acusa ahora desde el independentismo catalán a todos los que no piensan como ellos, no importa que sean Frutos o Ariza, que sufrieron persecución y cárcel por sus ideas en el franquismo de verdad mientras algunos de sus acusadores de ahora disfrutaban de los favores del régimen.

Franco ha vuelto últimamente para nombrar a todos aquellos que no les dan la razón a los independentistas catalanes, da igual cuál sea su pasado o su ideología. Facha es el que no piensa como tú y franquismo todo aquello que no conviene a tus intereses, ya sean las leyes o las sentencias de los tribunales de Justicia o simplemente la Constitución. En la radicalización de un mundo que sigue el camino del abertzale vasco de los ochenta la realidad se ha dado la vuelta y nada es lo que parece, al contrario. De repente demócrata es el que incumple las leyes y represor el que las hace cumplir, pacifista el que desobedece a los tribunales y jueces y antidemócrata el que los obedece. Y así vamos deslizándonos hacia un paisaje invertido, hacia una realidad inversa en la que se identifica la democracia con el franquismo y a los antifascistas se les llama fachas por no pensar como sus acusadores. Pasó en el País Vasco con Ibarrola, por ejemplo, y pasa en Cataluña con Juan Marsé o Serrat.

De seguir vivo, a José Agustín Goytisolo se lo llamarían también, pero, como ya está muerto, puede seguir tranquilo donde esté ahora mientras muchos catalanes y españoles vuelven a tararear aquel poema suyo infantil al que le puso música Paco Ibáñez y cuyos versos están más vivos que nunca: “Érase una vez/ un lobito bueno/ al que maltrataban/ todos los corderos/ Y había también/ un príncipe malo,/ una bruja hermosa/ y un pirata honrado/ Todas estas cosas/ había una vez/ cuando yo soñaba/ un mundo al revés”. Claro que para los independentistas José Agustín Goytisolo será un español, puesto que nunca se le vio con una estelada gritando independencia por esas calles de Barcelona en la que a su madre la mató una bomba de un avión franquista dejándolo huérfano junto a sus dos hermanos menores en un tiempo en el que el franquismo era real y no el espantajo que ahora enarbolan los independentistas catalanes mientras desayunan tranquilamente en el bar.

Julio Llamazares. El Pais, 11 de Noviembre de 2017

 

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La duda sin ofensa

Se sigue en Twitter o en las otras numerosísimas redes sociales a quienes dicen lo que queremos leer o escuchar, y se machaca al disidente. Estamos en un mundo que corre el riesgo de componerse de seguidores únicos que buscan estar de acuerdo con aquellos a los que tienen enfrente. En ese mundo ya se acabó la tertulia, pues es como si hablara uno solo, y corre riesgo la conversación, incluida la conversación a dos. Si no opinas como yo, si no utilizas los argumentos homologados por la tribu, leña al mono hasta que hable de lo que se tiene que hablar.

El filósofo y escritor italiano Nuccio Ordine cita en su manifiesto La utilidad de lo inútil (Acantilado) una metáfora al respecto, del Nobel irlandés George Bernard Shaw. Dos chicos van a la escuela, cada uno con su manzana. Y cada uno regresa a casa con su manzana. Son dos manzanas, pero lógicamente no se han multiplicado, siguen siendo una y una. Sin embargo, otros dos chicos van a la escuela con dos ideas. Las intercambian y a la vuelta regresan a sus casas cada uno con su respectiva idea multiplicada por muchas ideas más.

Lo que está pasando es que cada uno, cada persona, cada grupo de personas, acude a su escritorio, a su locutorio, a su tertulia, a su red social, a su autobús, con una idea fija; busca alrededor a quien lanzársela y que sea de su misma opinión, y luego regresa a casa con la misma idea, como una manzana de oro que él se comerá solo y ante su propio espejo hasta el día siguiente, cuando intercambiará la misma idea fija como si fuera la misma manzana. Un mundo de manzanas únicas, un mundo de ideas fijas.

