El canto de las sirenas (XLIX) – Doña Elvira

Don Giovanni, con su intensísima actividad (…) es sujeto productor de acontecimientos. Pero es también catalizador de anhelos y de pasiones. Verifica estas en su intensidad o tibieza. Muestra a Doña Anna la estima amistosa, pero escasamente pasional, que le une a su prometido Don Ottavio. Posibilita que Doña Elvira, inicialmente ultrajada y burlada, espiritualice sus sentimientos, y transfigure su amor despechado, conducido por la cruel burla del cambio de disfraces entre el Burlador y Leporello hacia el mas vejatorio de los escarnios. Una transformación que se produce cuando se han lesionado de un modo profundo sus sentimientos, objeto de burda maquinación para la seducción de su doncella.

Doña Elvira, al hacerse patente tal fechoría, lejos de desesperar, siente al fin algo distinto que deseo de venganza justiciera: una profunda solidaridad humana, incluso ante los actos más inhumanos; una piedad que crece y transforma su amor a toda prueba, hasta convertirse en compasión por una conducta que parece abocada al más cruel de los castigos; compasión y temor, o aversión a ese poder sobrehumano que ella ve cernirse sobre Don Giovanni; sentimientos, por cierto, que Aristóteles advirtió como los que toda genuina tragedia espontáneamente genera en el receptor.

Se enaltece así el personaje de Doña Elvira en los tramos finales de la opera, trocándole de personaje patético y algo ridículo, aunque siempre digno, en un autentico personaje trágico, con sensibilidad espontanea para sentir, o consentir, esa piedad compasiva y esa aversión temerosa (y temblorosa) que preparan en la recepción la catarsis trágica (según el Estagirita).

De pronto se sublima su sentimiento en un amor piadoso y desinteresado. De forma aprensiva hace suyos, por anticipado, los sentimientos mejores que el receptor de la obra acabara sintiendo por Don Giovanni: esa compasión y ese temor que revelan el carácter, a punto de transmutarse, del dramma giocoso y de la comedia buffa en una tremenda tragedia. La segunda aria de Doña Elvira es la que prepara y presagia esa mutación, inmediatamente antes de la escena del cementerio.

Esa aria se halla sabiamente situada como bisagra entre la comedia -de disfraces y desenmascaramientos- y lo que ahora va a comenzar, una tragedia. (…) Que la obra está abocada a esa forma trágica es evidente. Esa aria segunda de Doña Elvira lo atestigua por anticipado. Al final, el derrumbamiento heroico de Don Giovanni, aplastado por una fuerza infinitamente superior, a la que sin embargo opone su libérrima negativa a arrepentirse, provoca en nosotros, receptores, la más inaudita, por instantánea, transmutación de sentimientos y de valores morales. Nuestro deseo de venganza, que suscita una inmediata y espontánea identificación con los tres enmascarados, con su juramento y oración, y con su resuelta voluntad por contemplar al dissoluto punito, se trueca en admiración, asombro (y compasión y temor) ante la fuerza de resistencia que opone ese disoluto al acto vengativo y justiciero.

El carácter inhumano de las acciones del Burlador, que adquieren su máxima expresión en el escarnio de Doña Elvira y en el cambio de disfraces, lo es todavía dentro de esa posibilidad siempre abierta a todo ser humano: la de perpetrar hechos y acciones inhumanas. Pero de pronto lo Inhumano sobreviene bajo la presencia y prestancia de lo Sobrehumano, revelando una trágica desproporción entre la falta y el castigo: una vida en los infiernos por toda la eternidad, sometido a torturas infinitas de cuerpo y alma

El afán vengativo del espectador, afín al punto de vista del posible sujeto narrador que da título a la obra (il dissoluto punito), se trueca y transmuta, pues, en piedad compasiva y aversión temerosa, o en solidaridad con ese personaje enfrentado a un poder mecánico terrible que termina aplastándolo. Esa es la gran paradoja de esta obra verdaderamente embrujada y embrujadora: en Don Giovanni acabamos reconociendo nuestra propia humanidad; precisamente en el mismo endiablado personaje en quien habíamos ido descubriendo su progresivo avance acelerado hacia lo más avieso y ruin, o hacia la mas gélida insensibilidad ante el dolor ajeno, o ante el sufrimiento que es capaz de perpetrar e infligir sin rechistar, sin cortarse lo mas mínimo. En el segundo acto se había revelado todo esto hasta el paroxismo a través del trueque de vestuario con Leporello, y en los escarnios siguientes perpetrados en cruel registro humoristico sobre la infeliz alma enamorada de Doña Elvira.

Por eso es una genialidad del libreto hacer que sea la propia Doña Elvira la que experimenta una transmutación en sus sentimientos. Ella precisamente, que ha sido lacerada y vejada por el Burlador. De este modo facilita del modo más extraordinario, y por adelantado, la transmutación de la comedia en tragedia que va a tener lugar, al experimentar esos sentimientos previstos por la Poética de Aristóteles (compasión, temor) como los que permiten el goce receptor de lo trágico a través de la catarsis: la que se experimenta en la escena penúltima de la obra con la muerte de Don Giovanni.

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Todo lo que en estas páginas aparece en este color verde, son extractos del libro El canto de las Sirenas de Eugenio Trías; en negro están los ajustes gramaticales, lo resumido y todo lo que proviene de su texto. Y en este azul, lo añadido, comentarios propios y definiciones o explicaciones de terceros, generalmente de la wikipedia.
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Las apariencias no engañan
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2 respuestas a El canto de las sirenas (XLIX) – Doña Elvira

  1. Josep Olivé dijo:

    Impresionante descripción del personaje, sencillamente impresionante.. Brillantísimo Trias!

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