El canto de las sirenas (LIII) – Don Giovanni, el fin de la inocencia

La ópera Don Giovanni demuestra la verdad del celebre aforismo de Otilia en su diario, en Las afinidades electivas de Goethe: “Lo que es perfecto en su género trasciende el propio Genero”. Después de Don Giovanni ya no será posible repetir una perfecta comedia como el Fígaro mozartiano, o un anticipo de la misma como El rapto del serrallo. Al menos no le será posible a su autor y compositor.

Puede decirse que, tras Don Giovanni, la edad de la inocencia ya pasó. Con Don Giovanni el pecado original ha perturbado para siempre la naturaleza y el mundo (del arte, de la opera, de la cultura): ya nada puede hallar, del modo como fue posible en el Fígaro, la conciliación, o el lenguaje del perdón. Después de Don Giovanni eso ya no es factible. Y la escena ultima de la opera, con los figurantes reunidos tras la muerte y el castigo del disoluto Burlador, no hace sino corroborarlo. De ahí el carácter trágico que esa escena en apariencia inocua, festiva y falazmente conciliadora descubre. De ahí también la radical necesidad de su puesta en escena como conclusión de la obra (a despecho de la opinión al respecto de Gustav Mahler).

Nada augura ni asegura paz, conciliación, estabilidad y sosiego. Don Giovanni ha introducido el desasosiego en el cuerpo y en el alma de todos los que se han encontrado con él. Doña Anna no dará satisfacción a Don Ottavio en su demanda de matrimonio. Querrá todavía un año de moratoria. Doña Elvira se recluirá en un convento, verdadera sepultura en vida, sublimando y elaborando su sentimiento final, radicalmente espiritual, de piedad, temor, compasión. Solo los campesinos, Masetto y Zerlina, pueden restañar el grave quebranto que por azar les sobrevino y celebrar en paz festiva de comedia su matrimonio aplazado.

Si la comedia es siempre rito primaveral y entierro del Invierno, del Hombre Viejo, encarnado en alguna figura ridícula (el Avaro, el Misántropo, el Burgués Gentilhombre), solo en la pareja menos significativa de la obra, la que personifican Masetto y Zerlina, puede decirse que se cumple esa pauta de toda genuina comedia. Pero en esta ópera de Mozart, y con la salvedad señalada de la pareja de campesinos, nadie ha ganado, todos han perdido. O en todo caso han verificado, a través de ese cruel Experimento que la presencia del Burlador hace posible, la valencia y verdad de sus deseos y anhelos. Todos han sido afectados y trastornados.

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Todo lo que en estas páginas aparece en este color verde, son extractos del libro El canto de las Sirenas de Eugenio Trías; en negro están los ajustes gramaticales, lo resumido y todo lo que proviene de su texto. Y en este azul, lo añadido, comentarios propios y definiciones o explicaciones de terceros, generalmente de la wikipedia.

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Las apariencias no engañan
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