Es un aburrimiento del que alertó James Joyce. Un país, o el mundo entero, se parece a una conversación, y si la conversación se estanca no nos estancamos solo nosotros: se estanca el mundo entero. Ahora estamos estancados. Este país está estancado. El mundo entero está estancado. Suenan conversaciones fijas que atendemos siempre los fijos, esperando del titular de periódico, de la opinión del otro, de nuestros compañeros de sauna o de Twitter (que es la sauna por otros medios) que en sus ideas encuentren acomodo, sin controversia, nuestras propias ideas fijas. Un universo sin ideas es un universo de ideas fijas. De aburridas manzanas.

Pasa en todas partes y, ojo, nos pasa a todos. Se suele levantar la mano en las conversaciones, incluso en las conversaciones virtuales, cuando se denuncia el pensamiento único como pesadilla de la humanidad: “¡Eh, que yo no soy así!” Pues yo también soy así, tú también eres así. Tú eres igual de intolerante que aquel al que denuncias, yo también soy tan intolerante como aquel al que denuncio por intolerante, tú tampoco quieres escuchar lo distinto, yo tampoco quiero escuchar lo distinto. No queremos discutir lo políticamente correcto si lo políticamente correcto dicta el ellos y ellas, por ejemplo, u otras dicotomías que se han convertido en muletillas obligatorias, y ya sé que me estoy metiendo en un berenjenal. Y no queremos abandonar lo políticamente correcto si es políticamente correcto, en el ámbito en el que estemos, decir que España es un país fascista cuyo Gobierno manda a la gente a la cárcel o mantiene a presos políticos o es peor que Ghana, aunque no tengas ni idea de lo que pasa en Ghana. Un país de pandereta: “¡Sí, sí de pandereta!”, dice el coro. Un mundo de coros, de pancartas precocinadas, de lugares comunes que incluyen el lugar común, ahora impuesto, de ordenar la vida por géneros, femenino, masculino, neutro y epiceno. Un mundo sin mezcla, decía Virginia Woolf, es una habitación vacía. La conversación es una manera de libertad. Si se acaba termina también la ilusión de convertir la discusión en un nutriente que aconseja Emilio Lledó (este domingo, 90 años, felicidades, maestro) para mantener vivas la duda sin ofensa. Que te manden a callar tiene sus riesgos, pero mandar a callar también los tiene. Algunos viejos amigos me mandaron a callar en este desgraciado procès, y aquí estoy, pensando cómo haré para hacerles caso.

Es a la vez un aburrimiento y, también, la expresión de un triunfo largamente acariciado por los que se sienten cómodos en lo que se empezó a llamar políticamente correcto y ahora ya se llama simplemente correcto: lo que se tiene que decir, lo que no se tiene que decir. Escribes o hablas o conversas en reuniones civilizadas y cultas como si estuvieras pisando cáscaras en territorio minado, pues no puedes decir, sin que te caiga un chaparrón, que una amiga lleva un bello peinado, a no ser que te ocupes también del pelo del compañero que va al lado o no puedes recomendar a determinado político o intelectual porque alguna vez uno u otro pisó también cáscaras prohibidas. Un mundo de celdillas. De cáscaras como tópicos.

No es ni siquiera políticamente correcto, según estos cánones, decir que eso que nos hace mirar a todos en la misma dirección es un regreso a las catacumbas de la discusión. En cuanto prohíbes un tema, en cuanto pides que el otro se calle cuando empieza a pisar tales cáscaras, ya estás hundiendo la conversación, pues ese que tiene que callarse sus incorrecciones ya no volverá a ser admitido en la tribu. En Twitter y en las redes existe el silencio del que viene con opiniones que no son bienvenidas; habrá un día en que ese silencio se dicte también con algún método social que al principio nos hará gracia y después nos dejará mudos. Un pin, por ejemplo: “Yo soy de Esto. Cuidado con Aquello”.

Vamos a cerrar la conversación, a hacerla triste, y, es más, vamos a cerrar la ironía, una fiesta intelectual que consiste en llevar a la conversación no solo dos manzanas sino al menos dos ideas. Si George Bernard Shaw levantara la cabeza.

Juan Cruz. Manual de conversación para ciudadanos tristes. El País, 4 de Noviembre de 2017
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Yo también

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Los chistes del día


Tintín en Bélgica:
“España es una democracia fallida”

(Índice de democracia)
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Margarit, de buena tinta (o no, ya nunca se sabe)

“Lo que es colectivo siempre me ha asustado -admite, en relación al presente catalán-. Cuando se pone en marcha todo el mundo a la vez, se da una movilización que individualmente no se experimentaría: de eso he desconfiado siempre. Cuanto más viejo me hago más partidario soy de la inteligencia que de los sentimientos. Sólo cuando el amor coincide con la inteligencia las cosas funcionan”. Es por este motivo que Margarit no es partidario del independentismo: “Esta palabra significa cosas peligrosísimas. No conozco ninguna independencia que se haya hecho sin muertos”.

“El que és col·lectiu sempre m’ha espantat -admet, en relació al present català-. Quan es posa en marxa tothom alhora, es dona una mobilització que individualment no s’experimentaria: d’això n’he desconfiat sempre. Com més vell em faig soc més partidari de la intel·ligència que dels sentiments. Només quan l’amor coincideix amb la intel·ligència les coses funcionen”. És per aquest motiu que Margarit no és partidari de l’independentisme: “Aquesta paraula vol dir coses perillosíssimes. No conec cap independència que s’hagi fet sense morts”.

Ara.cat, 6 de Noviembre de 2017

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Una alegría…

…y un poco de consuelo y esperanza. Y la ilusoria sensación de que, después de esto, el mundo debiera haber sido ya radicalmente distinto.

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La gente es muy normal

Cuando esto escribo, en el resto de España no percibo, de momento y por suerte, ninguna animadversión general contra los catalanes. Esa que, según los independentistas y sus corifeos extranjeros, ha existido siempre. Claro que hay y ha habido algunos españoles que “no los tragan”, pero son una minoría exigua. Los independentistas (no tanto los sobrevenidos y circunstanciales de los últimos años cuanto los de arraigado convencimiento) necesitan creer que su país es tan odiado como odiado es por ellos el resto de la nación. No es ni ha sido nunca así. En la perversa Madrid son acogidos de buen grado, entre otras razones porque aquí a nadie le importa la procedencia de nadie. Recuerdo a un amigo gerundense que, cuando yo vivía en Barcelona en mi juventud, se jactaba de no haber pisado nunca la capital y manifestaba su intención de seguir así hasta su muerte. Al cabo del tiempo, y ya perdido el contacto con él, me lo encontré en las inmediaciones de Chicote, en plena Gran Vía madrileña. Tras saludarlo con afecto, no pude por menos de expresarle mi extrañeza. “No”, me contestó sin más, “la verdad es que vengo con cierta frecuencia. La gente aquí es muy normal y me trata muy bien”. “Sí”, creo que le contesté. “La gente es normal en casi todas partes, sobre todo si se la trata de uno en uno y no se hacen abstracciones”.

Estamos cerca de que nos invada una de esas abstracciones. Como he dicho, no percibo aún animadversión general, pero sí hartazgo y saturación hacia los políticos catalanes y, en menor grado, hacia la masa que los sigue y se deja azuzar por ellos. Hacia sus mentiras y tergiversaciones, sus exageradas quejas, su carácter totalitario y cuasi racista. Puede que yo sólo trate a individuos civilizados, pero lo cierto es que no he oído ni una vez la frase “A los catalanes hay que meterlos en vereda” ni otras peores. Lo que sí he oído refleja ese hartazgo: “Que se vayan de una vez y dejen de dar la lata y de ponernos a todos en grave riesgo”. Si un día hubiera un referéndum legal y pactado, en el que —como debería ser— votásemos todos sobre la posible secesión, pienso que un resultado verosímil sería que en Cataluña ganara el No y en las demás comunidades el . Quién sabe.

Todo esto es muy injusto, como lo es lo ya producido, a saber: el secuestro de la mayoría por parte de la minoría. La minoría independentista es tan chillona, activa, frenética, teatrera y constante que parece que toda Cataluña sea así. Y miren, si se dieran por buenas —en absoluto se pueden dar— las cifras del referéndum del 1-O proclamadas por la Generalitat, aun así habría tres millones y pico de catalanes en desacuerdo con él. Dos millones largos a favor son muchas personas, pero, que yo sepa, son bastantes menos que tres y pico en contra. A estos últimos catalanes no se los puede echar, ni abandonarlos a su suerte, ni entregarlos a dirigentes autoritarios, dañinos y antidemocráticos, como han demostrado ser el curil Junqueras, Puigdemont, Forcadell y compañía, infinitamente más temibles y amenazantes que Rajoy, Sánchez y Rivera. Si en este conflicto hay alguien que se pudiera acabar asemejando a los serbios agoreramente traídos a colación, son esos políticos catalanes, no los del resto del país.

Es por tanto sumamente injusto, si no cruel, hablar de “los catalanes” como si estuvieran todos cortados por el mismo patrón que sus aciagos representantes actuales. Tampoco las multitudes independentistas merecerían ser asimiladas a ellos. Conozco a unos cuantos que lo son de buena fe y a los que no gustan las cacicadas como las del 6 y 7 de septiembre en el Parlament. Y son muy libres de querer poseer un pasaporte con el nombre de su país y verlo competir en los Juegos Olímpicos bajo su bandera. Y son libres de intentar convencer. Para lo que no lo son es para imponerle eso, velis nolis y con trampas, a la totalidad de sus conciudadanos. Para prescindir de todo escrúpulo y de toda ley, para clausurar el Parlament cada vez que les conviene, para abolir la democracia en el territorio e instaurar un régimen incontrolado y represor, lleno de “traidores”, “súbditos” (la palabra es de Turull) y “anticatalanes” señalados, denunciados y hostigados. Un régimen que tendría como un principio la delación de los disidentes y discrepantes. No, numerosos independentistas también desaprueban eso, o así lo quiero creer. En todo caso, da lo mismo lo que “se sientan” unos y otros, nadie está obligado a albergar sentimientos. ¿“Se sienten” europeos todos los españoles? Seguro que no, y qué más da. Lo somos política y administrativamente, y por eso en nuestro pasaporte pone “Unión Europea”. Dicho sea de paso, para nuestra gran ventaja. Esos tres millones y pico de catalanes (y quizá más) son y han sido amables y acogedores, pacíficos y civilizados, y han contribuido decisivamente a la modernidad de España. Lo último que merecen es que su nombre se vea usurpado, también en el resto del país, por una banda de gobernantes fanáticos y medievales.

Javier Marías. El Pais semanal,  5 de Noviembre de 2017

 

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Botiflers

Botifler se usa como insulto o apodo, pero es una palabra interesante, al menos desde el punto de vista filológico. No está clara la etimología de este término catalán que ha rebrotado con inusitada fuerza durante el procés secesionista. Designa despectivamente a los seguidores de los Borbones y, por extensión, los separatistas la emplean contra todos los españoles opuestos a la independencia de Cataluña.

Dos son las principales teorías sobre su origen: una sostiene que es una creación culta del habla de influencia francesa y otra apunta a una invención popular autóctona. La primera se remonta al sintagma francés beauté fleur (“la bella flor”), en alusión al lis del escudo de armas de la Casa de Borbón. De beauté fleur a botifler no hay más que un paso fonético. Una derivada postula que el término viene de la adaptación del apellido del mariscal Louis François de Boufflers (1644-1711) y así se documenta a principios del XVIII en algunos textos.

Apoyan la segunda tesis sabios de la filología catalana, como Francesc de Borja Moll o Joan Coromines. El término provendría del catalán bot unflat, inflat, en referencia a una persona gruesa, rica, en contraposición a la mayoría de población pobre y desnutrida de los siglos XVII y XVIII. “Podía tener también el sentido de una persona conservadora”, apunta Emili Casanova, catedrático de Filología Catalana de la Universitat de València. Moll y Coromines señalan que botifler comparte raíz (botir) con botiró, palabra usada para referirse a los soldados borbónicos.

El término aparece documentado en Cataluña desde principios del XVIII y también en Mallorca, pero en Valencia solo figura en épocas posteriores, señala Casanova. “Siempre tiene un sentido peyorativo, de gabacho, y su uso se remonta a la Guerra de Sucesión. En Cataluña, resurge con mucha fuerza y se extiende en la Renaixença”, el movimiento cultural de reivindicación de la literatura y la lengua catalana de mediados del XIX, agrega.

De lo que no hay duda es de su significado contra los partidarios de Felipe V durante la Guerra de Sucesión (1701-1715), frente a los austriacistas, seguidores de la Casa de Austria, que recibían, entre otros, el mote de maulets.

La mayor parte de la antigua Corona de Aragón se había decantado por el archiduque Carlos, más respetuoso con la organización de estilo federalista de los territorios, si bien algunos historiadores matizan ahora esa afirmación. Lo cierto es que la victoria del bando borbónico supuso la promulgación de los Decretos de Nueva Planta, que abolieron las leyes e instituciones propias de los reinos de Valencia y Aragón (1707), del Reino de Mallorca (1715) y del Principado de Cataluña (1716).

Los “traidores”

Hoy hay cierta confusión en el empleo de botiflers ligado al enconamiento del procés y la forma en que lo profieren los independentistas. Algunos consideran que significa “traidor”. Históricamente, está documentado ese uso, pero solo referido a quienes en Cataluña apoyaron a los Borbones. Lo ha reavivado el secesionismo como tal insulto, sobre todo en las redes, dirigido tanto contra políticos (Miquel Iceta, Xavier García Albiol, Paco Frutos…) como contra intelectuales (Marsé, Serrat…). Ya en la Diada de 2012, la primera lanzada al procés, lo tuvo que escuchar Josep Antoni Duran Lleida, durante 12 años (2004-2016) portavoz de CiU en el Congreso.

Ferran Bono, El Pais, 4 de Noviembre de 2017

-♦-

“La sensibilidad está a flor de piel y la reflexión es escasa. Se dicen barbaridades que,  seguramente, cuando las veamos con la serenidad que la distancia y el tiempo dan, dejarán retratadas a la gente.”

“Prefiero pasar miedo que vergüenza.”

Joan Manuel Serrat, El Periódico, 26 de Octubre de 2017

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Joan Margarit: Autocrítica

“Nuestros políticos, sin saberlo o sabiéndolo, lo que sería más grave, están destrozando nuestras vidas”

“Cuando un político te dice que se ha de tener un rumbo, te está manipulando. Si un político te habla de un rumbo, vigila la cartera y vigila el rumbo”

“Cuando un político utiliza la palabra democracia cuatro veces seguidas quiere decir que eso acabará como el rosario de la aurora”

“Cuando dicen que toda la nobleza del universo está en su política, cuando se destroza el lenguaje de esta forma, cuando destrozas palabras como democracia, ciudadano o ciudadanía, eso tiene consecuencias muy perversas”.

“Me ha espantado siempre un poco lo colectivo, cuando lo colectivo se pone en marcha al unísono una persona se moviliza de una manera que individualmente no se movilizaría”

“No he visto nunca independencia sin muertos”

“Seguimos igual, repitiendo que somos los mejores; esto se ha de acabar, se ha de hacer autocrítica”

Joan Margarit, durante la presentación de “Un hivern Fascinant”. El Periódico, 3/11/2017.
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